Recuperé la conciencia en una cama amplia, amplísima. Mi única vestimenta era una bata suave en extremo. Debajo la desnudez y la desprotección. Cortinas transparentes, una habitación inmensa y, de lejos, música de cámara. Tonos pastel en las paredes. Decoración de cristales y dorados. Como pude me deslicé de la cama. Nunca había estado en una tan grande. Ni siquiera la había visto en las películas, o en los sueños. Di un brinco. Frente a mí se encontraba solamente una puerta, blanca, que se abrió sin problemas.

Lucero. En medio del aturdimiento, me acordé de Lucero y empecé a andar por el pasillo aterciopelado en el que había aparecido tras abrir la puerta. No tenía idea de la existencia de un lugar así en mi ciudad de toda la vida, si bien los cotos privados eran cada vez más habituales. Tras algunas vueltas y giros, finalmente pude encontrar un ventanal. Desde ahí pude ver nada más que altos muros y jardines. Para llegar a lo verde tendría que hallar unas escaleras descendentes, o una manera de brincar, pero la desnudez relativa me intimidaba. Daba pasos ligeros y amarraba constantemente la bata para sentirme seguro.

Pasó un buen rato hasta que pude encontrar a otra persona. Era un sujeto que tal vez tendría mi edad y llevaba exactamente el mismo atuendo que yo. Se veía tranquilo, sonriente, y llevaba una bebida en la mano. Supuse que era un desarmador.

—¿Buscas algo? —me preguntó.

En realidad buscaba a Lucero, buscaba una escalera y, también, cierto, buscaba entender qué clase de lugar era ese, cómo había llegado y qué estaba pasando. Pero estas son preguntas que ordeno ahora que ese momento quedó atrás. Entonces, justo frente al tipo sonriente y desenfadado, se me ocurrió preguntar exclusivamente por la escalera para bajar a los jardines.

—Ven, acompáñame, pasamos a que tomes algo y te llevo a la escalera.

Su pasividad no terminaba de tranquilizarme. Recorrimos una larga y complicada estructura de pasillos y escaleras, subiendo y bajando con intermitencia. En las paredes, de vez en vez, aparecían puertas blancas a las que nunca nos acercamos. Nos mantuvimos siempre a la mitad del pasillo. Mi guía no hablaba en absoluto. Sólo suspiraba. Con histrionismo, como si realmente se le fuera algo con cada puño de aire.

—Dime la verdad —me dijo de repente—. ¿Quieres escapar?

Sentí que, sin importar la respuesta, iba a mentirle. ¿Y si escapaba y Lucero todavía se hallaba dentro del sitio? ¿Y si por buscarla me quedaba adentro y ella estaba afuera, en riesgo de algo?

—No tienes que pensarlo demasiado. El error que cometemos siempre, querido, es planificar. Sólo dime lo que crees. Pero la creencia tiene que venir de aquí —se puso las manos en el abdomen—, de muy dentro, un centro en el que se conjuga todo.

—Quiero encontrar a Lucero, mi novia, y no sé si esté afuera o adentro. No sé qué es este lugar. Ni quién eres tú, ni nada. No sé nada.

Mi guía me vio con una ternura extraordinaria. En verdad, aunque alrededor todo era pastel, y todo era suave, con todo y la extravagancia y las preguntas, una ternura así no me la esperaba para nada. Me dijo que lo siguiera. Empezó a correr y me costó trabajo seguirle el paso.

Llegamos a una puerta blanca como cualquier otra. En el interior, un sujeto con facha de mesero ordenaba cajas de refrescos y otras bebidas. Mi guía se acercó y me dijo que esperara afuera. Entonces se reconocieron, se dieron un beso y se abrazaron. Frente a mí, el retrato de un hombre, a la usanza de antiguos reyes y cortesanos. Luego de mucho examinarlo, lo reconocí. Se trataba de Francisco Hornos. El mismísimo. Luego de unos minutos el guía salió de la puerta blanca con un cambio de ropa y me lo extendió. Camisa blanca, pantalón negro. Unos boxers espantosos. Un moño ridículo. Le dije:

—Ese tipo del cuadro, ¿quién es?

—Sshhh —me puso la mano en la boca—, no hables así de fuerte, primor. No te lo puedo explicar así nada más…

Me vestí. Me dijo que nos apresuráramos. Voces lejanas comenzaban a escucharse cada vez más cerca. Luego de un rato de más pasillos, más puertas y más escaleras, alcanzamos un pasillo muy estrecho que nos llevó a los jardines.

—Ya no puedo acompañarte más lejos, querido. Pero sé que encontrarás la salida. Sólo diles que tienes que salir a fumar.

¿Era en serio? En algún instante me temí que todo fuera una trampa muy bien dibujada. La marcha tan sencilla de los acontecimientos… la facilidad del desenlace, la posibilidad de terminar con mi vida en el jardín… ¿Cómo había sabido él que yo quería irme? ¿Cómo pudo entender que mi corazonada me decía que ahí, adentro, probablemente nunca encontraría a Lucero?

Pero no pude preguntarle nada. Ya se había marchado.

Pasé a través del jardín, acercándome cada vez más a un enorme muro de ladrillos. No quería mirar hacia atrás por temor a encontrar otros ojos, una mano extendida para alcanzarme. La inquietud de saber que tal vez Lucero estaba adentro y yo me alejaba.

En algún momento encontré a un guardia junto a una puerta negra y caliente por el sol.

—¿Ya, listo?

—Sí —le dije—, voy por un cigarrito.

—Ta bueno.

Me abrió la puerta y me dejó el paso libre. La calle era como cualquier otra calle, pero no era una calle de mi ciudad. De lejos reconocí un rasgo que de todas maneras me resultó familiar. De nuevo un mundo conocido. Era un camión verde, una oruga. Me acerqué más y más y luego tuve que retroceder y tirarme al suelo. El camión había estallado.

Muy cerca de mí cayó el letrero que decía: Línea 1. Estaba cerca de casa. Me encontraba en León, Guanajuato.

Escrito por Román Villalobos

Román Villalobos (Lagos de Moreno, México, 1991). Licenciado en Humanidades con orientación en Letras por la Universidad de Guadalajara. Autor de los libros de poesía Final del rey (Ediciones O, 2018), Si el mundo no se acaba lo termino yo (Perniciosa Liter/hartura, 2018), john lurie: outside forever (Broken English, 2018), y Pequeña ciudad eléctrica (Editorial Montea, 2016); Coautor de los libros Mapa (Autoedición, 2016), y Pieza de paso (CULagos Ediciones, 2015). Fue incluido en la antología Un canto me demanda: memoria de poesía laguense (Ediciones Papalotzi, 2011). Becario del PECDA Jalisco Jóvenes Creadores, en la disciplina de poesía, emisión 2017-2018.