Lo llevo siguiendo varios meses; es un hombre un tanto hosco, con una mirada rebajada a dos puntos negros, carente de todo brillo excepcional y un físico bastante descuidado. Descubrí también que tiene una afición espeluznante por la lectura: hábito que le impide relacionarse con las personas la mayor parte del tiempo. Es decir, he visto a infinidad de hombres retacarse los ojos con palabras, historias y textos; y, de alguna forma, a largo plazo, su lucidez se ve afectada, o esa misma lucidez desmedida les impide hablar con los otros. Su boca está llena de referencias de tal o cual escritor o de tal o cual historia; es tragedia y comedia andante, terror y algo de fantástico, torpemente lírico y bastante menos prosódico. A veces, dicho sea de paso, me miro en él, me reconozco. Siempre guardo distancia para no levantar sospechas y así evitar cualquier contacto antes de cumplir con mi trabajo. Y hoy es el día para terminar con todo esto.

Salió de casa con el traje gris oxford —el único que conozco—, camisa blanca y una corbata marrón que hacía juego con sus zapatos. Tenía algo importante. Con frecuencia viste playeras holgadas tipo polo y pantalones de gabardina ligeramente más grandes: una o dos tallas. Es predecible, su vestimenta determina su rutina diaria. Caminaba detrás de él, a no menos de cinco metros; pero había algo extraño, fuera de lo común. Saqué mi cuadernillo para hacer nota; mientras avanzaba distraído en la escritura levanté la mirada, se había detenido a amarrarse los zapatos y estuve a menos de un metro de chocar con él. Frené de golpe, casi en automático. Por fortuna su atención estaba puesta por completo en atarse las agujetas. Viré hacia la derecha y crucé la calle. Al terminar volteó como si alguien lo hubiese llamado; clavó sus ojos en el suelo y ahí estaba… Desesperado revisé mis bolsillos, el corazón me golpeteaba en el pecho como el azote de un martillo, me comenzaron a sudar las manos y en la cara me picaba una angustia. Siguió su camino. Aceleré el paso mientras me esculcaba una y otra y otra vez. Llegó a la cafetería de costumbre, tomó la misma mesa, ordenó como siempre un chocolate blanco y esperó. A menudo vestirse de gala es el ritual para comenzar o terminar un libro; sin embargo, no llevaba nada para leer. Entré, me senté a una distancia considerable, pedí un expreso doble. Tenía que recuperar el cuadernillo.

Pasó una hora, bebía despacio, levantaba la mirada y rodeaba todo el lugar, repitió la misma acción cada diez minutos, es un hombre metódico. En esas seis ocasiones agaché la cabeza para disimular que lo vigilaba. Hurgó en el bolsillo del saco y despacio puso el cuaderno en la mesa. Retiró todo lo que estorbaba y recargó los brazos. Sus manos jugaban con la libretilla: la giraba, tocaba el espiral, abría y cerraba las pastas. Se acercó el mesero, pidió otra taza de chocolate. Nunca toma más de una, incluso creo que jamás se había terminado lo que ordenaba. Comenzó a leer. Sentí un escalofrío en la espalda, todo estaba arruinado, me descubriría y el trabajo de meses habría sido en balde. Necesitaba actuar rápido antes de que se diera cuenta del plan; pero yo estaba paralizado, tanto que no despegaba los ojos de sus manos. Levantó la mirada una séptima ocasión y me vio viéndolo. Sonrió de manera burlona. Desvié la mirada sin discreción, todo se había ido al caño.

Por segunda vez llamó al mesero, éste se acercó a la altura de su boca, afirmó con la cabeza, enseguida le entregó un bolígrafo. Eligió una hoja del cuaderno; comenzó a escribir. Arrancó la hoja, la dobló y volvió a llamar al camarero: pidió la cuenta. Ya lo miraba sin disimulo, esperaba que saliera para acabar con esto. Pagó y volvió a murmurarle al mesero. Se levantó y caminó hacia el baño, mientras se guardaba la libretilla en la bolsa del pantalón. Me apresuré a pedir la cuenta, cuando se acercó el empleado me entregó un trozo de papel. Le manda esto el señor que estaba en aquella mesa; además ya pagó su consumo. Empalidecí. Gra..cias, lo dije con mucho esfuerzo. Lo desdoblé: ¡no podía creerlo! Salió del sanitario secándose las manos con un pedazo de papel. Yo estaba inmóvil, asustado, incrédulo por lo que estaba escrito.

Me miró caminar hasta la puerta, salió corriendo detrás de mí, crucé la calle. Gritó algo mientras la puerta de la cafetería se cerraba detrás de él. Sin precaución emprendió carrera para alcanzarme: una camioneta gris oxford, sin forma de detenerse, embistió su delgado cuerpo y lo arrojó varios metros lejos del suelo; al caer, su cabeza chocó con el pavimento como el golpe frío de un martillo contra el yunque. Murió instantáneamente.

Giró la cabeza y no despegó sus ojos de mi rostro, mientras yo lo veía avanzar hacia la puerta; la cara se me llenó de pequeños temblores de angustia. Un terror me llegó de golpe. Repitió la misma sonrisa burlona, satisfecha, irónica, como si todo le hubiese salido a la perfección; involuntariamente me levanté para seguirlo…

Escrito por Yobany García Medina

Yobany García Medina (Estado de México, 1988). Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, FES-Acatlán (UNAM). Es miembro fundador del Seminario Permanente de Metaficción e Intertextualidad (FES-Acatlán) y ganador del 1er. certamen de minificción Fantástica lascivia, UNAM, DGACU, mayo 2013. Ha participado en diferentes congresos nacionales sobre estudios literarios. Además, ha publicado en diversas revistas y antologías, entre ellas: Revista La Otra Raíz, Penumbria, Palabrijes, Monolito, Revista Bistró, El Humo, Rojo Siena, Revista Dislexia, Revista Nano: minificción latinoamericana, Primera Página, Nocturnario, Revista Minificción, Revista a Buen Puerto, La Rabia del Axólotl, Moria y Destiempos. En esta última publicó el artículo: “Lo metaficcional en la minificción mexicana. Construcción y funcionamiento de la trama”, Revista de curiosidad cultural, Nº. 43 (febrero - marzo), 2015. Actualmente es profesor del Diplomado en Creación Literaria del Centro de Integración Humanística (CUIH).

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