El concepto de genialidad ha pertenecido a un mundo masculino en el que la mujer no cabe. Rousseau, al respecto, en una carta a Alembert, escribió: «todas las mujeres no poseen ni sensibilidad artística ni genio». En el  siglo XVII, el término genio, génie, aparece como «aptitud innata o disposición natural»; en el XVIII, «aptitud superior del pensamiento que eleva al hombre del sentido común y le confiere la capacidad de crear, inventar empresas que los demás consideran extraordinarias o sobrehumanas», hombres, claro está. En cuanto al talento musical se pensaba lo mismo: las mujeres no lo tenían debido a la «inferioridad» biológica. La historia no nos muestra ninguna gentileza, mucho menos justicia. Pero la historia también ha mostrado que la mujer ha sido protagonista en la música y no como una espectadora accesorio.

En las pinturas más antiguas o en vasijas aparecen mujeres cantando o tocando instrumentos. La Venus de Laussel es una de las figuras más conocidas del Paleolítico.  Una mano reposa en su vientre y la otra sostiene un cuerno, el cual podría entenderse que es un instrumento musical.

Las sacerdotisas sumerias eran poetas y compositoras. Las obras de Enheduanna, hija del primer rey de Mesopotamia, se copiaron y transmitieron a través de los tiempos. En la antigua Grecia, las mujeres reclutadas como sacerdotisas para los templos de las diosas Ashera  y Astarté cantaban y tocaban flauta. En Medio Oriente, por el siglo 610 antes de Cristo, existieron las  qainat, quienes fundaron academias de música. En la Edad Media aparecieron las trovadoras o trobairitz, quienes fueron estupendas escritoras líricas y compositoras como Alamanda o la visionaria Hildegarda de Bingen, quien dejó 77 cantos, con su melodía, consagrados a la alabanza divina.

Y así hubo otras mujeres que no sólo escribían para la Iglesia sino para la corte o el teatro. Apenas las conocemos y en  las enciclopedias de música aparecen pocas  y figuran como esposas o hijas de músicos que  como compositoras. Dicho de otro modo: aparecen como la sombra discretísima de los «genios».

Fanny Mendelssohn Bartholdy fue una de tantas relegadas de la historia de la música. Solía aparecer entre paréntesis o como nota a pie, siempre eclipsada  por su hermano Félix Mendelssohn, a quien muchas veces se le atribuyó la composición de piezas que en realidad habían sido hechas por su hermana. Fanny nació en 1805, en Hamburgo. Provenía de una familia adinerada judía convertida al protestantismo, por ello adoptarían el apellido Bartholdy. Su abuelo fue el filósofo Moses Mendelssohn. Su padre, Abraham, fue un banquero quien financió los viajes de Alexander von Humboldt.  Tuvo otros dos hermanos, Paul y Rebeca, pero la relación F Mayor F Menor fue con su hermano Félix (él era el hermoso y ella la fea). Ambos se profesaron siempre respeto, cariño y admiración. Se tiene registro de 279 cartas entre ellos. Algunos creen que a Félix le resultó tan insoportable la muerte de Fanny que por ello murió seis meses después.

Tanto el padre como el abuelo compartían la idea de que «una moderada educación hace a una mujer más atractiva, pero hay que evitar actitudes de erudita». Hay que recordar que en el siglo XIX, además de saber idiomas, literatura y un poco de ciencias, las mujeres de las clases media y alta debían saber tocar el piano, ya que representaba una cualidad social y el pase directo al matrimonio. El piano vertical pasó a formar parte del mobiliario de las casas burguesas. La mujer debía ser impoluta, delicada, con un determinado grado de conocimiento —jamás genio— con derecho a tocar el piano pero sólo en casa. Su única aspiración era ser el mejor ornamento del marido, jamás su igual.

Fanny y Félix iban a la par en educación y en las clases de piano. Ambos aprendieron francés, inglés e italiano. Desde niña, Fanny demostró talento y devoción por la música y contaba con una extraordinaria memoria musical. A los trece años tocó los 24 preludios del primer libro del Clave bien temperado de Bach, el compositor que más admiraba. Sin embargo, el aliento para la composición fue para su hermano, por lo que Fanny tuvo que presenciar a distancia y en silencio los éxitos de Félix, a quien cuestionaba con severidad si éste se quejaba. Otra de las injusticias que Fanny experimentó fue cuando uno de sus maestros, Carl Friedrich Zelter, consideró que era momento de que Félix conociera a Goethe para que juzgara su talento y llevarlo a Weimar. Esto ocurrió en noviembre de 1821. Sin embargo, movido por la culpa o por hacer un acto de justicia, Félix le entregó a la hijastra de Goethe un lieder de Fanny, lo cantó y le gustó. Después lo interpretarían para Goethe, quien más tarde le escribiría un poema, «a la niña distante»:

Cuando en mi alma tranquila

canto dulces canciones:

cuán profunda siento su ausencia,

por haberla elegido sola.

Si tan sólo pudiera esperar oír su canto

que con tanta voluntad le confío;

¡Oh! A su oprimido corazón

le  envío dichosas melodías.

¿Hubiera sido distinta la apreciación de ese hombre considerado el canon de las artes si Fanny hubiera mostrado su descomunal talento ante él?  Lamentablemente no. Al año siguiente lo conocería en un viaje familiar que hicieron a Suiza. En una carta de agradecimiento dirigida a Félix, Goethe menciona a Fanny como «a tu igualmente talentosa hermana». No obstante, durante esa estancia, el centro de atención fue el hermano.

En 1829 se casó con el pintor Wilhelm Hensel y tuvieron un hijo, Sebastián. Fanny compuso más de 400 obras, incluido un oratorio de grandes dimensiones, Escenas de la biblia. Su trabajo más importante fue el Trío para piano, violín y violonchelo en «Re» Menor, Opus 11, editado en Leipzig en 1850.

El  primer reconocimiento a su talento sucedió en 1840, durante una estancia de tres meses que hizo con su esposo en Roma. Formó parte de una residencia artística. Ahí se encontraban los compositores Gounod, Bousquet, los pintores Ingres y Dugasseau, el director de la Académie de France en Roma. Todos ellos quedaron maravillados con el talento de Fanny. Interpretó para ellos piezas de Bach, Beethoven y de su hermano Félix, pero también composiciones suyas, por lo que la admiración hacia ella aumentó. También su trabajo fue alabado por la reina Victoria.

En 1846 publicó su trabajo. Los críticos fueron escépticos y demeritaron su obra. Para esa crítica y ese canon masculino, resultó imposible admitir la genialidad e impacto en las composiciones de Fanny. Para ellos, en palabras de Franςoise Tillard, «una mujer compositora y que publicara su trabajo era un mono amaestrado». La música de Fanny posee una fortísima carga emocional, pero esos críticos no dejaron de pensar que contenía solamente «sentimentalismo femenino».

Ella murió súbitamente en 1847, a los 41 años, durante un ensayo.

Fue apenas hace veinte años que las obras de Fanny han obtenido el reconocimiento que se merece. En 1992 fue rescatada del olvido por la Orquesta Filarmónica de Mujeres en San Francisco. Su música se programa regularmente en Estados Unidos y en Europa y la Fundación Mendelssohn ha iniciado la catalogación e impresión de todos sus trabajos.