ESTACIÓN

 

 Regresar a la vieja estación

para darse cuenta

de que lo único que queda de nosotros

son cristales rotos y vagones abandonados a su suerte

que acabaron anclados en la hierba y en el barro.

 

Un rumor de trenes

mantiene la esperanza de que suceda algo:

un inexplicable temor y alegría

de verte retornar por los rieles

pero solo es el viento sin música,

la antigüedad en perpetua destrucción

que desordena nuestros cabellos

devolviéndonos a casa sin haber hallado nada

salvo la sensación de no querer volver a este lugar.


 

 

Podría darte una calurosa bienvenida,

invitarte el vodka más caro del bar

y sonreír ante tus historias.

Pero no estoy aquí,

me estoy desangrando

como esos muertos

que no llegan siquiera a conocer su diagnóstico.


 

 

ACELERACIÓN

 

Resulta inevitable cerrar los ojos y repetir “esto no está sucediendo”,

pero lo único que se logra

es que la frase pierda sentido cada vez que se la pronuncia.

El fondo no existe.

 

Llegar hasta el retrato siguiente

y encontrar lo que tanto se buscaba:

vasos de gelatina preparados,

tarde de domingo con treinta grados de temperatura,

el televisor transmitiendo un partido del Mundial de Italia 90.

Tener la certeza de que esto será lo más cercano a la sensación de abundancia.


 

No sabemos a dónde vamos

pero todos los días

encendemos el auto y conducimos sin preguntarnos por el rumbo.

Aun así creemos salir ilesos de este viaje;

todavía no nos damos cuenta de que esto no se trata de herirse,

sino de decir adiós de la mejor forma.

Escrito por Roberto Oropeza

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