Frente a mis ojos pasa el horrido grito de los autos que no van a ningún lado
la espuma de la última sangre de la tarde reverbera en el cielo
estas calles están tan llenas de sonidos que de pronto se parecen al silencio

Cierro los ojos y calla toda la existencia
como si nunca nadie hubiera estado vivo
como si el mundo manara y volviera a mí siempre en un segundo
y cuando los abro florece todo nuevamente

Las hojas de un libro aletean sin vuelo en una banca
pasa una parvada de ángeles sobre un escalofrío
el viento sopla una nube como diente de león y entonces llueve

Cargo entre los labios tu nombre
trébol de cuatro sílabas que hoy devuelvo al aire del que lo tomé
vengo de una tarde sin descanso y con los ojos turbios
voy hacia una noche sin sonidos

Mira, anochece y esta ciudad se vuelve cementerio de luciérnagas
vengo de poner los pies donde alguna vez dejaste huella
de llamar a la puerta del aire donde se lee tu nombre
nada

Pasan tan sin gente los rostros
blancos como en una pesadilla
el último tren se va con mi ausencia a cuestas
y me llamo a mí desde tu voz, para ver si contesta quien fui ayer
nada

Pasa la medianoche sobre nosotros todos
erizada de segundos afilados
otra espina en nuestra guirnalda de héroes rotos
una muesca más en la pared de la existencia
y nada

Ando a contracorriente de las personas
vienen huyendo de la noche a la que voy
las calles parecen nunca terminar del todo
porque quien anda en la memoria jamás llega a parte alguna
y caminar de madrugada es la pesadilla donde nunca cae a quien golpeas

Se van encendiendo poco a poco las farolas
desde la oscuridad me ladra el miedo
su llamado incendia los hocicos de otros perros
un relámpago hace de oro las calles por un segundo
y luego nada

Digo tu nombre en medio de la oscuridad
apenas
con la voz de quien reza sin fe
todas las ventanas permanecen ciegas
ninguna cerradura gira
debe ser que en realidad no dije nada
nada

Hoy todas las cosas llevan el nombre de la madrugada
los edificios flotan calmos hacia el olvido
una jauría de ecos se pelean un llanto que ya no tiene dueño
y yo continúo hacia ninguna parte

Quedan las calles tan de pronto nada
ahora que estoy entre rescoldo y lumbre
en ascuas de saber si vuelvo o sigo
mientras paso el rosario del tiempo entre las manos
de pie ante el altar de los olvidados y los vivos
nada

Te busco a ti para poder llegar a mí
hoy que por última vez tu nombre es otra forma de decir el mío
tuve que venir hasta aquí para saberlo
a esta ciudad donde avanzan cayéndose de sueño los rieles del metro
a esta ciénaga de luces rotas
donde no estás

Es tan breve tu rostro y fue tan largo el eco en la memoria
ya se va la lluvia rezando su letanía de espejo hacia la nada
lavo de mis manos el último roce de las tuyas
en esta pila bautismal de una ciudad callada
pasa por última vez tu tacto por mi cara
como si hubiera atravesado una telaraña
un sueño tan apenas nada

Ya se levanta el amanecer como un campo de trigo
refulgen los primeros trinos de las aves en el cielo
un cardumen de murmullos hierve en el ambiente
y mi nombre, nada más mío otra vez, se abre flor de aire entre mis labios

Un perro se bebe las estrellas que atrapó una charca
dora la luz la herida siempre abierta de las fuentes
traigo la sangre en carne viva y los ojos hambrientos
estas manos, ahora en blanco, pueden contener la oración de otra carne
de otro mundo

Vengo de tu pecho y voy a no sé dónde

 

Escrito por Aldo Rosales Velázquez

Ciudad de México, 1986. Autor de Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (Fondo editorial BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Casa editorial Abismos, 2016) y Sombra-Reflejo (Fondo editorial BUAP, 2017). Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y artículo de opinión en diversos medios. Coordinador del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes, en la Ciudad de México.