No soportaba su aliento, de verdad, era algo de no aguantarse. Y siempre, o casi siempre, me ponían a tirar las combinaciones con él. Era un aroma como a carne descompuesta, a vísceras oxidadas, viejas. Hubo dos semanas que no fui a entrenar en el horario de siempre sólo para no encontrármelo, pero él le preguntaba al maestro a qué hora estaría yo y buscaba que coincidiéramos. Es que me siento cómodo cuando entrenamos, como que sí embonan bien nuestros estilos, ¿no?, y yo tenía que respirar por la boca para no llenarme de ese aroma pesado, odioso, porque ese señor siempre respiraba por la boca.

Era grande ya, tendría unos cincuenta o cincuentaicinco; buen carro, un pants como para los que nunca me alcanzaría, guantes de calidad y todo el equipo: es más, ni siquiera usaba las vendas dos veces, siempre estrenaba. Y el maestro, aunque no lo decía, le guardaba un poco más de consideración que a los otros, porque aparte de dejar vendas que alcanzaban para tener reserva, había donado, desde su segunda semana, dos costales y unas caretas, además de manoplas y guantes, corrientitos, pero nuevos. Espero que no se ofenda, pero como vi que luego teníamos que esperar para darle al costal, y ya está viejo como yo —y se había reído, dejando escapar ese aroma tan de él— pues los compré; estaban de oferta. Y el maestro hasta se quedó toda esa clase nomás con él, enseñándole lo mismo que siempre le decía, pero con paciencia, no como a los demás, que si nos agarraba con la guardia floja nos dejaba ir una combinación que nos recordaba que los errores en box se pagan al doble.

Pegado a mí, siempre pegado a mí. Así estaba siempre, a mi lado, preguntándome cosas, diciéndome que qué bien boxeaba, que cuándo iba a debutar, que si me iba a acordar de ellos cuando fuera campeón del mundo. Y en cada palabra suya venía ese pinche olor a animal muerto, a cosa dejada. Una vez me llevó a mi casa, y eso que él vivía para el otro lado. Sí, sí soy casado; tengo nomás dos hijos; no, a mi papá ni lo conocí, y nadie de mi familia boxea, sólo yo; fíjese, y yo que creí que sí tenía hijos, y hasta nietos. Y cuando le dije eso, a dos calles de mi casa, me dijo que si hubiera tenido un hijo le hubiera gustado que fuera entrón, bravo como yo para eso de los guantazos. Es que siempre me gustó el box, dijo, pero la verdad, tú lo has visto, soy malo. A lo mejor esperaba que le dijera no, cómo cree, va bien, pero no dije nada; quería abrir la ventanilla para tomar aire limpio, pero los seguros eran eléctricos y no quise moverle nada, no me lo fuera a cobrar. Desde niño quise boxear, pero pues no había ni tiempo, siempre me dediqué a la escuela, o bueno, eso digo, la verdad es que me daba miedo, pero ya orita que estoy jubilado pues tengo el tiempo, y las ganas. Frenó y me dejó en el zaguán de la vecindad. No creí que eso me pasara alguna vez, pero me dio pena ese lugar, esa colonia llena de casitas pegadas una con otra, como una combinación de diez o doce golpes a la vista. Cuando se iba dando la vuelta se despidió y lo vi sonreír; me dio rabia, sentí que se burlaba de mí, del lugar donde vivía: de todo lo que yo era y él no. Le agarré más coraje.

Cuando me vuelven a preguntar siempre les digo que es que uno ya trae la combinación a flor de puño, lista para explotar solita en cuanto ve un hueco. Estábamos entrenando, éramos nomás dos o tres, no me acuerdo, creo que tres, contando al señor ése. Entonces qué, ingeniero, ¿no se quiere subir a calarse? Ándele, lo subo con él —y me señaló— suavecito, dos rounds de dos minutos, uno, si no aguanta, ya para que vea cómo va avanzando el entrenamiento. El maestro le insistió mucho, seguro que para hacerle reverencia, para quedar bien con él y que se animara a donar algo más al gimnasio. No, le dije, que se suba con Julio, yo ya me tengo que ir, hoy me toca el tercer turno. No, dijo el señor, ándale, dos rounds y nos vamos, yo te llevo si quieres, ¿o a poco me tienes miedo? Y cuando dijo lo último se me acercó a la cara, dejándome caer de lleno su pestilencia en la cara; además esa vez estaba más sudado que otros días, y olía como que no había lavado su ropa, o a lo mejor era que yo ya le tenía asco. Órale, nos subimos, le dije. El maestro se me acercó en lo que Julio le ayudaba al señor ése a ponerse la careta. No te vayas a pasar de listo, dale bola, déjalo que tire, que te conecte suavecito, pero hazlo trabajar, que se acuerde que está boxeando. Le dije que sí.

