Para Kenia Arteaga,

El huracán devoró cada una de sus emociones y sus pensamientos quedaron suspendidos en medio del caos. Una voz replicaba que estaba muerto. Está muerto, ¿qué puedes hacer al respecto? Su cuerpo no reaccionó y las lágrimas cayeron.

—¿Cómo? —preguntó después de una larga pausa. Su voz era tan suave que la persona frente a ella apenas pudo escucharla.

—En la carretera. Infarto fulminante. Lo siento, ¿quieres que llame a alguien?

Silencio. ¿Quién podía detener aquel dolor? ¿A quién podía llamar en aquellas circunstancias? Los rostros alrededor estaban surcados por una preocupación casi conmovedora. Sentía sus miradas clavadas en su cara redonda, buscando algún consuelo en aquellos ojos verdes. Unas manos pequeñas apretaron sus brazos.

—¿Mamá? —la voz infantil la despertó de aquel letargo. Se inclinó para tomar al niño y sentarlo en sus piernas. Hundió el rostro en su cuello y lloró. Del otro lado, otra niña de risos desordenados, lloraba también.

—Vas a estar bien —dijo una voz conocida. Quería creerlo, pero sabía que nunca lo estaría.

Los días pasaron con mucha lentitud, sentía el peso de la noticia en todo su cuerpo. Desde la puerta de su casa veía cómo era despojada de todo por lo que algún día él luchó. Quería echarle la culpa, recordarle con rencor no haber solucionado el papeleo a tiempo. Gran parte de sus bienes correspondían a su suegro, otros para aquella esposa de la cual nunca se divorció. Decir que tuvo una convivencia feliz, era decir nada. Recordaba su risa, sus ojos cansados en las noches, su voz ronca cuando le murmuraba que la quería. Ella creció siendo pobre y él le brindó un escape. Al fin le pertenecía a alguien. Veía a sus dos pequeños corretear por todo el patio. Sus risas y ganas de vivir la acompañaron en sus días de profunda soledad.

Las palabras “tienes que irte de mi casa” se quedaron grabadas en la mente de Blanca. Impaciente por quitarse aquel ogro, comenzó a recoger todas sus cosas, preguntándose a dónde se iría con sus dos niños pequeños.

—¿Va a dejar a sus nietos sin hogar? —le increpó con lágrimas en los ojos, el desespero surcaba sus arrugas. El viejo se encogió de hombros y le recordó que tenía que irse. No miró a los niños, tampoco a Blanca. Después llegó la hija de su esposo, a reclamar parte del terreno. Blanca no quiso responder. No quería seguir hablando de las pertenencias que jamás le harían regresar a su esposo. A ella le parecía increíble cómo alguien podía cambiar por el dinero, tomar lo que no le pertenecía sin pudor ni vergüenza. Siempre veía el mundo distante, distorsionado y lleno de ambiciones. Esperaba proteger a sus hijos de la suciedad de afuera, de la codicia que a veces sobrepasa los límites de una familia.

La familia de su esposo solía ser amable con ella. Quizás algunos no la querían, pero la respetaban. Sabía que luchaba por sus hijos todos los días y que cuidaba de él. Es posible que a Blanca le hubiera faltado más carácter para enfrentarlos, pero al ser despojada del amor de su vida, no quedaron fuerzas que reclamar. En su corazón no había espacio para el odio. Podían quitarle todo, él nunca volvería. ¿Qué podía importar, entonces, una trifulca por los bienes materiales?

Al salir, todos los vecinos se aglomeraron en la puerta, gritando que esa casa era de Blanca y que no permitirían que se fuera. Desde el estacionamiento, con los pies embarrados de aceite de camión, los miraba a todos como si de una película muda se tratase. Personas gritaban, otras peleaban. Los veía, pero en realidad solo quería llorar. Sus gritos apenas llegaban a sus oídos.

—¡Quítale todo! ¡Que se vaya desnuda! —vociferó la hija de su difunto esposo. Una mujer llena de odio e intereses personales. Mientras la señalaba, recordaba los días de sufrimiento de su esposo por el poco interés de su hija en su vida. Apenas se veían, ella no le daba tregua. Blanca bajó la mirada hacia sus hijos y quiso decirles que todo estaría bien, pero las palabras se ahogaban en su garganta.

