1.

Cuando vine a vivir a Barcelona me despojé de muchas cosas. Sobre todo de ropa. Regalé bolsas y bolsas de prendas que no había usado durante años. Tuve que reducir todo mi closet a una maleta y no fue para nada fácil. Me prometí desde ese momento tener en mi armario solo lo fundamental.

Pero al llegar a esta nueva ciudad me di cuenta de que la gente botaba todo el tiempo bolsas de ropa en buen estado, incluso lavada y planchada. No pude evitar mirar el interior de esas bolsas y empezar a recoger lo que me parecía bonito. Es que desde muy niña tengo una fascinación con los vestuarios. Lo primero que hacía al llegar a mi casa después el colegio era sacarme el uniforme escolar y disfrazarme.

Conversando con una mujer en una tienda de zapatos, me contó que antes la mayoría de las tiendas del centro eran librerías. Pero ahora la gente gastaba más en vestirse que en leer. A pesar de mi fascinación por la ropa, si me dan de elegir prefiero tener libros. Porque sirven para disfrazarse por dentro. Para travestirse. Y si se tiene el coraje suficiente, para convertirse definitivamente en quien a uno le de la gana.

2.

De chica viví en una calle llamada “El Arcángel”. Pasé mucho tiempo sin entender que significada esa palabra. No me sonaba a nada. Es un ángel importante, me explicó mi mamá. Hasta ese momento yo pensaba que entre los ángeles no había jerarquía. Yo pensaba que eran todos invisibles, igual de buenos. Pero mi madre me explicó que había ángeles más protagonistas que otros. Y también algunos que habían renunciado a ser bueno. Esos se llamaban demonios o ángeles caídos.  Eran los que habían desobedecido al mandato de Dios. Y por eso les habían arrancado las alas, y condenado a vivir en la oscuridad.

3.

La primera clase del máster que vine a hacer fue sobre la Divina Comedia. El profesor proyectó en la pizarra una pintura de Boticcelli y luego se puso a recitar en voz alta los versos del infierno. No pude retener todo lo que dijo, hablaba bastante rápido, y el aire acondicionado estaba muy fuerte. Pero logré tomar algunos apuntes y luego me concentré en la pintura. Le comenté a mi compañera de banco que el infierno tenía forma de útero y estuvo de acuerdo. A las dos nos pareció simbólico que Dante haya imaginado que todos los males y castigos después de la muerte sucedían en un lugar tan parecido a ese órgano exclusivamente femenino, capaz de producir orgasmos intensos y engendrar a otros humanos. El músculo más fuerte y flexible de todos. Que tiene pulso propio como si fuera otro corazón. Un lugar que desde muchas cosmovisiones se considera el origen de todo, el paraíso perdido. Porque supuestamente todos queremos volver al vientre materno, donde nada sobra, ni falta, y solo flotamos.

Al terminar la clase ya era de noche. Me propuse pedalear directo a casa. Sabía que mi hijo mayor me esperaba para darle las buenas noches. Pero cuando iba pasando por el Raval y vi a toda esa gente tomando y fumando porros afuera del museo de arte contemporáneo, me dieron ganas de hacer una parada.