Nos acercamos al centro, el maestro dijo que cuando él nos avisara empezáramos. Dijo ya. El señor se me acercó, con los pies planos pero no tanto como otras veces, la guardia bien apretada, hasta eso, y con buen movimiento de cabeza. Me cubrí, me estaba dejando caer buenas combinaciones para alguien de su edad, pero todas en los brazos. Me abrazó, y sentí su aroma meterse por debajo de la careta, resbalarse por mi nariz y escurrirse hasta el estómago, viscoso, pesado. Casi vomito y para no sentir más ese aroma empecé a respirar por la boca. Ya estaba un poco cansado por el entrenamiento, porque había hecho doble turno los días anteriores, y el estar respirando por la boca me empezó a pasar factura. Entre el asco y la presión que, lo que sea de cada quien, me estaba metiendo, me fundí. Cuando el maestro nos dijo que faltaban diez segundos, el hombre se me metió en la distancia y me sembró un gancho al hígado bien dibujado. Me cortó las piernas; luego luego guantes a la lona. Más que por otra cosa, me levanté porque Julio, el maestro y ese hombre echaron a carcajearse. Me fui a esquina. Ora sí te tocaron, ¿eh? Viejo viejo pero respondón te salió el Inge, me dijo el maestro. Inge, ¿sale al segundo? El hombre me preguntó si estaba bien, no dije nada, sólo me levante y brinqué sobre puntas. Otra vez al centro del ring.

Pasó muy rápido, fue casi sin pensarlo, nada más de sentirlo. Le sembré un buen jab en el centro de la cara que más que lastimarlo, por la careta, lo destanteó, quiso salir por los lados pero le empecé a cortar ring, le puse otro buen jab y cuando le finté que venía el recto de derecha vi cómo levantó las manos. Me dije, nomás va a ser uno, pero cuando ya estaba entrando ese primero el dos y el tres ya venían amarrados a él, pura costumbre. Todavía le tiré dos a la cabeza que sólo encontraron aire porque él ya estaba en la lona. El maestro se subió rápido y se le acercó. Cómo está, Inge, ¿no le dolió mucho? Creí que sí me había pasado de la raya, pero el maestro estaba muy metido en atenderlo como para regañarme. Me hinqué junto a él a decirle que si estaba bien, y él nomás daba bocanadas llenas de ese aroma podrido, más fuerte que nunca, como si esos ganchos le hubieran explotado una bolsa de porquería en el estómago. Pasaron diez minutos, doce, el hombre se levantó pero seguía jalando aire como desesperado. Yo ya estaba cambiándome, se me hacía tarde para el trabajo. Me le acerqué y le estreché la mano, me fui rápido. Al llegar al trabajo me metí al baño y me quité la playera para lavarme el torso, quitarme ese aroma que me había bañado. Pinche viejo, ojalá se muera, me dije cuando noté que el olor no se iba.

Como a los cinco días, cuando otra vez tuve tiempo y me fui a entrenar, el maestro estaba cerrando el gimnasio. ¿A dónde va, maestro, hoy no va a haber clase? Se me quedó viendo y lo sentí con ganas de tirarme un golpe. ¿Quieres que te diga o ya te imaginas?, me dijo antes de subirse a la combi que pasaba por el Ayuntamiento y el Hospital general, de las que tienen base junto al panteón. Me quedé un rato ahí sentado sin saber bien qué hacer. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo, me fui caminando a mi casa. Los carros pasaban a mi lado y las luces me cegaban unos segundos, así debían verse las lámparas cuando uno está acostado en la lona, como una luz al final del túnel. De alguna parte de la cuneta el aire me jabeaba con el aroma de algún animal muerto, descompuesto, hasta reventarme la nariz, sin que yo pudiera o quisiera meter las manos. Las piedritas bajo mis zapatos sonaban como a huesitos rompiéndose en pedazos cada vez más chicos.

Escrito por Aldo Rosales Velázquez

Ciudad de México, 1986. Autor de Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (Fondo editorial BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Casa editorial Abismos, 2016) y Sombra-Reflejo (Fondo editorial BUAP, 2017). Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y artículo de opinión en diversos medios. Coordinador del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes, en la Ciudad de México.