“Como viajera confieso que tengo la manía
de andar buscando semejanzas entre
los lugares que visito para sentirme a gusto” (125).

 

La académica y escritora chilena Andrea Jeftanovic (1970) ha incursionado en la novela, el cuento y el ensayo. En su última publicación, Destinos errantes (2016), a cargo de la Editorial Comba en Barcelona (pronto a ser publicada en Chile por Tajamar Editores), Jeftanovic se atreve con lo que –para efectos de clasificación– debiese catalogarse como crónica. Es cierto, el libro es un conjunto de nueve textos que abordan sus estadías y tránsitos por distintas ciudades y espacios en disputa. Sin embargo, la escritura de la chilena va mucho más allá.
Si tuviese que armar un listado de palabras clave para guiar al lector sobre lo que encontrará en las páginas del libro, me quedaría un poco corto con el ejercicio. Quizá me vería obligado a recurrir a un idioma aglutinante que desconozco. Porque Jeftanovic tensiona la ficción al cruzarla con la crónica y el ensayo, hay investigación periodística, hay un habitar una zona difusa entre lo real y lo imaginado, hay recuerdo, imágenes y reflexiones. Su escritura funciona de ese modo como el registro poético de un transitar siempre errante.

El texto que abre el volumen lleva por título “Sarajevo underground”. En él relata la visita al túnel de ochocientos metros de largo y uno de ancho que servía de arteria comunicante para el tránsito de armas, alimentos, ayuda humanitaria, suministros y personas que entraban o salían de la ciudad durante el asedio de Sarajevo en la década de los noventa. Jeftanovic compara su incursión con el descenso a los Infiernos de Dante Alighieri e instala el cuestionamiento de cómo a veces lo que para algunos puede resultar un espacio de desesperación, para otros es simplemente un espacio de cielo. Hay que recordar que la construcción de ese túnel implicó la muerte de alrededor de trescientas personas en pleno conflicto armado. Hacia dónde conduce el corredor de Sarajevo entonces, ¿al cielo o al infierno?
Jeftanovic articula sus relatos con su propia historia familiar y siempre está volviendo a su lugar de origen: “Curva, acantilado, vértigo. Sarajevo se parecía tanto a la geografía de Santiago: una ciudad con forma de cuenca, acordonada por montañas y un río que la divide en dos” (12-3). La autora evoca recuerdos, imágenes del pasado, en donde el conflicto serbio-croata repercutía en la cotidianeidad familiar:

“A quince mil kilómetros de distancia, el Estadio Yugoslavo, ubicado en la comuna de Vitacura, se reinauguraba como Estadio Croata. Fueron expulsados el cinco por ciento de los serbios, entre los cuales estábamos nosotros. Éramos socios desde hacía treinta años. ¿A dónde iríamos los veranos? Adiós a la piscina olímpica con el alto trampolín de concreto color celeste y a los troncos de los árboles pintados con una franja blanca para desorientar a las hormigas. La vergüenza, el miedo, nos impidieron hacer algo y renunciamos a la memoria sin hacer nada. Mi familia se dividía en dos: los que se definían croatas y los que se definían serbios” (35).

Al igual que la significación del túnel, las posiciones familiares de Jeftanovic son un terreno ambivalente. El sincretismo cultural y político de la convivencia diaria en donde “Creer en dos religiones es como tener dos cabezas” (21) se resume en la siguiente interrogante: “¿Quiénes son los malos: los serbios o los croatas?” (29). Por supuesto que la respuesta es irrelevante casi. Más relevante es la pregunta o, mejor aún, el hecho de preguntar. Ahí es donde realmente reside toda la carga significativa.

En “California al desnudo”, segundo del volumen, Jeftanovic relata su estadía de becaria en la UC Berkeley. Comienza narrando la dificultad que implica explicar al agente de aduana el por qué el formulario I-20, que ha presentado para su ingreso al país, está mordido por un perro. Y en un juego narrativo que implica un relato conjugado off y on campus, la escritora va mencionando sus cruces con distintas personalidades del mundo académico y cultural: Judith Butler, Giorgio Agamben o el encuentro con el cineasta Woody Allen en una rápida escapada a Nueva York.

En “Los ríos de Clarice Lispector”, la chilena ensaya el ejercicio de habitar en otro tiempo la piel de la autora de La hora de la estrella. Se sumerge en Río de Janeiro para buscar sus personajes, reconocer e ir imaginando ciertos espacios, ciertos lugares que remiten a una huella, algún indicio que devele la complejidad de su escritura, obra y vida. Jeftanovic asume el papel de Lispector y es imposible casi dilucidar quién habla realmente cuando se pregunta: “¿Cómo se olvida a alguien que te duele?” (96) o “¿Qué se hace cuando alguien ya no te ama?” (97). La escritora brasileña siempre intentó hallar el núcleo de las cosas (pegar a coisa) y Jeftanovic pareciera perseguir el mismo objetivo en el imaginario lispectoriano.
En “Puertas y elipses”, y a propósito de una imagen que surge en un encuentro con Juan Marsé, la autora escribe sus impresiones: “Me pregunto si los escritores chilenos lavan platos, si permitirían ser fotografiados en ocasión de un premio en algo tan pedestre. Preferirían salir apoyados en sus bibliotecas o en las ventanas de sus casas de la playa” (133).

Destinos errantes funciona como ensayo de vida, una excusa para escribir de todo sin la necesidad de caer en calificaciones academicistas de si acaso la obra pertenece a tal o cual género. A final de cuentas, esa es una labor que le corresponderá al lector y me parece que, aun así, resultará un ejercicio un tanto inútil.

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.