—Bueno, qué más da. —replicó el viejo. Se dio media vuelta y se fue. Entre aquel griterío, algunas personas lo empujaron hacia la salida. Al menos ese día tendría una tregua. Pero no dejaba de sentirse como una intrusa.

Los días pasaron y la hija de su difunto esposo dividió el terreno e hizo su casa. Blanca observaba todo desde la ventana con una taza de café en las manos. Veía a los trabajadores caminar de un lado a otro, bromear. La casa quedó construida de una forma extraña, un poco doblada hacia un costado, pero así quedó. Así vivió ella con su esposo y sus dos hijos. Se asentó en el lugar que nunca fue suyo.

Un día invitó a Blanca para jactarse de sus lujos. Mira esto, mira aquello. Mira lo que nunca podrías tener. Blanca se sentía tranquila, pero con una sensación incómoda. Había algo extraño en el clima de esa casa. Se veía un poco deforme, inclinada, pero se mantenía firme. Según las malas lenguas, ella y su esposo discutían de forma constante desde la mudanza. Sus hijos al ver a Blanca saltaban a sus brazos. Cuando se despidió, salió con una sensación extraña en todo el cuerpo. Se giró para verla, pero solo vio oscuridad. Se veía como la boca de un lobo.

Los días eran lentos, pero el miedo por perderlo todo se fue apaciguando poco a poco. Blanca limpiaba casas para poder llevarles a sus hijos algo de comer, incluso la hija de su esposo la invitaba a cuidar de los suyos. Aceptaba porque era trabajo, pero le costó ignorar los comentarios de suficiencia, llenos de arrogancia. Miraba el cielo y le preguntaba a su difunto esposo por qué. ¿Por qué me dejaste sola? ¿Por qué tenías que irte? Ella quería comprender, pero más que todo, necesitaba perdonar.

Fue de nuevo a la casa de la hija de su esposo para cuidar a los niños. Eran niños bastante alegres. Querían a Blanca, la esperaban impaciente todos los días. Los llevó de paseo y les contó algunas historias. El cielo brillaba, el viento soplaba con suavidad. La quietud del lugar la hizo ponerse en alerta y buscó a sus hijos con la mirada, ellos intentaban alcanzar algunas uvas de un árbol. Saltaban para agarrarlas, algunas cayeron a sus pies y estos se mancharon del líquido dulzón. El abuelo entró ignorando a Blanca, solo saludó a los niños y se adentró a la casa de la mujer que le arrebató todo. Mientras acomodaba la ropa, sus pies temblaron. Cuando se dio cuenta que no eran sus pies sino el suelo, alzó la mirada hacia la pequeña casa deforme frente a ellos. El grito se ahogó en su garganta al ver que se desplomó de golpe. Boom. Luego un hilo de polvo cubrió su vista.

Hilos de sangre gotearon desde los muros destrozados.

—Supongo que ya no nos pueden hacer daño, ¿verdad, mami?

Blanca bajó la mirada para ver a su hija de seis años contemplar la casa hecha añicos, con las manos llenas de uvas y los pies manchados. El viento agitaba sus risos dorados.

Dicen que todo lo que vives de niño te marca para siempre y esa marca te identificará por el resto de tu vida. Como también dicen que si le quitas a alguien su hogar, este te caerá encima. Literalmente. 

—No, supongo que no.

 

Escrito por Yoselin Goncalves

Nací en la ciudad de Barquisimeto, Venezuela, el 21 de mayo de 1993. Comencé escribiendo relatos de romance, pero después me incliné por la fantasía y el terror. En el 2010 culminé mi bachiller en Ciencias en el colegio Don Bernabé Planas en Barquisimeto, Venezuela. En el 2012 me mudé a la ciudad de Panamá donde vivo actualmente. Licenciada en Publicidad y Mercadeo con énfasis en imagen corporativa por la universidad Interamericana de Panamá, curso superior de community manager por la escuela de Barcelona ENEB. He trabajado en distintas áreas de marketing, ventas y administración. En el 2016 realicé el taller Escriba y Publique su Libro de la escritora y profesora panameña, Ileana Golcher en la universidad USMA. En el 2017 cursé el taller de Formación de Escritores PROFE del INAC en la misma institución. La bilogía El Acecho de los Inmortales libros I y II, fueron publicados en Amazon y otras plataformas digitales, tanto en formato físico como digital, entre los años 2016 y 2017, y fueron presentados en la Feria Internacional del Libro en Panamá 2017. He publicado mis escritos en distintos medios.