«¿Por qué nos empeñamos
cada día
en ir contra nosotras
remontando
la corriente de un río
de caudal furioso?».
—Yolanda Pantin

*

Para Zuleika

*

Larghetto

Adoro la textura de la falda entre mis piernas. Provoco tantos roces como puedo. Mis pies cuelgan del alféizar de la ventana. Abajo destacan las luces del Mardi Gras. Pataleo como si quisiera revolver la superficie de un río, un río de máscaras y confeti. La tela de algodón se arrebuja con el movimiento hasta formar un bulto que trepa hacia mis partes nobles…cierro los ojos por un momento.

Esta noche no habrá música en el apartamento de enfrente. Desde mi habitación alcanzo a ver el piano de cola, enmarcado por las cortinas de raso púrpura. La dentadura monocromática cubierta por la tapa. No están hoy las manos diestras que tantas veces he visto desfilar sobre ella, como una larga caricia sobre el lomo de una fiera durmiente.

Esas manos justo ahora recorren una a una las vértebras de mi columna por encima del camisón. Qué tono tendré, me pregunto, mientras el carnaval discurre por la calle Bourbon. Me mojo la yema del dedo índice con la punta de la lengua y extiendo el brazo, intentando atajar la dirección del viento.

Mi querido pianista me separa los rizos sobre los hombros e inicia un vaivén suave por mi nuca.

—¿Qué edad tienes? —su pulgar toma el lóbulo de mi oreja izquierda y lo masajea.

—Diecinueve.

Lo escucho suspirar, aunque no puedo decir si es de ilusión o desdén.

—¿Y tú?

Se toma su tiempo para responder. La calle resplandece con los fuegos artificiales y el jazz funde las voces y los cuerpos que recorren los adoquines. Pienso en Katrina y su afición por Buddy Bolden. Puedo imaginarla zigzagueando entre la multitud, levantándose la blusa cuando le provoca para obtener un par de collares brillantes. Su destino final será el Fritzel’s, como es usual. Siento algo de pena por no estar con ella pero ambas sabemos lo importante que es esta oportunidad.

—Veintisiete.

—Es un buen número —comento con una sonrisa que él no llega a ver.

Sus dedos se enroscan en los tirantes de mi camisón, que comienza a ceder. Su aliento crea una corriente de calor en mi espalda. Me dejo caer hacia atrás, sus brazos me atrapan y me alejan de la ventana. La tela de la falda se estira y ondea sobre mis pantorrillas.

*   

Allegro ma non troppo

Cuando Shoshana lo hizo empecé mi investigación.

Intenté formarme un juicio a través de la literatura y de las anécdotas que pescaba entre mis compañeras de clase, pero fue en el cine donde encontré los referentes más interesantes. Jean March fue toda una revelación en L’amant, la película de Jean-Jacques Annaud basada en la novela de Duras. Las señales estaban bien definidas: un cambio en la mirada, una invitación generosa en el contoneo de las caderas al caminar, una variación en los colores de la vestimenta y en la manera de peinarse. El cabello de la protagonista, por lo general atado en trenzas, se dejaba en melena vibrante y enmarañada después del acto sexual.

Con Amelia Lafayette en Marie Lee’s got a room aprendí a calar un cigarrillo como si lo que sujetara entre mis dientes fuera un miembro masculino. En la iniciación de la heroína se apreciaba cómo el temperamento recatado, reprimido, evolucionaba a la voluptuosidad deliciosa y ávida de desbordarse. Sin embargo, había también ese silencio del final, cuando los primeros gemidos de mujer cesaban de repicar contra las paredes; esa mirada perdida en el techo al tomar conciencia de la rasgadura, la feromona liberada a cambio del sacrificio. Y se notaba entonces, en un primer plano del rostro, la lágrima que descendía por la mejilla hasta estrellarse en el almohadón.

Recuerdo que vi la escena una y otra vez, sin comprender. ¿Por qué se entristecía el personaje de Lafayette después de hacer el amor por primera vez? ¿Sucedía igual con otras mujeres?

  —Es por el vacío —me comentó Kat por lo bajo durante una clase de romanticismo alemán. —De pronto te das cuenta de que el temblor que llevas por dentro finalmente ha encontrado una salida y no soportas que salga de tu cuerpo, que se te escape…

Ella lo había hecho en agosto, “en honor al huracán”. Aunque no ha querido confirmármelo estoy segura de que estuvo con el motero que venía a recogerla todas las tardes en la facultad. La ronroneante Harley Davidson no volvió a aparecer en el campus después de eso y Katrina se cortó el cabello al estilo pixie. Las hebras restantes ardieron en una fogata cerca del Misisipi.   

*

Lento sostenuto

No hubo sangre.

*

Allegro cantabile

Se muerde los labios. Shoshana no deja de morderse los labios. Presiona con insistencia mientras contempla la pizarra acrílica. El labio inferior está rojo como una cereza. Un dedo juguetea con la tela del hiyab. De pronto, su interés se dirige al profesor. Los ojos lo siguen por el salón conforme habla sobre la fatalidad del primer amor, y nombra a la Ofelia de Hamlet. Shoshana suspira. El profesor intercambia una breve mirada con ella, de manera inconsciente, me parece, se toca el reloj en la muñeca derecha.