Encadené mi bicicleta, le compré a un vendedor ambulante una lata de cerveza, y me senté en los escalones del museo. Estaba rodeada de chicos y chicas vestidas con tenidas extravagantes, que hacía coreografías al ritmo de un rap ochentero. Y de skaters haciendo piruetas que otros skaters registraban en sus cámaras. Nadie me hablaba, nadie me reconocía. Me imaginé que el infierno debía ser así; una fiesta ruidosa donde nadie te saca a bailar. Aunque sabía que eso de sacar a bailar es algo pasado de moda. Si sentía  ganas de bailar tenía que  simplemente hacerlo. Me tomé un par de tragos de cerveza para perder el pudor,  y se me vino  la cabeza una frase de Dante: no hay peor desventura que recordar el pasado dichoso desde un presente miserable. Cuando mi profesor mencionó la cita, me identifiqué con ella.  Mi presente no era miserable pero algunos días sentía una angustia intensa y desconocida. Mis amigas y amigos estaban demasiado lejos. Eso me hacía sentir medio desorientada. Y me asustaba más de la cuenta al ver cosas raras. Como ese tipo que hacía convulsiones a pocos metros míos, con los ojos cerrados. Se retorcía y gritaba desesperado, con un elástico amarrado alrededor del brazo. Se notaba que estaba en el mismísimo infierno. Pero nadie más parecía darse cuenta.  Yo tampoco me atreví a ofrecerle ayuda. Simplemente contemplé morbosamente su sufrimiento, pensando de nuevo en la Divina Comedia. ¿Por qué si en el capítulo del infierno, Dante cuantifica sus días de castigo, no especifica cuánto dura su estadía en el paraíso? ¿Será que el paraíso tiene que ver con la ausencia de tiempo y espacio, y por eso, con la imposibilidad de la caída? A mí alrededor todos parecían estar cayendo a otra parte. La noche era como un espiral. Como un gran contenedor sin fondo. De nuevo sentí un cansancio aplastante. Apoyé mi cabeza en las rodillas para descansar un poco. Las voces a mí alrededor empezaron a hacerse un puro ruido, y después sonaron como una melodía monótona. Podría haberme quedado dormida ahí mismo. Solo levanté la cabeza cuando sentí que alguien me hablaba. Era una mujer casi en los huesos, con la cabeza rapada, la ropa sucia y la mirada perdida. Me preguntó si tenía una moneda. Busqué en mis bolsillos y encontré apenas cincuenta céntimos. Ella los tomó con sus dedos huesudos y se alejó hablando sola. Me quedé mirándola hasta que dobló la esquina. No dejaba de mirar el suelo, como buscando algo. Me imaginé que  la noche se la iba a tragar. Igual que a muchos escritores y escritoras que admiro, y que han acabado así sus días: hablando solos, buscando algo que no está en ninguna parte.

Antes de terminar mi cerveza pensé que a veces también me gustaría abandonarlo todo. Entregarme al movimiento descendente de la noche. Pero al acabar mi  lata de cerveza, sin pensarlo, fui a botarla al basurero y a desencadenar mi bicicleta para seguir viaje. Aquí nadie quería retenerme. En cambio en casa  tenía mi pequeño paraíso: un plato de comida caliente, un hombre con ganas de conversar acerca de cómo había sido nuestro día, y un niño esperando que le diera las buenas noches.

4.

Desde un cerro llamado Mont juic, hay distintos miradores desde los que se ve Barcelona. Lo que más destaca de la ciudad es la Sagrada Familia a medio terminar y unas enormes chimeneas que se ven en varios puntos de la ciudad. Una amiga bordadora me contó que son ruinas de antiguas fábricas textiles. Una industria que fue fuente de trabajo para miles de Catalanes y que sobrevivió a la época de la guerra, porque ahí se hacían los uniformes al ejército, los trajes de enfermeras a las mujeres de la cruz roja. Pero no pudo con la guerra silenciosa del capitalismo salvaje, transnacional. Ahora las chimeneas solo son gigantes petrificados donde viven los vagabundos y las palomas.

5.

Algunas tardes con mi hermana salíamos a la calle junto con otros niños y niñas del barrio. Los juegos que más se repetían eran las escondidas y el ring-ring-raja, que consistía en apretar timbres de los vecinos y luego salir corriendo. Cuando estaba por oscurecer, mi mamá salía a buscarnos. A veces se quedaba regando el antejardín o fumando, mientras esperaba  a que nos diera hambre y quisiéramos entrar. Las otras madres también salían a la vereda y conversaban entre ellas. Ella las saludaba pero no interactuaba mucho más que eso.

