Un día llamaron a la puerta. Era un tipo más o menos viejo, chaparro y panzón, con un reloj dorado en la muñeca. Se presentó como Francisco Hornos. La primera anotación de mi cabeza fue: Pancho Cachondo, ¿te acuerdas de Pancho Cachondo, el diputado increíblemente gordo y desagradable? Pero si seguía pensando eso iba a reírme en su cara, y a pesar de ser chaparro y panzón parecía, de forma enigmática, un tipo decente. La maleza del pasillo había crecido tanto que ya casi no llegaba la luz. —Pero me puedes llamar Pancho —dijo, y yo le supliqué, por dentro, que no me pidiera eso, que sólo iba a alimentar mis asociaciones y eso no iba a favorecerle para nada.

—Me pongo a sus órdenes, vivo en un departamento de la planta baja que fue desalojado hace poco.

Ah, la anciana. El recuerdo me hizo querer cerrar la puerta cuanto antes. La verdad es que en aquella época no éramos demasiado amables. Estrechó mi mano, me miró con sus ojitos de pasa y se largó por entre el follaje. Cuando Lucero preguntó quién tocó a la puerta, le dije: Pancho Cachondo, ¿te acuerdas de Pancho Cachondo? Pero no recordaba.

La siguiente vez que bajamos al huerto, vimos que Pancho Hornos había asumido el rol de líder entre la comunidad de adultos mayores. Decía que allá en la Ciudad de México, de donde había llegado, el fin del mundo fue una verdadera hecatombe, y que la situación post-apocalíptica era insostenible. Según su relato, Enrique Krauze se autoproclamó rey de México, algo que Emilio Azcárraga Jean y López Obrador no iban a permitir tan fácil. Se organizaron tres reinos, con luchas campales, destrucción, muerte y horrores varios. La verdad me resultaba dudosa la idea de Enrique Krauze reuniendo suficientes adeptos como para establecer un reino. De los otros dos no lo pensé ni tantito. Pero Pancho seducía a los adultos mayores. Le creían todo. ¿Era su reloj de oro? ¿Era su acento chilango? ¿Era su apellido caliente, eh?

Alguna de las siguientes madrugadas salí al pasillo por ruidos de movimiento en la maleza. Ruidos insistentes. Pensé: nadie va a tocar nuestra maleza, y si va a tocarla pues que la deje mejor de lo que está. Mis únicas armas eran un cuchillo de cocina y una veladora. Detrás, en el umbral de la puerta, Lucero me respaldaba con un cuchillo ligeramente más grande. Con trabajos me interné en el follaje. Al llegar a un claro cercano a una puerta, escuché un murmullo. Presté atención. Era una voz delicada. Luego noté que había un diálogo. Eran dos voces delicadas.

—Dame tu número. Quiero agregarte al Whats.

—No quiero. No quiero hablar con nadie por el Whats.

Dos figuras, descansando en el suelo mohoso, hablaban sin mirarse. Mi llegada y la iluminación de mi vela no los inmutaron para nada. Dejaron que la luz les alcanzara como igual pudo haberles tocado una corriente de aire o la muerte. Se hallaban desnudos. Su descanso, ya apreciándolo bien, lucía como un abatimiento.

—No seas así. Dame tu número para enviarte un Whats.

Hablaba una chica. La otra forma, la forma de hombre, respondía casi sin aliento.

—No, no quiero usar más el Whats.

Desde atrás, Lucero preguntó qué era. Le dije la verdad: dos personas desnudas, hablando sobre el WhatsApp. Se lo grité así. Las dos figuras permanecieron como si nada. Era como si mi voz no hubiera sucedido nunca. Me alcanzó, siguiendo las huellas que dejé en el camino. La presencia de Lucero en el claro tampoco fue percibida por las formas del WhatsApp. Le pregunté a Lu si creía que debíamos hacer algo. Sólo se encogió de hombros.

—No podemos hacer nada. El WhatsApp ya no existe.

Estas palabras de Lu sí fueron percibidas, y provocaron lágrimas primero, luego un llanto. Llanto como de niños. Regresamos a casa. Más tarde, los escuchamos coger. Era un escándalo de enredaderas arrancadas y gemidos y rabietas.

Las figuras del WhatsApp parecieron multiplicarse. A la par, los ancianos desaparecían. En algún momento le planteé a Lu si creía que existiera una correlación. ¿Y qué tal que, mediante un proceso desconocido, los ancianos recuperaban la juventud? Pero Lucero era más realista. ¿Qué tal —dijo ella— que las figuras del WhatsApp asesinaban a los viejos?

Fuimos a buscar a Pancho Hornos. Durante el día, las figuras del Whats no aparecían en los pasillos. Escuchamos que se refugiaban en las partes más altas del edificio. Tuvimos el camino «libre». Entre comillas, porque debimos cortar liana tras liana con nuestros cuchillos de cocina. Pancho salió apresurado de su departamento. Le explicamos la situación. Iba de bata de dormir, pijama, pantuflas de conejo.

—¿Cómo que hay desaparecidos?

Era rarísimo que no lo hubiera notado. Ya casi nadie salía al huerto y podíamos verlo desde la ventana.

Pero antes de poder añadir cualquier cosa, una figura del WhatsApp salió de la maleza y se llevó a Lucero al interior de la casa de Pancho. Yo sentí un golpe fuerte en la cabeza. Pancho decía:

—¿Cuáles pinches desaparecidos? No hay.

Y soltó la risa.

Escrito por Román Villalobos

Román Villalobos (Lagos de Moreno, México, 1991). Licenciado en Humanidades con orientación en Letras por la Universidad de Guadalajara. Autor de los libros de poesía Final del rey (Ediciones O, 2018), Si el mundo no se acaba lo termino yo (Perniciosa Liter/hartura, 2018), john lurie: outside forever (Broken English, 2018), y Pequeña ciudad eléctrica (Editorial Montea, 2016); Coautor de los libros Mapa (Autoedición, 2016), y Pieza de paso (CULagos Ediciones, 2015). Fue incluido en la antología Un canto me demanda: memoria de poesía laguense (Ediciones Papalotzi, 2011). Becario del PECDA Jalisco Jóvenes Creadores, en la disciplina de poesía, emisión 2017-2018.