I

Odio que leas los diarios porque las noticias del mundo te ponen muy triste.
Y te miro.
Y me enojo por no poder evitar tu tristeza.
Y yo también entristezco
porque la violencia cabe en unas cuantas páginas sueltas que terminarán en la basura,
pero tú no las olvidas, tú pensarás en ellas cada día de tu vida.
Y miras hacia la ventana en silencio.
Y no puedo evitar que leas los diarios.
Y no puedo cambiar al mundo.
Pero te miro mirar la lluvia caer y me doy cuenta de que tú llueves también.
Y te rompes.
Y yo me rompo contigo.
Y cuando cruzo la puerta, abotonas mi saco para protegerme del frío.
Y me pides que no salga de noche a la calle
porque temes leer los diarios y encontrar mi nombre en ellos.

 

II

Cuarenta o treinta años llevamos casados.
De esos cuarenta o treinta, llevo como diez o veinte pensando:
¡Qué terrible y devastador es el momento en el que nos cae la realidad encima!
una tarde se van las mariposas y llegan los pájaros grises.
Cuarenta o treinta años de enfermedad sin seguro médico, de trabajos interminables, de dolor en la espalda y de ampollas en las manos.

Cuarenta o treinta años de rentas elevadas, de transporte público ―primero a las seis de la mañana; luego, a las nueve de la noche―, de empujones, toqueteos, golpes, sudor y robos.
Cuarenta o treinta años con temor a la salida sin regreso, de hambre no saciada y de sueño interrumpido por dudar de tus latidos.

Cuarenta o treinta años llevamos casados
y tengo tantos con rincones vacíos.
Cuarenta o treinta años llevamos casados
y la ciudad es la culpable de la rutina y del hastío.
Cuarenta o treinta años llevamos casados
y yo me estaría mil vidas contigo.
Cuarenta o treinta años llevamos casados
y mil veces esta tierra te enfermará, te golpeará, te quemará, te llevará hasta la muerte.

Silencio.
Muchos años habitaste esta casa, ahora que te has ido, dejas la marca de tus pasos y tu aroma en cada muro.

Silencio.
Yo era la casa.
Siencio.
Tú eras la casa.
Silencio.

Nosotros, lo único que de veras fue nuestro.

Qué silencio…

 

III

Qué tristeza me dan nuestros muertos.
Están aquellos que se fueron en nuestros brazos
pero también están esos de los que nunca volvimos a saber.
Los que fueron víctimas
de persecuciones injustas,
robos,
violaciones
y torturas.
Los enterrados en fosas,
los arrojados al mar,
quienes se quedaron atrapados en los escombros
por culpa de alguien que creyó que su vida no valía demasiado.
Ellos, esos a los que no conocí y, sin embargo, me pasan por el corazón todos los días.

Escrito por Abigaíl Cortés

Abigaíl, Ciudad de México, 1993; Lengua y Literaturas Hispánicas, FFyL-UNAM; Investigación, poesía, ensayo.