Al cabo de unos años las inmobiliarias comenzaron a ofrecer tentadoras ofertas y nuestros vecinos empezaron a dejar sus casas sin mayor alarde y sin despedidas. Con mi hermana nos enterábamos porque los niños nos contaban que se iban. Pero a veces no sabíamos que un vecino dejaba el barrio hasta que afuera de su reja se acumulaba un cerro de escombros.  Y todas esas cosas que a ellos ya no le servían, a mi madre le interesaban. Apenas los vecinos botaban sus trastos, ella se ponía a hurgar. A mí me daba vergüenza verla recogiendo muebles rotos, tinajas de plástico, chucherías de todo tipo. Una vez recogió incluso un álbum de fotos. Cuando le pregunté porque lo había hecho si ni siquiera esos vecinos eran nuestros amigos, dijo que lo había dado pena que terminaran en la basura esos paisajes tan bonitos.

Era un álbum grande donde aparecía una familia numerosa vacacionando en el sur de Chile y en Disneylandia. Me gustaba mirarlo tratando de imaginarme que las personas de las fotos eran parte de mi familia. Así como mi madre reparaba los muebles rotos que encontraba, para hacerlos suyos.

En esa época recién habían comenzado los acuerdos de libre comercio con China. Aunque los electrodomésticos y los muebles eran cada vez más baratos, mis padres rara vez compraban cosas nuevas. Pero de todos modos mi casa estaba llena objetos que se acumulaban sin que se les diera mucho uso. Las habitaciones nunca estaban del todo ordenadas. Por eso no me gustaba invitar a mis amigos. Me avergonzaba tanto desorden, y también eso de que me mi madre recogiera lo que para mis vecinos era basura. Le pedí que por favor ya no lo hiciera. Pero ella me explicó que no tenía de nada malo. Porque la gente estaba acostumbrada a botar las cosas cuando todavía podían arreglarse y darles una utilidad. Y que lo mismo pasaba con las relaciones. Las personas cambiaban de parejas, de amigos, en vez de intentar salvar el cariño que se tenía. Yo pensaba que a veces era bueno tomar distancia de las personas que nos hacían daño. Terminar una relación cuando no funcionaba. Lo pensaba porque mis padres peleaban bastante. Y cuando nos sentábamos a la mesa se sentía una tensión que hacía que a mí se me cayeran los vasos y mi hermana no quisiera comer.

6.

Todas las  noches pasa por fuera de mi edificio un hombre con su carro, recogiendo trastos. Canta en un idioma que no conozco mientras revisa los contenedores. Su voz es hermosa y grave. Resuena por toda la calle. Me conmueve escucharlo. No sé lo que dice su canto, pero sé que es devocional. A veces me quedo dormida escuchándolo para soñar con países que no existen.

7.

A veces siento que la basura en Barcelona funciona bajo una lógica divina. Es que cada vez que necesito algo, aparece. He encontrado cosas muy específicas. Por ejemplo, un cinturón de cuero un día que se estaban cayendo los pantalones. Una silla para que coma mi hijo chico (y pensaba comprar una esa misma tarde). Una colección de discos bailables, cuando no tenía internet y estaba aburrida de mi playlist. Y el caso más extremo de todo, un lugar donde dormir.

En el verano llegaron visitas inesperadas y no sabíamos cómo acomodarlas. Salí a comprar algo para el almuerzo y abajo me estaba esperando un catre y un colchón. Tuve miedo de que tuviera chinches, pero una señora, como si me adivinara el pensamiento pasó y me dijo: ese material no coge chinches, porque es espuma. Los chinches sólo viven en el algodón. Así es que pude recibir a mis amigos viajeros. Y dormimos todos cómodos.

Cuando me preguntaron cómo fue que solucioné tan rápido el problema, me quedé callada. No les dije que con los ángeles caídos de la basura tenemos un pacto secreto.

8.

Sé que alguna gente no sólo le tiene asco a la basura. También le tiene miedo. Piensan que si tocan algo del suelo pueden enfermarse. Tienen siempre presente un mundo invisible de bacterias que los amenazan. En el parque los padres se ponen histéricos cuando sus hijos comen tierra u hojas del suelo. Y después los atiborran de galletas y golosinas.

