I

Una y otra vez me he repetido a lo largo de mi vida esa frase que, ahora sé, es de Kate Millet y que conocí leyendo sobre la lucha de las feministas chilenas: lo personal es político. Una y otra vez he querido creer que en la actualidad esa frase forma parte del sentido común del entorno en el que me muevo que es, a grandes rasgos, el que tiene que ver con la literatura. Una y otra vez he leído esta frase puesta en muros de facebook (yo también la puse en más de una ocasión), en papers académicos, en camisetas y en twitter. Y aun así, a partir de mi experiencia, hay algo en sus límites que no me queda del todo claro. Todavía sigo sin entender cabalmente a que nos referimos cuando hablamos de ese espacio denominado «lo personal». O al menos creo que no existe un consenso en aquello que se entiende por personal. De ahí que muchas veces cuando leo esta frase pienso que es repetida sin que estemos plenamente conscientes de sus implicaciones, las cuales, en mi opinión, significan ser radicales en esta afirmación, ir hasta el fondo y no ser mezquinas en nuestro entendimiento de lo personal. Este espacio, por otra parte, está completamente imbricando, de formas bastante complejas, con todos los otros aspectos de la vida: creativo, laboral, económico, público, social. No existe esa escisión entre la vida priva y la vida pública de un sujeto. Es, para mí, una ficción porque como sujetos somos los mismos cuando estamos en la calle, en nuestro trabajo, en sociedad y cuando estamos con nuestra familia. Hay variaciones en nuestros comportamientos según el nivel de confianza, por supuesto. Pero todos esos discursos que nos han construido como sujetos siguen operando en ambos ámbitos. Nuestros principios morales, nuestra emocionalidad, nuestros conflictos, nuestros deseos y nuestras nociones de lo que consideramos ético permanecen.

 

II

Llevo horas dándole vueltas al asunto que conmociona a Hollywood desde hace unos días: las denuncias a Harvey Weinstein, el poderoso productor de Miramax, por violación y acoso. Como a muchas, sus acciones me repugnan pero no me sorprenden. Me gustaría que esta denuncia colectiva sirviera para algo más que para caracterizar a un individuo como a un monstruo, como a un sujeto desviado, alguien fuera de la norma. Me gustaría, de forma bastante inocente quizás, que a raíz de todo este asunto se criticara la industria cinematográfica en su conjunto. En este sentido el texto de Sarah Polley, publicado en The New York Times, The Men You Meet Making Movies, es bastante necesario. «Harvey Weinstein tal vez sea la versión de guion de un predador hollywoodense pero él simplemente era una pústula purulenta en una industria enferma. El único aspecto sobre la historia de Harvey Weinstein que sorprendió a la mayoría fue que de repente, por alguna razón, a la gente parecía importarle», afirma Polley.

 

III

Si abrimos el encuadre de los sucesos y pasamos del plano detalle del rostro desagradable de Weinstein al plano general, podemos ver que alrededor del productor estaban sus amigos, aquellos que no solamente sabían todo, sino que, muy probablemente, bromeaban al respecto. Me puedo imaginar perfectamente a Tarantino, a Matt Damon y a distintos empleados de Miramax, en una noche de cañas, charlando sobre mil cosas: la película en producción, ese guionista que se cree un genio pero del que todos se ríen, las películas pasadas que no recaudaron lo esperado y, de pronto, el comentario sobre lo increíblemente atractiva y «follable» que era la actriz de ese fracaso en taquilla. Risas cómplices, anécdotas estúpidas, bromas “inocentes”. Todos saben que Weinstein es un salido y un “seductor” que en ocasiones se ha propasado con una actriz aspirante e incluso con alguna secretaria de la empresa. Saben también de aquel episodio con una actriz que casi acaba en denuncia pero que finalmente fue «solucionado». ¿O fueron tres actrices? Pero, finalmente, eso qué importa. Son daños colaterales, pensará el amigo más crítico. El más tolerante pensará que son cosas que pasan pero que Weinstein es buen tipo, es la mar de divertido y además le ha ofrecido actuar en una película que promete ser un éxito. Me imagino muchas noches como esas en el universo Hollywood.

