Llego a casa por un sendero que de ninguna manera se estrecha hasta desaparecer. No forma una encrucijada. No está marcado por un signo extraño. No se vuelve tortuoso ni atraviesa abismos ni bosques nublados. Alemania es una casa con tejas rojas frente a un río oscuro, de tez verde. Verde moho de la horca. Y verde algas-enredadas-en-los-dedos-de-Ofelia. Las casas, desde la otra orilla, son suaves hogueras rojizas que suben entre los árboles.

En las copas de los árboles se mueve: una débil luz de sol.

Por el agua verde ¡roja!, a veces pasa un cisne. Los cisnes van manchados de un petróleo inofensivo. Como si todo el petróleo que se hubiera volcado y caído en el mundo no llegase hasta ellos con más volumen que el de una gota de negro.

Tübingen es una ciudad pequeña, en el sur de Alemania. Una ciudad asomada a un río. Las casas se extienden junto a las aguas como ojos curiosos que se han vuelto muy estrechos para disimularse. Pero, por las ventanas, nadie asoma a ver a nadie, nadie sale a ver el río. El sol maquilla el agua de un furioso dorado.

Sobre el río, se asoman los frentes de las casas, con persianas pintadas de colores alegres. Coloridas, corroídas, desmoronadas entre andamios. Todas, arrojadas de cabeza al río, las casas ondulan en el verde de la corriente.

A mitad de la ciudad, pasa el río Neckar, cuya fama es el lamento de un poeta. No llega a las costas de Esmirna ni a los bosques de Ilión. Pero uno puede sentarse a la sombra de un tilo y mirarlo pasar desde algún Biergarten. Sobre el río, una calle con un puente. Escaleras hacia una isla. Los cisnes del Neckar descansan de sus admiradores turísticos. El agua verde, color moho, pasa enroscándose a sus patas.

(Ver la patas de un cisne es como una falta imperdonable de respeto. Son rugosas y rojas. Van por debajo del agua, en carne viva. Es como si una mujer muy joven, muy alemana estereotipada, rubia, se subiese la manga de su blusa y revelase un brazo liláceo y huesudo, de anciana).

A veces los cisnes se acercan peligrosamente a las canoas y se comen – la comida de turistas y estudiantes desprevenidos. No cantan sus últimas horas, o al menos no mueren con una frecuencia observable.

Por el centro del río, pasa a veces una canoa cargada con treinta alemanes cantando. Llevan instrumentos. Sueltan música. Dejan un reflejo pesado, como una espina clavada en el centro del río. Si está anocheciendo, el público circundante cree que puede llorar a mares de alguna nostalgia interior. Si aún es de día, la canoa sonríe, se aleja de la orilla, tambaleándose como sobre una suave – espuma de cerveza.

Sobre los techos de las casas frente al río, el cuello largo, amarillo, verde, anaranjado de un ¡monstruo del Neckar! Es una grúa. Siempre al fondo de los paisajes alemanes. Provisional arquitectura típica y nacionalmente espontánea. Porción de cielo quitada del cuadro de todo fotógrafo apasionado. Las grúas, levantándose como cuellos monstruosos. Miran los alemanes y – no las ven. Las fotografías: las trascienden. Los turistas: las sacan de cuadro, con un escalofrío. Pero aquel monstruo típico proyecta sobre la ciudad de Tübingen la sombra alargada de su cuello.

En Alemania siempre hay mucho por reparar. Como si los alemanes nunca hubiesen logrado quitarse del todo la impresión de vivir entre escombros. Siempre hay: ladrillos que levantar. Cemento que sostener. Frentes que pintar (aunque el nuevo color sea exactamente el mismo). Porque se cayeron alguna vez, entonces siempre, para siempre, cada día, hay que desconfiar de todo. Lo que se desmoronó alguna vez, seguirá estando caído, por más arriba que vuelva a izárselo. Aún con las grúas, transportando ladrillos en el lomo de los monstruos. No importa cuan próspera sea la economía. Hay, para un alemán, algo siempre insoportable en lo que se despedaza.

Hay andamios. Escaleras provisorias. Paquetes que recubren – edificios enteros. De ambos lados del río, las veredas son frondosas. Las plazoletas: salvajes. De los faroles cuelgan flores – brasas rosas – suspendidas sobre armazones metálicas. A esas flores las baña a primera hora un hombre con uniforme. De su camión se desprende una escalera, de su mano, un tubo. De aquel tubo, una prolongación curva. Del final de esa prolongación: una ducha portátil. Debajo de la ducha – los pétalos municipales agradecen.

Pero el hombre que ducha las flores no sonríe ni pasa silbando. Lleva anteojos de sol y conversa animadamente por teléfono. Ducha flores con absoluta concentración, y sostiene el celular como un ajetreado hombre de negocios.

Trabajar quiere decir en Alemania: ser un hombre serio. Llevar una ducha portátil entre macetas rebosantes de flores es un indicio de seriedad. A la semana, me dejo de reír. Las duchas portátiles de flores me parecen de pronto un asunto como cualquier otro. ¿Estaré perdiendo mi (argentina) capacidad de asombro?

De vuelta a la casa de las tejas rojas, Frau Welzel me está esperando. Frau Welzel es mi casera. Tiene 91 años y poda un arbusto en el jardín del frente. Nos separa de la calle una verja absolutamente pequeña. Frau Welzel me indica: no entrar por encima de la verja (diminuta, aún con toda discreción, perfectamente saltable). Agacharme para abrirla. No empujar con las rodillas, porque la madera se resiente. No golpear al cerrar. Y allá, en la cocina, dejar siempre todo seco y limpio. Sano. Los cuchillos sin mezclarse con los tenedores (fascista). Las cucharas en sus específicos aposentos. En los pasillos, ningún objeto olvidado. Zapatos, chinelas, pantuflas.

Frau Welzel peluquea su arbusto y continúa:

—Después de tomar una ducha, secar el piso no es suficiente. Pasar un trapo también por las paredes, no permitir que la humedad aparezca en los baños.

Frau Welzel sigue por algunos minutos dándome indicaciones. Me advierte ante la aparición del fantasma alemán más aborrecido: la Humedad. Luchar contra la humedad como contra un destino injusto. Abrir ventanas, trapear hasta eliminar los vapores fantasmales que suben desde lo profundo.

—¡Cuidado!

Me ruega Frau Welzel, y me muestra una pequeña mancha oscura entre la pared y el techo: ¡la humedad nos acecha!

Es mediodía. Toco el timbre. Frau Welzel se asoma a la ventana. Tiene en la mano una tacita y en el cuello una bufanda. Pregunto desde abajo:

—¡Hola! ¿Puedo subir a hacerle una pregunta?

No pronuncia una palabra. Hace, desde la ventana, una señal de que no.

—¡Frau Welzel! —vuelvo a gritar. Soy una típica argentina obstinada.

Ella desaparece y ya no vuelve a abrir la ventana. Dijo todo lo que tenía que decir. Me resigno. Salgo por la puerta de la verja peticita. Es mediodía. Estoy sola. Veré qué me depara Alemania.

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