Acerca de “Papeles de encierro”, de Cave Ogdon, novela publicada por la Editorial Arandurã, en Asunción el año 2017

 

Quizá el más preciado legado de Dostoievski son sus personajes: Rodia, Myshkin, Aliosha, Alexéi, el hombre del subsuelo, Kirilov, etcétera. A diferencia de los personajes de Shakespeare, que son como compendios o cristalizaciones de lo humano, los de Dostoievski son como emanaciones de las condiciones sociales; son hijos, frutos, excreciones. En este sentido, la novela de Cave Ogdon es dostoievskiana.

El relato trata del deseo de exilio autoimpuesto por el narrador y las circunstancias que le impiden llevar a fondo este deseo, es decir, desligarse definitivamente de un pasado que lo acosa y a la vez lo expulsa. Está contado en forma de diario de contingencias y divagaciones. Hay varias líneas que convergen en la última página, como una expiación.

La estructura recuerda principalmente a las “Memorias del Subsuelo”, de Dostoievski: un personaje que no puede participar del mundo que sin embargo lo creó, por algún defecto de fábrica. En esta novela, sin embargo, el defecto o impedimento es de orden punitorio: por algún crimen no develado o error no nombrado, el narrador fue expulsado del país del amor, que es el país de la vida, y desea profundamente cumplir la condena por medio del alejamiento de todo lo vivo y la entrega del cuerpo y la mente a lo estéril, a lo vivo-muerto del sonambulismo urbano. Había sido, en época pasada, corrector de un diario y había conocido a Ella-lejana, que le hizo ver que la ciudad en que vivía, Asunción, era el horror, una zona fantasma, sin vida, salvo decadencia, ebriedad, estupidez, inconsistencia. Ella-lejana, a quien con frecuencia nombra el narrador, era una mujer ligada al mundo del arte. No sabemos mucho más; puede tanto haber sido la misma inspiración artística, o una musa mezcla de Calíope y Casandra, o tal vez solo el nombre de una caída, un desajuste hormonal; lo cierto es que no se nos cuenta mucho. Ella-lejana le dio cierto don al narrador: son nombrados sus ojos, así que muy probablemente, si nos atenemos a lo puramente interpretativo, el don recibido es el de la visión. Esto explicaría por qué un hombre, de un día para otro, que es más o menos feliz en el medio en que vive, en su ciudad y entre su gente, empieza a odiar todo y a ver todo de una manera horrible; como si lo hubieran corrido un paso del puesto de personaje secundario al de observador,  lo que es como decir  el primer paso antes de ser  un narrador. Y con este don, le entregó (o lo entregó a él a) la melancolía.

El hombre del subsuelo de Dostoievski, que es el paradigma del hombre que ve, el lúcido entre los sonámbulos urbanos, busca finalmente emerger, salir a la ciudad y ser parte de ella. Escoge un enemigo, un oficial, y se aventura. En cambio el narrador de los “Papeles de encierro” recibe una y otra vez la posibilidad de emerger a la ciudad y, por decirlo de alguna manera, afantasmarse con los demás, pero lo rechaza. Se le presenta un romance, se le presenta la amistad, incluso los vicios que conocen más o menos todos los que viven en una urbe. Pero el narrador opta por desprenderse y sumergirse aún más en su exilio. ¿Por qué lo hace? En la novela hay una explicación psicológica, muy débil, que no importa. En todo caso, en el pasado hubo ese encuentro que lo hizo ver todo de manera diferente o nueva y, quizá, la pasó bien un rato, embriagado. Pero eso se acabó, y luego intentó, como lo enamorados y los artistas, volver a ese lugar de felicidad, de visión feliz, por medio de estimulantes: alcohol, alejamiento, miserabilidad, renuncia (al trabajo, a los amigos, al pasado). Pero no puede volver ahí, ese país lo ha condenado al exilio, es ya inalcanzable. Narra por dar cuenta de ese desgarro. Luego, finalmente, acepta que no volverá más allí, y comete un acto más allá de toda lógica, algo que es como un salto a la nada, la violencia hacia la oportunidad de volver a pertenecer, y así, logra por fin estar completamente exiliado. O al menos es su esperanza.

Cave Ogdon (Asunción, 1987) ha publicado anteriormente un libro de relatos, “Los incómodos” (Arandurã, 2016); algunos de los personajes de ese libro prefiguran más o menos el mismo tema: la fealdad, el desamparo, la sensibilidad ligada a la imbecilidad, los paisajes turbios de Asunción, la dejadez y la inmovilidad, etcétera. En este libro se condensan sus preocupaciones estéticas.

Papeles de encierro. FOTO TAPA

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Escrito por Ever Roman

Née 1981. Autor de "Osobuco" (Pánico el Pánico, 2011) y "Falsete" (2014). Ha publicado textos en diversas antologías