El binomio nacional/nacionalista plantea equívocos[1], especialmente en un contexto de globalización de las ideas, de culturas inquilinas que decantan en narrativas mestizas donde las formas de intercambio digital anulan distancias geográficas. De ahí la dificultad de cartografiar con precisión los linderos de la literatura nacional, más aun si esta no tiene pretensiones nacionalizantes. Para Vicente Luis Mora, “el futuro de la literatura hispanoamericana es el del propio planeta: ser global. Esto no significa dejar de ser hispanoamericano, sino evitar, en lo posible, mirarse el ombligo cultural”, pues, según él, “cuanto más digital es la vida menos importa la localización y más fácil es cruzar el puente”. Y se confiesa “muy contento de que las antiguas y estólidas culturas se remezclen en la batidora mundial [puesto que] cuanto más mezclados y mestizos, menos intolerantes y estirados”.[2]

El vocablo extraterritorialidad nace en el terreno del derecho internacional, es el privilegio fundado en una ficción jurídica que considera el domicilio de los agentes diplomáticos, los buques de guerra, etc., como si estuviesen fuera del territorio donde se encuentran, para seguir sometidos a las leyes de su país de origen. Está compuesto por un morfema derivativo, el prefijo extra (del latín, fuera de) y el lexema territorio (del latín, superficie terrestre). Steiner lo adopta y efectúa una transposición al terreno literario: “Un aspecto sorprendente de la revolución del lenguaje fue el surgimiento de un pluralismo lingüístico o carencia de patria en algunos grandes escritores. Estos escritores están en una relación de duda dialéctica no sólo respecto a su lengua materna –como Hölderlin o Rimbaud anteriormente– sino respecto a varias lenguas”.[3] Steiner asocia esta carencia de patria con la pérdida de un centro, y eleva a Nabokov, Borges y Beckett a la categoría de ‘tres figuras fuertemente representativas de la literatura contemporánea’ alegando el ejemplo de extraterritorialidad de estos escritores.[4]

La definición de Steiner trasciende la contingencia de ubicar o no las ficciones en la patria de origen, de elegir o no la ambientación en territorios extranjeros. Esto significa que la pérdida de centro afectaría no sólo al cronotopo narrativo sino también a la lengua con la que se narra (una lengua híbrida) y a los contenidos narrados (ahora universales). Así se supera la obligatoriedad del color local que tan asfixiante le parecía a Borges en “El escritor argentino y la tradición”, conferencia dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores pero publicada más tarde, en 1932.[5] Con respecto al uso de una lengua híbrida, ésta será la mayor riqueza de un Joseph Conrad o de un Witold Gombrowicz, extranjeros innovadores del sistema literario de destino, tal como Borges, Ricardo Piglia o Juan José Saer han expresado ya.[6]

No obstante, la extraterritorialidad es una condición ontológicamente imposible. Considero adecuado adoptar el rótulo literatura posnacional[7] como categoría superadora del concepto de Estado–Nación. ¿Pero por qué, en sentido estricto, la extraterritorialidad es un imposible? Porque una voz siempre se narra desde un topos, aunque este sea una construcción de la experiencia de apropiación de espacios plurales (como sucede a muchos escritores contemporáneos, nómadas y multilingües[8], como Edmundo Paz Soldán, Jorge Carrión, Leonardo Valencia o Roberto Bolaño). Nunca se está fuera de un territorio. Sin pretender un abordaje biografista de la experiencia estética, el sujeto de enunciación no puede ser neutro frente a la inscripción psíquica de los espacios que ha transitado: siempre será heredero de clivajes territoriales. Y esto repercute en los idiolectos literarios.

