Las películas de Charles Chaplin son una mezcla de hilarante sentido del humor y una crítica mordaz a la sociedad de su época. Ya en Tiempos modernos (1936), Chaplin nos legó una de las secuencias más analizadas de los primeros años del cine; aquella famosa escena en donde Charlot, su personaje más emblemático, es engullido por los engranes de una fábrica en lo que representa una crítica a la deshumanización del hombre mediante su incorporación al trabajo industrial. Walter Benjamin hizo algo parecido por aquellos años en su ensayo sobre la obra arte, en donde nos habla, entre muchos otros temas, de un mundo dominado por la técnica-tecnología, que en alemán son sinónimos. Dicho ensayo se publicó el mismo año del estreno de Tiempos modernos, 1936.

En el ensayo de la obra de arte, Benjamin propone una teoría del arte y de la estética que sea útil para formular demandas revolucionarias y políticas desde el arte. Eso es exactamente El gran dictador (1940), una demanda revolucionaria y política a través de la parodia y el humor en lo que Albert Speer consideró como el mejor documental que se ha hecho sobre Hitler.

Chaplin comprendió muy bien los alcances del cine más allá del entretenimiento. También conocía del impacto que este medio tenía en la sociedad, de ahí la drástica decisión de abandonar su popular estilo mudo para formular un posicionamiento puramente político e ideológico en contra del fascismo mediante un emotivo y potente discurso.

En Dialéctica de la ilustración, Theodor Adorno menciona: «En la lucha contra el fascismo no es la tarea menos importante el reducir las imágenes hinchadas de los jefes a la medida de su nulidad. Por lo menos en la semejanza entre el peluquero judío y el dictador, la película de Chaplin ha tocado algo esencial».

Al momento del estreno de El gran dictador, en 1940, los Estados Unidos todavía no habían entrado en la Segunda Guerra Mundial. La película es una evidente crítica al nacionalsocialismo que ridiculiza a Adolf Hitler —Adenoid Hynkel en la película— y a otros dictadores como Mussolini. Posteriormente Chaplin tendría problemas debido a sus ideas respecto a la política.

Sin lugar a dudas, la parte más recordada de El gran dictador es el discurso que tiene lugar sobre el final de la película. En ese momento el personaje interpretado por Chaplin se encuentra en medio de un mitin con miles de personas; parece tímido y se rehúsa a hablar. Su amigo, que se encuentra a su lado, lo anima con las siguientes palabras: “Habla, es la única oportunidad que tenemos para salvarnos”. Si bien, la situación en la que ambos personajes se encuentran pone sus vidas en peligro, también podemos interpretar esa oración como la reivindicación de la palabra y del poder de la persuasión como medio para modificar una situación —en este caso el fin del fascismo— mediante el discurso. Entonces Chaplin toma la palabra y se transforma en un orador potente con gran dominio de la actio.

El discurso final de El gran dictador es de tipo deliberativo, ya que presenta una propuesta a futuro. Sin seguir un orden en el sentido propuesto por la retórica clásica, Chaplin se centra en los sentimientos, presentando una crítica a la tecnocracia y clamando por la reivindicación de valores como la hermandad, la bondad y la armonía entre los seres humanos.

Hace 77 años desde que el genio del cine mudo apareció en las pantallas de cine para lanzar su mensaje —y al mismo tiempo advertencia— en contra del fascismo, dejando un mensaje que sigue teniendo gran vigencia en nuestros días.

Referencias:

ADORNO, Theodor W. Dialéctica de la ilustración . Trad. Juan José Sánchez. Ed, Trotta. Madrid, 1994. p. 228.

Video: Discurso final El gran dictador, consultado por última vez el 1 de octubre de 2017 . https://www.youtube.com/watch?v=SoZ4uYIqSoU

Escrito por Luis Backer

M.A. en literatura comparada. Cursó estudios en la UNAM, Universidad de Valladolid, España y Universidad de Augsburg, Alemania. Twitter: @Luisv1