La invitación me resultó rara, y no quise hacer muchas preguntas al respecto. Fui a la hora pactada y decidí no cuestionarla ni una vez en lo que duró el paseo. Era eso lo que se hacía con ella. Era eso lo que nos habían ordenado que hiciéramos desde el inicio del derrumbe. Así le decíamos mi hermano y yo a la enfermedad, el derrumbe. Nos parecía claro. Sabíamos que no iba a haber vuelta atrás, pero nos costaba ponerle nombre científico, y por eso preferíamos llamarla de esa forma. Cuando hablábamos con los médicos, se nos infiltraba la interna y se nos quedaban mirando extrañados, y yo me llenaba de bronca porque la claridad del término era obvia, pero ellos preferían hacerse los desentendidos y pintar el panorama con un poco de optimismo.

Cuando llegué al Museo de Ciencias Naturales, la vi sentada, esperándome, y entendí que su figura nunca más iba a ser esa que yo había conocido antes. Claro, era claro. Alguna otra cosa se estaba chupando a mi mamá, y yo tenía la necesidad de tironearla para mi lado, pero la fuerza humana es inútil algunas veces. Las sandalias con medias empezaron a ser protagónicas. Al principio intentábamos ponerla linda, peinarla como antes, vestirla como antes, perfumarla como antes. Después ya no. Después entendimos que nuestra mamá quería ser sucia y desprolija. Las medias floreadas con sandalias se volvieron un hábito, y ya no intentamos arrancárselo nunca más. Empezamos a comprarle medias estampadas para que pudiera variar las combinaciones. Al recibir un par nuevo la sonrisa se volvía gigante, y dejaba a la vista esa nueva manera de sonreír que le producían los fármacos. Nunca más volvimos a ver la sonrisa verdadera, la sutil. Con mi mamá todo era gigante. La angustia, gigante, y la alegría también. La fascinación también le agarró con los joggings, y entonces andaba así todo el tiempo. Jogging y sandalias con medias colorinches. Al verla así vestida, una angustia tumescente me invadía, y los ojos se me volvían cada vez más ardientes. Siempre que me ponía triste, llamaba a mi hermano y él me decía “Ya está, chiquita, ya está” y esa frase funcionaba en mí como una caricia que me dejaba un poco menos acongojada.

Aprender a caminar por la calle con mi mamá así no fue una tarea sencilla. Ella seguía un hilo imaginario que hacía unos giros repentinos, y yo caminaba muy atenta al lado suyo, para que no se arrojara contra los autos, o para que no se tirara al suelo en cualquier momento. Habíamos pasado por eso dos o tres veces. Frenar el tránsito fue una de las cosas más complicadas que tuve que hacer en mi vida. La primera vez que mi mamá se tiró a Córdoba y yo tuve que tirarme con ella para atajarla, aprendí que no existe manera pacífica de frenar el movimiento de los autos. Convertida en monstruo lo logré. Grité como nunca antes en mi vida y moví mi cuerpo de una forma que me dejó agotada por mucho tiempo, para lograr que los autos no nos llevaran puestas. Mientras yo hacía de todo, ella bailaba esquivando los autos como si fueran imaginarios. Cuando conseguí sacarnos de ahí y llegamos a la vereda, me puse a llorar como una nena chiquita, y ella, me acarició el pelo y siguió bailando. El mimo materno, aunque sea delirante, es cálido.

Después de esa, pasó dos o tres veces más y nunca más, porque mi hermano y yo entendimos que no existe tiempo de escape entre el cuerpo y la sombra, y entonces nos convertimos en eso, su sombra. Mi mamá llegó al museo acompañado por Susi, que la cuidaba cuando nosotros nos podíamos. La dejó sentada en la fachada del museo y se alejó un poco. Ese era un buen método para mi que mamá no se sintiera encerrada. Fingíamos darle libertades, pero en realidad no las tenía. Susi la estaba mirando desde lejos, pero mi mamá solo creía en la existencia de lo cercano, y entonces pensaba que había llegado sola y eso la hacía sentir alegre y brillante.

Cuando llegué, salude a Susi y le dije que ya podía irse. Fui corriendo hacia mi mamá y entramos al museo. Ella llevaba colgando una carterita marrón en la que seguramente tenía guardado el abanico chino y el pastillero con Tic Tacs de menta. Odiaba no poder tomar la medicación sola. Al principio la dejábamos ocuparse de eso, pero después de la vez que se tomó diez pastillas juntas y durmió muchas horas seguidas, decidimos que ya no más. Pusimos en su pastillero Tic Tacs y ella los tomaba como si fueran las verdaderas, y había una expansión máxima de su alegría ahí, en esa independencia falsa. Nosotros cargábamos las pastillas originales y se las dábamos a la hora indicada. Ella hacía como si eso nunca pasara, y engullía Tic Tacs al canto de “Hora de la pastillita” y sonreía después. El abanico chino no sabemos de dónde lo sacó. Apareció un día en sus manos y nunca más pudimos sacárselo. Incluso en invierno ella andaba abanicándose la nuca, que la tenía mojada siempre. Los médicos nos dijeron que la transpiración posiblemente fuera un efecto secundario de la medicación. Nunca averigüé nada sobre eso, pero las manos transpiradas de mi mamá no me las olvido nunca más.