Ella sonríe, aparta la vista.

La respiración es clave en la contienda. Con frecuencia da la impresión de que todo se reduce a la boca, como si la nariz estuviera dormida, anulada en medio de los embates que reclaman una entrada de aire mayor. La boca abierta de Shoshana es un primer abismo en el reflejo que advierto en el espejo del baño, un ojo mágico a través del que temo y ansío mirar. Jadea bajo, sus caderas son un tornado encajado en el centro del profesor. El cabello negro le cae en cascada por los costados. Aprieta los párpados con fuerza, no recula, administra el oxígeno con una destreza sobrehumana. Sus uñas escarban en la espalda del amante como si debajo de la piel se encontrara la respuesta para recuperar el Edén.

Entonces sale momentáneamente de su éxtasis y me ve.

Estoy oculta en el último cubículo, observando por la puerta entreabierta.

El destello metálico me dispara el corazón.

Su expresión, sin embargo, no se altera en lo más mínimo, ni siquiera cuando desliza el filo de la cuchilla por el antebrazo del profesor.

La cópula muere en el grito.  

*

— Si nosotras sangramos, ellos sangran —me dijo, envolviendo la daga en un pañuelo dorado. Su rostro volvía a estar coronado por la hiyab. —Los que sangran siempre vuelven, les encanta creer que somos un tributo. Yo tomo su cuerpo, bebo su alma, consagro su semilla en mi propio altar. Ellos jamás me tienen. Nadie puede tenerme, y yo no puedo parar. Todo es por el temblor. ¿Lo has sentido?

*

El profesor impartió su clase al día siguiente. Cuando una alumna le preguntó por el vendaje de su antebrazo izquierdo bromeó con que se había inmolado a la diosa Perséfone. El ritual “había fracasado”, rió.

*

Andantino

Temo dejar de respirar.

El chorrito de orine produce un eco tranquilizador en el inodoro, pero también acrecienta esta extraña sensación que todavía no sé definir. Tengo los pies fríos, los pezones me zumban, alrededor noto los cardenales que empiezan a brotar producto de las recientes dentelladas. Percibo mi vientre líquido, la esencia compartida que me baña de pies a cabeza. He dejado que otro llegara hasta lo más hondo de mí, que descubriera para mi deleite personal los rincones que mis dedos todavía no saben afinar a la perfección. Me arden las orejas, me pesa la espalda. Introduzco una mano en el asiento y agarro una de mis nalgas, trato de imitar los movimientos de mi pianista. Estiro, pellizco, suelto.

Adelanto el índice y el pulgar, rozo la hendidura. Separo los labios vaginales, húmedos de orina y fluidos, y lo toco. El espacio hueco, el comienzo de mi abismo. Me advierto sin fondo, una oscuridad en mi interior que podría absorberme al menor descuido. Siento pánico. Hiperventilo. ¿Cómo cerrarlo de nuevo? ¿Cómo colmarlo?

No he sangrado. Mi pianista no ha sangrado. Me sostengo de los bordes del inodoro. El pecho me pesa. Fuera revientan los cohetes del Mardi Gras.

Tengo los ojos enrojecidos pero no he soltado ni una lágrima, lo sé, puedo verme en el espejo que está sobre el lavabo. También caigo en cuenta de que estoy temblando. Una corriente que me sacude, que va por dentro, me revuelve el estómago, me sube por la tráquea.

Temo dejar de respirar.

Una sombra interrumpe el camino de la luz ambarina. Es una polilla. Mis reservas quedan en suspenso.

Me levanto.

Las alas desprenden un polvillo en su afán infructuoso de abrazar la bombilla de la lámpara. ¿Qué tono tiene ella en la escala de sol?

Mi mano la descoloca, la arranca de su romance.

Se revuelve, sus patas golpean, sus alas se destrozan contra mi carne. Mis palmas se van juntando hasta que la escucho dar el crujido definitivo. Hago una inspiración profunda.

Entonces soy presa de una sinfonía imaginaria. Doy vueltas sobre los azulejos con aquel pequeño cadáver entre mis manos. Me invade un júbilo indescriptible, he logrado el trueque, lo sé, el temblor se detuvo.

Tiro de la cadena. El agua fluye, el agujero de la cañería se traga mi ofrenda. Habrá una tregua breve y luego comenzará todo otra vez, porque yo he despertado mi purgatorio como tantas otras antes de mí.

La navaja brilla en el tocador, repaso su textura.

Mi pianista sigue latiendo en la habitación,

—aproximo mi nariz a la hoja de metal, la huelo—

la revelación llega como una onda carmesí detrás de mi cabeza:

quiero volver a oír la melodía del abismo, quiero entregar otro cordero,

y para ello,

ahora lo sé,

tal vez deba silenciar a mi amante para siempre.

Escrito por Natasha Rangel

(Caracas, Venezuela, 1994). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Correctora de Estilo en @cronicauno. Colaboradora en la revista «Liberoamérica». Ha publicado en los portales «Qué Leer» y «Digo.palabra.txt». Un pensamiento retorcido de la infancia de Freud. Escribe porque es más barato que ir al terapeuta. No toma café.