 

IV

También me imagino muchas noches iguales en distintos ámbitos. Noches en las que los amigos se celebran unos a otros las bromas subidas de tono, los comentarios obscenos sobre amigas en común, la increíble capacidad de uno de los del grupo para serle infiel a todas las novias que tiene sin que ninguna realmente se percate. En esas noches también me imagino a aquellos que saben que todo esto está mal, que no lo aprueban del todo, pero que ríen en silencio, agarrando la cerveza: no se trata de amargarle la noche a nadie. Además, piensa este personaje, ¿quién soy yo para meterme en la vida privada de nadie?

 

V

Años después empiezan a salir múltiples denuncias. Y todos lo reprueban. El tipo, Weinstein, ahora es un monstruo increíble. Nadie sabía nada, todos están en shock. No pueden creerlo. Obviamente en esto podemos ver cobardía. Podemos también ver incongruencia en todos esos mensajes repentinos que denuncian un comportamiento que era alentado por las mismas personas que ahora sólo tienen palabras de repulsa hacia su ex amigo. Yo no puedo dejar de pensar que mientras el productor acosaba e intimidaba a múltiples mujeres, Tarantino estaba filmando Kill Bill y Django, producidas y distribuidas por Weinstein. Películas ambas que, quizás, podrían leerse como poseedoras de un discurso crítico, emancipador que denuncia las distintas opresiones. Un discurso emancipador enunciado, sin embargo, sobre los cimientos de un sistema que se alimentó del sufrimiento y del miedo de muchas mujeres. Porque sí, hoy escuchamos a las voces reconocidas, pero seguramente hubo más, muchas más, de las que nunca sabremos nada. Denunciantes «anónimas», aspirantes a actrices que fueron devoradas por ese sistema. Como recuerda Polley, ella ya no quiso siquiera seguir actuando después de sucesivos episodios de machismo que, en realidad, fueron y son la norma de la industria. «No he actuado aproximadamente por 10 años ahora. Últimamente, he estado pensando en tratar de redescubrir algo que alguna vez pareció valer la pena.  Después de todo, es un trabajo hermoso, construido en la empatía y la conexión humana, y parece extraño darle la espalda a algo que hiciste durante tantos años. Pero durante mucho tiempo, sentí que para mí no valía la pena abrir mi corazón y hacerme tan vulnerable en una industria que hace evidente su desdén hacia las mujeres en cada esquina que miro», continúa Polley. Entonces, me pregunto, las películas producidas dentro de un sistema enfermo y, evidentemente, gracias a él, ¿defendían realmente algo parecido a discursos de emancipación? ¿O, en realidad, mediante su utilización los estaban desactivando?

 

VI

Pienso en otra industria cultural, que es, como dije, la que me queda más próxima: la literaria. Y veo exactamente lo mismo: noches de risa y colegueo con ese editor que le publicará al compañero de cañas su siguiente texto, una novela profundamente política en la que se plantea que la verdadera emancipación sólo puede venir de un lenguaje que emerja desde los márgenes de la trama. Todos saben que ese editor tiene un carácter un poco extraño y que alguna vez, cuando se emborracha, insulta a su novia de turno llamándola zorra, puta o, incluso, scort. Noches que se repiten con otros personajes: agradable cena con ese escritor que, como todos saben, es un mujeriego rematado que alterna acompañante en los distintos saraos literarios. Tiene una para los de la noche y otra para las presentaciones que se celebran en la mañana. Engañadas, las acompañantes piensan respectivamente que cada una es la novia oficial, mientras los colegas sonríen cómplices. Finalmente, piensan, esa es su vida privada. Eso no quita que sea un gran escritor cuya obra es fundamental para la narrativa contemporánea ya que pone de manifiesto la crisis económica actual sin necesidad de hacer un panfleto político, es un texto verdaderamente emancipador y de obligatoria lectura en esta coyuntura en la que hace falta más gente implicada con lo social. El tipo es un cabrón con las mujeres y se dedica a hacerlas sufrir pero, oye, es importante lo que está haciendo para la literatura y, por lo tanto, para la sociedad en su conjunto. Sarah Polley cuenta que, durante su reunión con Weinstein, éste le dijo que se consideraba a sí mismo un activista de izquierdas, como ella.

 

VII

Ese divorcio entre discurso y práctica se produce en ese terreno llamado «la vida privada» y que, en mi opinión, corresponde con aquello que denominamos «lo personal». Esa brutal separación es política. Las mujeres somos víctimas de esta separación. No es casual que sea en los espacios femeninos donde más se repite la frase de Kate Millet. Personalmente, a mí este divorcio entre discurso y práctica cada día me parece más terrible y más rabiosamente indignante.