Según Marc Augé, el tratamiento del espacio debe partir de las relaciones sociales a los atributos puramente geográficos: el término “lugar antropológico” se trata de esta construcción concreta y simbólica del espacio, son lugares que tienen sentido porque fueron cargados de éste por las personas que los habitaron. Estos sitios tienen por lo menos tres rasgos comunes: se consideran identificatorios, relacionales e históricos: “El plano de la casa, las reglas de residencia, los barrios del pueblo, los altares […] corresponden […] a un conjunto de posibilidades, de descripciones y de prohibiciones […] Nacer es nacer en un lugar, tener destinado un sitio de residencia. En este sentido el lugar de nacimiento es constitutivo de la identidad individual”.[9] Indica Augé que las reglas de residencia que asignan su lugar al niño (junto a su madre, generalmente, pero al mismo tiempo en la casa del padre, tío materno o abuela materna) lo sitúan en una configuración de conjunto de la cual él comparte con otros “la inscripción en el suelo”. Así se transforma en un habitante de un lugar antropológico, donde existen puntos de referencia vinculados a su historia. De esta manera “se crean las condiciones de una memoria que se vincula con ciertos lugares y contribuye a reforzar su carácter sagrado”.[10]

En la misma dirección, para el historiador de las religiones Mircea Eliade, “instalarse en un territorio, edificar una morada exige una decisión vital, tanto para la comunidad entera como para el individuo. Pues se trata de asumir la creación del mundo que se ha escogido para habitar. Es preciso, pues, imitar la obra de los dioses, la cosmogonía”.[11] Tampoco la fenomenología heideggeriana concibe al sujeto como separado del espacio que habita: “Los espacios que nosotros estamos atravesando todos los días están dispuestos por los lugares; la esencia de éstos tiene su fundamento en cosas del tipo de las construcciones. Si prestamos atención a estas referencias entre lugares y espacios, entre espacios y espacio, obtendremos un punto de apoyo para considerar la relación entre hombre y espacio […]  los mortales son, habitando.[12]

Es por este motivo que adhiero a la idea de literatura posnacional o al reemplazo del concepto de extraterritorialidad por el de politerritorialidad o multiterritorialidades, en alusión a la diversidad de localizaciones específicas de cuyo marco se desprende la narrativa actual. Es interesante rastrear en las huellas textuales, en el idiolecto de las obras[13], cuál es el recorrido derivado del desarraigo geográfico y cultural de sus autores. Cuáles son las nuevas derivas en esta búsqueda de la identidad a través de la diversidad, sea una búsqueda forzada (como en los exilios) o elegida.

[1] Según la 22da. edición del DRAE, nacional: natural de una nación, en contraposición a extranjero;  nacionalista: apego de los naturales de una nación a ella, ideología que atribuye entidad propia a un territorio y sus ciudadanos.

[2] Vicente Luis Mora, en “Crack, Boom, Afterpop, McOndo, Mutantes-Nocilla”, <https://www.blogger.com/comment.g?blogID=36905558&postID=144712966046634667&page=1&pli=1> (07/03/2010).

[3] STEINER, G., Extraterritorial, Madrid, Siruela, 2002, p. 10.

[4] Agrega sobre Borges que, en cierto sentido, el director de la Biblioteca Nacional de Argentina es “el más original de los escritores angloamericanos”. Así, Borges es un escritor argentino universalista que ha vivido en Suiza, Italia y España. Con respecto a Vladimir Nabokov, acentúa el uso original de su sintaxis narrativa. “Nabokov no deja de ser profundamente, en virtud de su extraterritorialidad, un hombre de su tiempo y uno de sus más destacados portavoces” en Ibíd., p. 24.