Yo a mi hijo pequeño no le digo nada cuando se hecha cosas a la boca. Porque hay que dejar entrar las impurezas al organismo para mantener las defensas en alto. Y sobre todo hay que perder el asco a las amenazas invisibles. Y comenzar a ver las amenazas reales, disfrazadas muchas veces, de hábitos higiénicos y saludables.

9.

Lo que más me gusta recoger son plantas. En Barcelona la gente siempre se está cambiando de casa y las abandonan como si fueran un objeto más. La mayoría las he rescatado ya resecas, agónicas. Es muy satisfactorio para mí ver como después de unos días de agua y sol comienzan de a poco a reverdecer. Y en vez de morir siguen haciendo su fotosíntesis, convirtiendo el dióxido de carbono (eso que desechamos de nuestro cuerpo cada vez que respiramos) en oxígeno, eso que necesitamos inhalar cada segundo.

A veces me sorprendo al pensar que nos da asco compartir nuestros alimentos, nuestra cama, nuestra ropa con cualquiera, pero compartimos el mismo aire. Algo invisible circula entre nosotros, penetra nuestro cuerpo, nuestras células, nos mantiene vivos.

10.

El año pasado estaba ilusionada más de la cuenta con la navidad. Veía los turrones en el supermercado y me emocionaba. Nunca antes me había pasado. Creo que es porque sería la primera vez que pasaría esa fiesta lejos, con frío, en mi propia casa. Sin visitar a nadie. Sino que recibiendo visitas. Vendría mi hermana y su novio, unos primos de segundo grado y el padre de mi hijo mayor que en ese entonces vivía en Suiza.

Teníamos poco dinero y lo gastamos en comprar comida y regalos para los niños.  Yo quería ponerme algo lindo pero no tenía presupuesto para un vestido. Estaba un poco resignada a vestirme con cualquier cosa, hasta que una noche vi brillando sobre los contenedores un vestido cubierto de lentejuelas. No dudé en recogerlo. A pesar del frío me desnudé para probármelo apenas entré a mi casa. Me quedó perfecto. Aunque era un poco incómodo, como todos los vestidos elegantes.

Cuando llegó el día de navidad empezamos a cocinar entre todos, temprano. Y un poco antes de que llegaran los invitados me puse el vestido. A todos les llamó la atención. Me preguntaron si me lo había traído el viejo pascuero. Les dije que no, que era un regalo del viejo del saco. Después de comer me sentía un poco apretujada, así es que  me lo saqué y bailé en pijama  hasta el amanecer.

12.

La flor de loto para los budistas  representa la iluminación porque crece en el agua estancada, casi podrida. Cuando veo que una planta que he recogido de la calle florece en mi balcón, siento una felicidad intensa, difícil de describir. Como recibir una carta o un regalo inesperado.

13.

Un día veníamos de vuelta de la playa y me fijé que junto al contenedor más cercano a mi casa, había un urinario botado. Tenía  aspecto antiguo, así es que me recordó el urinario de Duchamp. Le comenté a mi pareja lo extraño que me resultaba pensar que un mismo objeto pueda remitirles a algunos una obra de arte, y a otros sólo algo que sirve para mear. Él me respondió que eso que estaba tirado en la vereda no era un urinario, sino un bidet. Esa especie de fuente en miniatura que sirve para limpiarse el culo.

Me acordé que en la casa de mi abuela había uno y cuando dormía con ella me lavaba los pies con agua tibia antes de acostarme. A mi abuelo, que era español, también le encantaba usarlo. Aseguraba que funcionaba mucho mejor que el papel higiénico. Me quedó dando vueltas la idea de instalar un bidet en nuestra casa ¿Sería muy complicado? Al rato cocinamos, comimos con los niños,  me olvidé del tema.

