Inicio tu día con un sonido

lo ajusto a cada capricho, acomodo sus telas, le pongo sombrero.

Inicio tu día

(porque eres incapaz de iniciarlo solo)

y preparo el café sobre el pan tostado

la corbata sobre la lengua

el saco dentro de las agujetas.

Abres la puerta y caminas en la acera soñando cuerpos

respiras y el recuerdo de sudores antiguos se estaciona en el cartílago de la nariz

 

ahora mismo, quisieras estar enredado en unas piernas,

desaguar aunque tus mares estén pintados de ausencia,

y buscas en basureros la piel que no tienes, espías a los amantes de los parques,

a las madres que amamantan, a los perros que copulan.

Pero sigues tu paso, lento, disfrazas tu necesidad de encontrarte en los ojos de alguien,

ser dividido por el iris de alguien que confunda tus pies con sábanas.

Termina el día con un gemido, con tus mismos pasos mesurados volviendo a casa

y yo te espero como siempre, cansado, insomne, para ajustarte en la cama y bajar tus párpados,

contemplar tu noche y esperar que algún día uno de esos cuerpos no te deje ir,

que a alguien más le gusten los cadáveres,

que no sea el único que busque vida en un cuerpo que sólo camina.

 

*

Aún recuerdo los pasos en esa calle,

el pie sobre la acera.

Caminamos horas en búsqueda de una sombra,

mientras mi mano rozaba a ratos la tuya.

Eras un minúsculo dios de mirada elevada

eras un minúsculo hombre de piel brillosa

de piel pálida.

Paisajes salían de tus ojos,

una muerte me avisaba del peligro

pero me acerqué a tus labios con púas para sangrarme el sexo,

abrir tus puertas para esconderme en ti.

Arturo:

pequeño narciso

pequeño noctámbulo

Arturo, mirada muerta

agua donde yo mismo busco ahogarme.

Tu piel:

brasa de carne

lunares alineados sobre el camino de una arteria

cielo caído en forma de bosque

nieve

colchón de vellos

aguacero

digo mirada y tus poros escupen arsénico

digo beso

enjambre de cuernos saturan mi piel

alfileres de agua rodean mis piernas

Caigo gota a gota hasta formar en tus charcos

una forma parecida a la de tu advenimiento

agua de vientre, agua sangre.

 

*

Coloco tus días en la entrada para no confundirte.

Los alineo por color.

Qué delicia es tenerme en ti.

Qué delicia es vivir en tus charcos.

 

 

*

Caigo en espiral.

En ti me sumerjo.

Sueñas en cuerpos que jamás tendrás,

danzas en sus muslos y posees cada milímetro de su olor

en sueños

eres patriarca de todos los hombres:

mancebos ladran por un poco de tu furia

pero nada de eso se materializa en la vida.

Te suenas la nariz

te rascas la lengua

día a día marchan miles de cuerpos que apagarían tu alma

con una leve mirada

como nubes, lentas, desplazan sus pasos y son aire que jamás tocarás

son bocas perfectas, nalgas perfectas, sexos perfectos

donde tu marca no llegará, donde tu saliva febril

no llegará,

no llegarás a hervir esos cuerpos en sudor

no eres

eres nada para ellos.

Y regresas como todos los días a castigar mi cuerpo por esas ausencias

y yo gozo la vida cada vez que mueres en la calle

gozo la caricia que te guardas

los deseos desmontados sobre mi cuerpo,

yo soy el culpable de esa tormenta que te hace caer muerto

y salir al día siguiente fresco, repleto de mí.

Escrito por Adrián Mendieta Moctezuma

Tlaxcala, México. 1995. Ha publicado en diversos sitios impresos y electrónicos. Incluido en algunas antologías locales. Ha asistido a diversos encuentros y lecturas, locales y nacionales. Autor de Nacer del incendio (La cosa escrita, 2016).