En torno a “Manchas en el silencio”, de Cristina Lucas
[Sala Comunidad de Madrid-Alcalá 31]

No tenemos la menor idea de lo que significa lo que decimos. Las palabras, gastadas, no nos dejan darle a la realidad su cuerpo. Repetimos “mujer asesinada”, “refugiado”, “recortes” y no somos conscientes de lo que estamos diciendo. Y las palabras vacías no llaman ni a la comprensión, ni a la empatía, ni a la responsabilidad.

En “Manchas de silencio”, que se expone estas semanas en la sala Alcalá 31 de Madrid, Cristina Lucas ha decidido recuperar el significado de la palabra “bombardeo”. En el centro de la sala, tres pantallas configuran “El rayo que no cesa”. Una línea del tiempo va dejando ver el paso lento y angustiante de los días del siglo, sobre un mapa del mundo que –zoom in, zoom out—se va llenando de puntos negros: uno por explosión.

Berlín, Tokio, Madrid, Manila, Argel… Mientras se extienden las manchas, brotan los nombres: no basta con que cada punto sea una ciudad, necesitamos saber cómo la llaman para que empiecen a aparecérsenos las calles (luego vacías), las casas (luego destruidas), la vida (luego arrasada).

A la izquierda, otra pantalla muestra números: el recuento de muertos.
A la derecha, otra pantalla muestra imágenes: lo que se perdió, o lo que causó la pérdida.
En la pared del fondo, todos los topónimos, indistintos, en aparente desorden. Ahí, el mapamundi se desdibuja: la cartografía del dolor no entiende de meridianos.

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Como tampoco entiende el tiempo. En el piso de arriba de la muestra, “Clockwise”: 360 relojes, uno por huso horario, marcan al unísono el tictac de fondo del ruido de las avionetas. Cada segundo es el mismo en cualquier lugar del mundo. Cada dolor es el mismo en cualquier lugar del mundo. Un sonido familiar para los insomnes recuerda que esperar el estallido puede ser mucho más sonoro que el estallido mismo.

Hiperinformados, hiperestimulados, hipercomunicados, decimos tantas cosas todo el tiempo que nos cuesta representarnos la densidad de la palabra. En la vorágine del acontecimiento, la representación se dificulta. En la repetición del acontecimiento, la representación se desdibuja. ¿Cómo darle textura de nuevo? En “Tufting”, se prueba a bordar. Las manchas sobre el silencio aquí son puntadas sobre telas en las que los países dibujados por hilos de colores quedan oscurecidos por la trama negra de los lugares más sangrientos. El norte de África, el centro de América, el sur de los Pirineos, son madejas en las que ya no se distinguen los nombres. El mapa de Oriente medio es todo textura.

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Cuando el arte aborda la tarea inexcusable de buscar el lenguaje de su tiempo, busca también aliados: en este caso, una exhaustiva documentación apoyada en mecanismos tecnológicos aporta precisión a la metáfora. La obra está aterradoramente viva: cada día hay nuevos bombardeos. El nombre de otra ciudad (o, tan a menudo, de nuevo el nombre de la misma ciudad) entra en la base de datos. Salta al mapa. Cae la mancha.

Así entendido, el trabajo de quien lo cuenta es lo contrario a la estetización del dolor: es la depuración necesaria para que no haya escapatoria. El blanco y negro, la elegancia. El leve movimiento, el ruido del tiempo, que tampoco cesa. En esta exposición, simplemente se ve. Como se decía en aquella vieja escena, ¿cómo habría podido no verlo?

He paseado la sala entera, me he detenido, he tomado notas, y la línea del tiempo sigue en el año 1943. Todo el rato que hemos pasado en ese paseo, el mapa se ha ido llenando de manchas. Los ordenadores procesan los datos de 2017.

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Cristina Lucas ha recuperado el significado de la palabra “bombardeo”. Pero son muchos los nombres que necesitan recuperar su consistencia. Tendremos que bordar fronteras hasta entender qué significa “refugiado”. Tendremos que hacer sonar los tictacs de todos los insomnios que acompañan a cada “mujer asesinada”. Esa es, probablemente, la tarea que tienen por delante todas las formas del arte: darle a cada palabra perdida su textura, manchándolo todo del desasosiego de haber visto. Si no, solo tendremos silencio.

[Fotografías: Guillermo Gumiel]

Escrito por Laura Casielles

Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es poeta y periodista. Autora de los libros de poemas "Soldado que huye" (Hesperya, 2008), "Los idiomas comunes" (Hiperión 2010; XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2011, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte), "Las señales que hacemos en los mapas" (Libros de la Herida, 2014) y "Breve historia de algunas cosas" (Ediciones del 4 de agosto, 2017). Realiza traducciones del francés. Es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y en filosofía por la UNED; y máster en estudios árabes e islámicos contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es estudiante de doctorado e investiga sobre la literatura escrita en castellano en Marruecos y el Sáhara Occidental. En la actualidad reside en Madrid y se dedica a la comunicación política, como coordinadora del equipo de prensa del partido político Podemos.