Cuando todos dormían salí a dar una vuelta. Me gusta salir a caminar de noche en el verano, cuando por fin baja un poco la temperatura. Al llegar a la esquina me topé de nuevo con el bidet, pero ahora estaba roto, partido en dos. Sólo quedaba la cerámica blanca, desnuda. Le habían sacado las tuberías, todo lo metálico. Parecía la cáscara de un huevo gigante. Entonces recordé la conversación que tuve con un amigo que se dedica a dibujar pájaros y es adicto a los videos de conspiraciones. Me dijo que España le vende armas al ISIS. Entonces tenía sentido que lo que más buscaran las personas que recogen basura sean los metales. Me imaginé que tal vez ese fierro que recogen y venden por kilo, luego se convertía en armas que son exportadas a sus países de origen, de donde emigraron precisamente por la guerra.

14.

A veces he visto cosas en la basura que me han gustado mucho y no las he recogido. Aunque las dejé donde estaban, de todo modos ocuparon por un rato mi espacio mental. Fueron muebles fantasmas por unos días. Una vez llegué a obsesionarme con una repisa verde donde habría podido acomodar todos mis libros. Entonces me empecé a preocupar, pensando en que tal vez tenía el mal de Diógenes.

Al investigar un poco descubrí que Diógenes fue todo lo contrario de un acumulador. De pequeño se dedicaba a fabricar monedas falsas junto a su padre, llamado Hicesias. Pero no lo hacían para lucrar, sino que con fines políticos. Querían demostrar que el dinero era un invento, que su valor era falso. De grande siguió la filosofía de Antístenes, que sostenía que para alcanzar la felicidad era preciso deshacerse de todo lo superfluo.  Por eso vivía adentro de una tinaja, rodeado de perros con  los que compartía su comida. No le interesaba tener nada. Incluso se despojó de su vaso, cuando vio a un niño tomando agua con la mano de una fuente.

Como era un sabio, se le acercaban personajes importantes. Una vez lo visitó Alejandro Magno, antes de partir a la conquista de Asia. Se horrorizó al ver en las condiciones que vivía entonces le preguntó si podía hacer algo para ayudarlo. Diógenes le contestó: sí, apártate porque me estás tapando el sol. Otra vez, se le acercó un hombre muy rico y lo invitó a comer un banquete, con la condición de que se comportara civilizadamente. Diógenes le respondió lanzándole una gárgara en la cara, diciendo que no había encontrado un lugar más sucio donde escupir.

También se dice que murió asfixiado cuando se comió un pulpo vivo.

Antes de dormir trato de imaginarme como debe ser no poder respirar por tener unas ventosas pegadas a las paredes de la tráquea. Después me imagino mi pieza llena de muebles. Uno sobre otros, como  haciendo un laberinto por donde no se puede transitar. Hasta que empiezan a caer sobre mí mientras duermo, asfixiándome. La visión me asusta, así es que pienso en lo contrario. Mi pieza sin muebles. La oscuridad llenando cada centímetro del lugar donde trato de conciliar el sueño. Todos los objetos que uso a diario desaparecen. Incluso mi cama.

Ahora duermo en el suelo. Y luego floto en el vacío. Donde nada sobra. Y nada hace falta.

Escrito por Begoña Ugalde

Es licenciada en literatura Hispánica en la Universidad de Chile y Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado los poemarios El cielo de los animales (Calle Passy), Thriller (PLUP) y La virgen de las Antenas (Cuneta), Lunares (Pez Espiral) y el relato Clases de Lenguaje (TEGE) Además es autora de las siguientes obras teatrales: ABC1 (coescrita con Pablo Paredes), La causa del siniestro (coescrita con Tomás Espinoza), Fuegos artificiales, Temporada baja, Campamento, Yo nunca nunca, Lengua materna y Cadena de frío y Toma (publicada por Ediciones del CNCA). Su trabajo ha sido publicado en diversas antologías tanto en Chile como en el extranjero y ha obtenido diversos reconocimientos literarios, entre los que destacan, la Beca Fundación Pablo Neruda, el primer lugar en el concurso Santiago en 100 palabras, la beca del Royal Court Theater, la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro y el primer lugar en poesía del premio Francesc Candell.