[5] Acerca del derecho a hablar de otras latitudes, Jorge Luis Borges llamó la atención sobre un problema del escritor argentino, basado en identificar la nacionalidad con la tradición. Aunque Borges se focaliza sobre la literatura gauchesca su planteo puede resultarnos útil para enriquecer el debate: “Los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio de esa mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y de estancias y no del universo […] No podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos”. BORGES, J.L., “El escritor argentino y la tradición” en Discusión, Madrid, Alianza Editorial, 1998, pp. 197-203. Esta misma universalización de contenidos defenderá su colega de generación martinfierrista, Leopoldo Marechal: “Yo diría que el arte se logra íntegramente cuando, al mismo tiempo, y sin incurrir por ello en contradicción alguna, se ahonda en lo autóctono y se trasciende a lo universal. Por ejemplo: no hay duda que el sentimiento de la muerte, cantado por un poeta griego, un poeta inglés, un poeta hindú y un poeta argentino, se diversifica en matices ineluctables, matices que provienen de lo autóctono, de paisajes, de caras, liturgias y ánimos diferentes. Pero tal sentimiento se identifica en los cuatro poetas, mediante aquellos efectos que la presencia o la meditación de la muerte suscita en todos los hombres, vale decir, mediante aquello que la muerte tiene de universal”. MARECHAL, L., “La poesía lírica: lo autóctono y lo foráneo en su contenido esencial” en Primer Ciclo Anual de Conferencias organizado por la subsecretaría de Cultura de la Nación tomo III, Buenos Aires, Ministerio de Educación, 1950, pp. 182-192.

[6] Ricardo Piglia afirma que vivir en otra lengua es una experiencia de la novela moderna y que caso análogo al de Gombrowicz es el de Joseph Conrad, un polaco que adoptó el idioma anglosajón en su escritura y ayudó a definir el inglés literario moderno. Por su parte, para Saer que el español artificial, forzado, roto, semejante a una “lengua futura” que Gombrowicz utiliza en Ferdydurke dejó huellas indudables en el sistema literario de destino: la novela argentina del siglo pasado. No es una novedad que  las diásporas literarias son fenómenos enriquecedores para las literaturas en formación. PIGLIA, R., en “Borges y Gombrowicz”, <http://www.elortiba.org/gombr.html#Borges_y_Gombrowicz_&gt; (14/12/2011).

[7] En su libro Literatura Posnacional (2007), Bernat Castany Prado propone una taxonomía de la nueva literatura pluricéntrica: Reinaldo Arenas (posnacionalismo democrático), Jorge Luis Borges (posnacionalismo cosmopolita), Mario Vargas Llosa (posnacionalismo neoliberal), Fernado Vallejo (posnacionalismo nihilista), Juan José Saer o  Cristina Peri Rossi (posnacionalismo intercultural) y Manuel Puig o Jaime Bayly (posnacionalismo mediático).

[8] Hablo de multilingüismo en un sentido amplio, incluyendo no sólo diferentes idiomas sino variedades lingüísticas (por ejemplo, los veinte subsistemas diferenciables del español).

[9] AUGÉ, M., Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 1993,  pp. 58-59.

[10] Ibíd., p. 65.

[11] ELIADE, M.: Lo sagrado y lo profano, Barcelona, Guadarrama, 1967, p. 50.

[12] HEIDEGGER, M., Construir, Habitar, Pensar, Darmstadt, 1951. <http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/heidegger/heidegger_construirhabitarpensar.htm > (09/03/2010).

[13] Respecto del idiolecto, Francisca Noguerol Jiménez plantea la dificultad para emplear giros idiomáticos y referentes culturales argentinos en un contexto extraño. Cita a Antonio Tello, quien subraya lo complicado de adoptar una cadencia nueva sin perder la identidad en su ensayo Extraños en el paraíso. También menciona el caso de Daniel Moyano, quien nombraba de dos maneras la misma cosa, o de Andrés Neuman, quien emprende en Bariloche (1999) el desafío de hablar en una lengua plural, por lo que el narrador utiliza el español peninsular mientras el personaje de El Negro se expresa y actúa como porteño. En: NOGUEROL JIMÉNEZ, F., Contar la historia sin morir en el intento: versiones en el margen, ponencia presentada en el Congreso sobre Literatura Argentina Trasterrada, Sevilla, 15-18 de noviembre de 2005, en prensa.

Escrito por Marisa Martínez Pérsico

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