Al entrar al salón principal del museo, mi mamá disparó para la sala de los esqueletos de dinosaurios. Ese enamoramiento también era parte del derrumbe. Le encantaba mirar esqueletos todo el tiempo. Me pedía que le imprimiera imágenes de los dinosaurios más gigantes y se aprendía los nombres de todos los huesos, y andaba así, repitiéndolos a toda hora. Estábamos obligados a escucharla. No podíamos hacer otra cosa mientras ella repetía, y así pasábamos mucho tiempo. Ella recitando los nombres de los huesos y nosotros escuchándola como si estuviera dando una clase. Así nos aprendimos los esqueletos de varios ejemplares.

La enciclopedia empezó a estar en su mesita de luz. Al principio aprendía de ahí, y después nos pidió libros especializados, así que hicimos una búsqueda exhaustiva para conseguirle los mejores. Se los regalamos envueltos en papel de regalo con dibujos de dinosaurios que brillaban en la oscuridad, y mi mamá lloró de emoción al abrirlos, mientras destruía el papel con las uñas. A pesar del fanatismo, ponía resistencia a visitar el Museo de Ciencias Naturales. Decía que no era lo mismo ver los esqueletos en ilustraciones, que verlos en vivo, y cuando intentábamos llevarla de paseo, corría por la casa gritando que visitar un museo era más triste que visitar un cementerio, y mientras gritaba, hilos de saliva caían de su boca al piso, y nadie hacía nada para detener eso. Ni ella, ni nosotros. Con el correr del tiempo, la saliva de mi mamá se volvió moneda corriente en el suelo de toda la casa. Alfombras, cerámicos y pastos. Todo chorreado por baba maternal.

Intentamos llevarla varias veces al museo, para hacerla caminar, eso nos habían indicado los médicos, que no detener el movimiento iba a ser fundamental para su estabilidad, y por eso cualquier excusa era buena, pero la resistencia al museo la sostuvo mucho tiempo. Por eso me resultó raro cuando me citó ahí, porque yo sabía la imposibilidad que tenía para mirar huesos en vivo.

En el salón de esqueletos, al principio la observación fue con timidez, pero después la intensidad de la mirada creció y quiso convertirla en tacto. Eso hacía muy seguido, perdía el miedo de repente y eso que la aterraba se convertía, de un segundo a otro, en lo que la fanatizaba. No existían los grises en su escala de temor. Esa vez que dejó de temerle a los esqueletos y quiso tirarse sobre ellos, frenarla fue sencillo, porque con el paso del tiempo aprendí a regular mi fuerza sobre su cuerpo, para manipularlo. La agarré del brazo y no la dejé avanzar, pataleó un poco y siguió mirando fijo. Murmuraba los nombres de los huesos mientras los veía, y sonreía.

Mirar un esqueleto de dinosaurio es hipnotizante para cualquiera. Yo también caí en el magnetismo. De repente sentí el aire. Lo vacío. Miré a mi al rededor y mi mamá ya no estaba. Corrí por el pasillo que me sacaba a la sala de los animales acuáticos y avancé hasta la sala de las mariposas enmarcadas. Me la encontré paralizada frente a la pared inmensa repleta de mariposas encerradas en cuadritos de madera. Observaba atónita. Movía los dedos. Fui corriendo y la abracé. Me sonrió y me apoyé en su hombro. Saberla viva y entera me calmó. “Soy un dinosaurio, hijita” me dijo y me mostró los dientes. Yo seguí apoyada en su hombro, y le ordené susurrando que no podía escaparse así, sabiendo la inutilidad de la orden, porque desde el principio del derrumbe que no acataba nada. Me pidió volver a la sala de los dinosaurios y volvimos. Yo todo lo contrario. Desde que ella había empezado con todo esto de derrumbarse, me había convertido en una hija que cumplía todos los caprichos de su madre. Otra vez hipnotizada por los huesos. se quedó inmóvil hasta que miré el reloj y descubrí que ya era tarde. En el colectivo pensé que ya no existía diferencia entre un esqueleto de museo y ella. Igual de inertes, de rígidos, de falsos. Mi mamá ya no era mi mamá, sino una réplica de sí misma. Durante el viaje le acaricié las manos transpiradas, y ella se quedó dormida en mi hombro. Cuando llegamos la llevé hasta la cama y me pidió que le recitara dinosaurios hasta quedarse dormida. Saqué su jogging de la silla, me senté. Coritosaurio. Apatosaurus. Tricératops. Maiasauria.