Zama, la última película de Lucrecia Martel, tiene esa belleza surgida de las grandes obras artísticas que con su amplísima polisemia dejan al espectador atónito ante tantos caminos posibles por recorrer.

Si la novela de Di Benedetto en la que se basa el film está dedicada “a las víctimas de la espera”, la obra de Martel transfiere de alguna forma este ofrecimiento a los espectadores del film, quienes son, junto con Zama, presos de esta espera indefinida.

Don Diego de Zama aguarda esperanzado  una carta que lo lleve de regreso a su casa con su mujer y sus hijos, su esperanza, esa pasión triste que, como dice Spinoza, reduce la potencia de acción,  alimenta su espera y lo deja como vacío, casi como un hombre sin atributos, exiliado de su tierra pero principalmente de su interior.

Y esta sensación de continuo exilio en el personaje se transmite en la película de una manera formidable a partir de un tratamiento cuidado de Martel de cada imagen como si se tratara de una pintura, de un cuadro. Con planos cerrados, saturados de colores oscuros, cobrizos y desgatados como por el paso del tiempo, que crean una atmósfera sofocante;  y con planos de un exterior siempre signado por la amenaza del advenimiento de lo otro que pone en peligro (un malón de pieles rojas, el bandido Vicuña Porto, o las enfermedades), no parece haber en Zama un sitio posible de ser habitado, apropiado y recorrido para la proyección de la propia subjetividad y el deseo.

Esta incomodidad de los espacios inhóspitos siempre interrumpidos por una otredad que se vuelve fastidiosa, porque los lugares no parecen configurados para la permanencia de otredades en convivencia, ¿qué son esos animales que se cruzan en escena todo el tiempo, en el despacho del gobernador o en otros sitios, si no la muestra de una ausencia de emplazamiento, de un espacio que dé lugar a los otros?, esta fragmentación de los lugares representada magistralmente en la fotografía de la película, muestran la fractura de un orden político donde actuar sobre el espacio del otro, apropiarse de su lugar, implica sustraerle su potencialidad de acción.

Zama permite que los indios pierdan sus tierras y garantiza a una familia la disponibilidad permanente de esclavos, el gobernador difiere continuamente el traslado de Zama y lo obliga a un vivir perpetuo en la esperanza, también prohíbe a un funcionario del gobierno la escritura de una novela (como si no hubiera oportunidad, en medio de este territorio colonial, ni siquiera para un exilio imaginario), Vicuña Porto y sus hombres esclavizan a Zama con la ilusión de que revele el lugar donde se encuentran unos cocos que creen que son fuente de riqueza.

En este medio cenagoso en que se convierte esta provincia atrapada en el dominio colonial, donde se hunden todas las esperanzas de estos otros en continua convivencia, la subjetividad de Zama parece escaparse de estas cartografías despóticas y emerger, por momentos, en forma de alucinación. Y aquí es necesario destacar el tratamiento magistral del sonido que hace Martel: la percepción auditiva se manifiesta siempre como un espacio de fuga que revela y aloja la subjetividad  del personaje. Como esa balada, que cada tanto reaparece luego de un momento de tensión cortando el clima tiránico, el sonido opera como esa línea de fuga, de descanso, de espacio otro.

Es que Zama es sobre todo una película de climas, donde la fábula narrativa aparece constantemente interrumpida por una invasión de evasiones, de  percepciones, por una acumulación de sinestesias y una sinergia que hacen de lo imaginario un lugar de huída a la opresión del  poder despótico.

Si algo muestra la película de Martel, de manera delicada y sin bajar línea, es aquello que dice Deleuze en su análisis de Spinoza: el tirano necesita para triunfar de la tristeza de espíritu. Por eso, Zama es condenado perpetuamente a la espera, exiliado en la esperanza de un tiempo futuro que lo aleja de su presente. Allí se inscriben las marcas del poder sobre su cuerpo, en la desapropiación, en la decadencia de una espera que se prolonga indefinidamente.

Por suerte hay afecciones que escapan a esta esperanza que lo deja desvitalizado, estados que se abren camino sobre la falta de espacio que cultiva el poder avasallante y que se traducen en el film en la aparición de esas cartografías diferentes, territorios de alucinaciones, de sueños, de sonidos y pulsiones informes, donde se filtra todo eso otro que parece no encontrar lugar en esas tierras, eso que el poder nunca llega a disciplinar.

Escrito por Bárbara Alí

Bárbara Alí: nació en Buenos Aires, el 3 de febrero de 1984. Es Licenciada y Profesora en Letras (UBA). Actualmente cursa la Maestría en Crítica y Difusión de las Artes (UNA). Es docente de Lengua y Literatura en escuela primaria y media. En el 2014 obtuvo una mención en el Concurso Pablo Neruda (organizado por la Fundación Pablo Neruda- Chile- y la Universidad Nacional de Córdoba). Participó en la Antología Poética El Rayo Verde 2015. En el 2016 publicó "La mancha de los días" (Editorial Qué diría Víctor Hugo?).