 

VIII

Lo más perverso es que en las industrias culturales del cine y la literatura todo esto tiene que ver, evidentemente, con las dinámicas de poder del respectivo ámbito cultural. Habría que preguntarse insistentemente a quién beneficia ese discurso que afirma que la vida privada debe separarse de los discursos (académicos, literarios, cinematográficos) que se producen. En primer lugar, a aquel que perpetúa los abusos y a quien le conviene la complicidad del resto de personas. Esa complicidad es, por lo tanto, causa y efecto de su poder. En segundo lugar, a aquellos que quieren congraciarse con el editor o el escritor de fama del momento, ya sea por la búsqueda de posibles reseñas de alguien de renombre,  para abrir el horizonte de publicaciones buscadas, o, quizás, para garantizar futuros silencios cómplices del mismo tipo.  Sin embargo, si dentro de las reglas del campo literario el machista maltratador fuera un escritor desconocido y sin amigos importantes, o bien un editor cuyo sello se avecina a la quiebra, sus acciones y violencias serían consideradas, sin lugar a dudas, más reprochables, y el consenso en la condena social llegaría mucho más rápido. Sería una especie de purga colectiva que, ocasionalmente, produciría la ilusión de coherencia entre discurso y acciones concretas.

 

IX

Mi pregunta es: ¿qué hacer con los productos culturales que sabemos provienen de entornos de maltrato? ¿Dejamos de ver películas de Miramax, de Tarantino, de Woody Allen, de Polansky? ¿Dejamos de comprar libros de esa editorial? ¿Dejamos de leer los libros y artículos de opinión del escritor? No tengo una respuesta para esto, sólo cuestionamientos constantes y una sospecha permanente ante cualquier producto cultural al que me aproximo.

 

X

Sé que cada vez más me he vuelto más escéptica hacia la literatura actual. Sé que mi progresivo desinterés hacia la narrativa actual tiene que ver con mi experiencia personal. Cuando llegué a España a los 19 años todavía creía en el poder de la literatura para convocar lo real. Creía firmemente que la escritura era la forma de acceder a lo que sólo podía nombrar, en ese momento, como lo sagrado. Era, por lo tanto, la única forma de decir lo que no se puede decir. Creía que el amor y la literatura eran una misma cosa porque la literatura era la vida. Estaba enferma de literatura, solía decir. Pero también estaba enferma de patriarcado, aunque insistía que yo ya me había liberado de todas sus cadenas alejándome de mi país, dispuesta a nunca casarme ni a formar una familia. Pero el patriarcado moldea a sus sujetos de formas muchas veces sutiles y mi lucha por la emancipación era en realidad una caída en las potentes redes del amor romántico mezclado, en mi caso, con la literatura. Precisamente, fue a través de la literatura que me hicieron daño.  Calculadamente, me mintieron y maltrataron escribiendo «buena» literatura, libros «fundamentales» en el panorama literario en español. En mi opinión, eso fue posible por la desvinculación, una vez más, entre discurso y práctica. He llegado a pensar que en esa separación es donde, verdaderamente, se hace fuerte el patriarcado porque, gracias a ella, los discursos de emancipación quedan desactivados al ser repetidos una y otra vez, en sus más diversas formulaciones, por personas que viven de forma totalmente opuesta a los modos de vida que defienden en lo que enuncian. Y el silencio cómplice de los amigos, las sonrisas maliciosas o de conmiseración de aquellos que sabían que yo estaba sufriendo, me hicieron aún más daño. Todo esto me dejó profundamente sola, sintiéndome incapaz de controlar mi vida, débil pero esforzándome por no mostrar mi vulnerabilidad en público, digna de lástima, víctima de mis estúpidas decisiones individuales. Porque sí, suele pasar que aquellos que guardan silencios cómplices no se quedan callados a la hora de juzgar a la mujer porque ella sabe lo que hace y es bastante mayor para saber dónde se mete. Estuve mucho tiempo sola, en medio de la «fiesta» de la literatura, aferrándome a la escritura que, a la misma vez, me ataba de una forma inevitable a ese mundo que tanto me dañaba. El texto de Sarah Polley me ha recordado mi propia experiencia, su desgano hacia la actuación me ha recordado mi desencanto, nunca con la escritura, pero sí con el campo literario.

