Nunca conoció mujer que resumiera sus deseos como ella. Su cuerpo era idéntico al dibujado tantas veces en sueños, piernas firmes, senos grandes aunque no demasiado, cintura fina; rostro hermoso, con unos ojos trémulos y una boca que inspiraba un mundo de ideas; ideas que él decidía materializar o no. Cada vez que él la visitaba, lo hacía sentir el mejor seductor, pues lograba lo que fuera con ella, desde contemplarla con la discreción de la que sólo se podría ufanar el mejor voyeur, hasta recorrer cada rincón de ella por completo con la lengua. Era arcilla en sus manos, podía cumplir sus más perversas fantasías o permanecer tan pura como un ángel, una musa objeto.

No tenían una relación seria, ella lo miraba con ternura cuando lo absorbía la desesperación de no poder estrecharla. Él se volvía loco cuando la hacía morderse los labios. Ella amaba a su autor como Adán a Dios; comía, dormía y se desnudaba sin importarle tener su mirada –y su pluma– siempre sobre ella. Él disponía si ella viajaba, leía o soñaba. Nunca fue un gran escritor, su mejor obra era una novela mediocre de ciencia ficción rechazada en un concurso que odiaba casi tanto como odiaba escribir. Sin embargo, adoraba a su personaje inspirado en una alumna que siempre se sentaba adelante cuyas piernas nunca estaban quietas por completo en clase. Nunca se atrevió a intentar algo más, incluso cuando ella le rogó por una oportunidad para presentar el examen dejando caer casi sin darse cuenta el tirante de su blusa por debajo de su hombro, él sólo pudo asentir nervioso y salir corriendo del salón. Pero en sus escritos ella sólo existía para él, para complacerlo y vivir en ese mundo de papel cosido, cubierto por una pasta roja y sellado con un pequeño resorte negro.

Esa noche él escribía con más entusiasmo que de costumbre, ella bailaba, se maquillaba, giraba, se tocaba… cuando los dos estaban exhaustos, él se quedó dormido y dejó la pluma sobre la libreta; la tinta comenzó a salir y a empapar el papel con una densa mancha, ella la tocó ensuciando su dedo, asustada se limpió en el piso y vio cómo la pequeña línea de tinta se movía, se acercó a la punta de la pluma fuente y pinchó su dedo, al sangrar se dio cuenta de que ella misma estaba hecha de esa sangre negra que manchaba su piso, su cielo, su mundo. Tomó la pluma y comenzó a escribir árboles y flores como en el universo que su amado escritor le había creado.

Sin darse cuenta, presionaba la pluma más y más contra el papel amarillento, embriagada con la emoción de crear lo inimaginable sólo para ella. Se le ocurrió entonces que si podía hacer todo ese entorno con sus detalles torpes y sus verbos errantes, también podría hacerse una doble, así podría descansar mientras esta satisfacía a la pluma de su escritor y él no se daría cuenta del cambio, pues serían exactamente iguales. Escribía rápido y se entusiasmaba cada vez más, presionaba la pluma pensando en las infinitas posibilidades.

De repente, la punta de la tinta se rompió y la dejó salir dejando una enorme mancha sobre el esbozo de su doble y algunos detalles torpes de lo que había agregado al mundo de su creador. La mancha se expandía hasta que alcanzó uno de los diminutos pies que su escritor tanto amaba, se atascó en la tinta y no podía moverse, la mancha subió por la pierna torneada al gusto de él, alcanzó la amplia cadera que él hacía contonear cada noche, llegó a los senos medianos que crecían de repente haciendo que su creador se sonrojara. Cuando llegó al cuello que el escritor besaba y mordía sin miedo, cayó en cuenta de que era su fin y sólo pudo saborear la tinta, pensó en que ese era su propio sabor y se dejó consumir.

 

Escrito por Citlalmina Guadarrama

Citlalmina Guadarrama (Ciudad de México, 1991), Lengua y Literaturas Hispánicas, UNAM. Escritora por placer necesario.