Cocina

Crecí en la cocina de una casa
donde los hombres eran figuras,
dioses ausentes, voces, tiranos
cuyas leyes nos hacían dóciles.

Pero para mí Dios nunca fue
un padre, fue una madre.
O muchas; murieron para salvar.

Entre las ollas y la leña
recibí la bendición del fuego,
y sin embargo odié
limpiar la carne y las verduras.

Abandoné a esos dioses
misericordiosos y a los ausentes
dije: no quiero un Dios
que me obligue a hincarme
al imaginar su presencia.

El Dios que conozco habita
entre los fogones y aun
si mi fe permanece intacta,
ya casi nunca visito su iglesia.

 

*

Oxígeno

Algo había en el fuego que sedaba su ánimo. Era la seguridad de que al iniciarlo se había vencido un día más al hambre y la costumbre de liberar la rabia haciendo arder los leños hasta la ceniza. Prometeo lo robó para ti, dije, pero ella no creyó nunca en la generosidad de los hombres. Cuando el enfisema le prohibió usar aquella estufa, concentró en el tabaco su piromanía. Algo había en el fuego que si se lo llevaba a la boca y escupía con placer el humo, los gritos dejaban de ser su lenguaje. Prometeo lo robó para mí, habrá resuelto el día en que al detectarle el cáncer la condenaron a no volver a encender un cigarro. Entonces buscaba a diario algún cómplice que robara otra vez el fuego, sin importar que fuese ella misma quien, después de arrancarse la máscara de oxígeno para calar nuevamente el humo, recibiera el castigo de ser picoteada por un dolor más bravo que las águilas.

 

*

Caza

Una vez que no hubo
hombre que saliera a cazar,
fue la crianza, el corral y el huerto,
sembramos el huevo y la semilla,
fuimos proveedor y madre,
construimos y mantuvimos
la casa, la caza, la crianza.

Fuimos la que hila y viste,
la que bendice y baña,
la que arrulla y vela;
quien recibe el golpe
para heredarlo al hijo
(siempre un animal pasivo).

En un acto de leal
amor a un nombre perpetuamos
por generaciones
una historia de violencia.

Has fallado si el semental
se ha ido: es tu culpa
o es la culpa de otra,
más mujer (menos hombre)
.

Reinventé para salvarme
el mito, eliminé de los libros
de las guerras y las metamorfosis,
los raptos y las violaciones;
e hice que Atlas fuese femenino,
si no me crees, mírala de nuevo,
observa cómo a sus espaldas
se mece en un rebozo un niño.

[Imagen: Joachim Beuckelaer, Cristo en la casa de Marta y María, 1565.]

 

Escrito por Patricia Arredondo

Patricia Arredondo (México, 1988). Escritora y editora. Autora del cuento infantil 'Acércate' (Tramuntana, 2014). Antologó 'Oscuro entre nosotros'. Algunos de sus poemas están publicados en las revistas Tierra Adentro, Fundación, Este País, Oculta Lit y Digo.palabra.txt. Escribe a menudo en patriciarredondov.blog