 

XI

Otra de las trampas de esa separación entre lo privado y lo público es aquella que nos hace creer que los deseos, los afectos y las decisiones individuales no están enraizados en lo colectivo. Esta trampa se perfecciona mediante la caracterización del maltratador como un monstruo, como el mal absoluto, desvinculado por completo del sistema que, durante años, ha amparado e incluso fomentado este tipo de acciones. Habría que preguntarse si verdaderamente existe alguna otra forma en la que ese sistema podría sobrevivir. De momento, es imposible saberlo y haríamos bien en no olvidar que las acciones individuales a menudo son tanto producto como pieza fundamental de todo sistema de opresión. Otra de las estrategias de esta trampa es aquella que aísla a la víctima, culpabilizándola exclusivamente de su sufrimiento. Todas esas mujeres que acabaron en una pieza de hotel con Harvey Weinstein son culpables por desear obtener ese papel en la próxima película del director del momento, ellas sabían en lo que se metían. Aquella mujer que permanece en una relación de maltrato, ya sea físico o psicológico, es porque quiere y hay que culpabilizarla por la «equivocación» en su concepto del amor. Como si nuestra forma de amar y desear no estuviera completamente impregnada por los discursos del patriarcado. Paradójicamente, ambos procesos –el individualizar al maltratador y aislar a la víctima– son paralelos, son tan solo distintas caras de la misma moneda. Ambos se encargan de desvincular y, en cierta forma, exculpar al sistema de las acciones moralmente cuestionables. Por otra parte, es precisamente gracias a este tipo de estrategias que aquellos que en su momento fueron complacientes con las actitudes de maltrato pueden, cuando se ha producido el consenso social en la condena de ese individuo «enfermo», enarbolar sendos discursos de repulsa hacia el maltrato y el acoso. Y no, no sólo no se les cae la cara de vergüenza, sino que creen firmemente que su labor de denuncia es necesaria.

 

XII

Ese universo de grandes películas se construyó sobre el sufrimiento y el miedo de muchas mujeres, ahora lo sabe todo el mundo. De igual forma, pienso en todas esas presentaciones de libros, ferias del libro, encuentros de escritores que se celebraron con una gran cordialidad, presenciando, entre risas, a todas las mujeres que estaban sufriendo dentro de una industria que no mueve tanto dinero como Hollywood pero que en mucho es igual de frívola y despiadada.

 

XIII

Mis historias, pese a ser individuales, creo que son bastante comunes. Lo que me sucedió en mis relaciones no es excepcional y no es exclusivo del mundo literario. Pero se supone que la literatura va en contra de esto, no?  Se supone que aquellos que no separamos la vida de la literatura creemos firmemente en que ésta puede y debe denunciar los sistemas de opresión y tener un papel activo en la transformación de la sociedad.  Si como miembros de determinado ámbito de la cultura que produce discursos y, por lo tanto, subjetividades, afirmamos que queremos construir una comunidad de los cuidados como verdadero horizonte político, entonces tenemos que implicarnos verdaderamente en este tema. Se supone que la literatura, entre muchas otras cosas, nos ayuda a mirarnos e intentar comprendernos unas a otras, a construir una comunidad como gesto político, a cuestionar, una y otra vez, lo que Rancière llama el reparto de lo sensible. Yo, francamente, no sé cómo se puede hacer eso si pasamos por alto todo el sufrimiento que las propias dinámicas del campo literario producen a cientos de mujeres. Hay que repetir, incansablemente, que lo personal es político y que, por lo tanto, lo literario es político. Pero, sobre todo, hay que actuar en consecuencia con ello, lo cual probablemente implique cambiar por completo nuestra forma de relacionarnos, de leernos y de producir nuestros discursos.

 

 

 

Fotografía: Maya Humo

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por Valeria Canelas

(La Paz, 1984) Licenciada en Historia, Máster en Literatura Hispanoamericana (UCM) y en Estudios Latinoamericanos e Ibéricos (Notre Dame University). Actualmente se encuentra realizando el doctorado en Literatura Hispanoamericana en España. Como poeta, sus textos han aparecido en la antología Cambio Climático. Panorama de la joven poesía boliviana (traducida al francés), así como en varias revistas. Maquinería, su primer libro de poemas, fue finalista del premio Gerardo Diego de poesía para autores noveles de la Diputación de Soria en el año 2010. Fue publicado en el 2016 por la editorial Ravenswood BOOKS.