Es el día de Navidad pero a mí me importa un carajo. Me he despertado con una resaca monumental y lo único que quiero es dedicarme a seguir bebiendo whisky, a fumar en mi pipa y a recrear imágenes con las formas del humo.

He pasado la Nochebuena durmiendo en el sofá. Recuerdo haberme dormido con las luces navideñas parpadeándome en los ojos. Mis ojos, me escuecen mucho. En mi cabeza repiquetean cien martillos a la vez y una nube muy densa hace remolinos infinitos dentro de mi cerebro. No recuerdo absolutamente nada de la noche anterior, intento aclarar mis pensamientos sin mucho éxito.

Las nubes de mi cabeza se van disipando y aparecen lentamente las imágenes, como las luces del día tras un largo túnel. Me veo a mí mismo sentado en el sofá, encendiendo la pipa y comenzando a chupar con fuerza para que prenda bien. El sabor del tabaco inunda mi boca y el humo se introduce por cada poro de mis pulmones cenicientos. Me levanto a duras penas para encender el interruptor de las luces del árbol de Navidad. De la que vuelvo lleno el vaso con whisky. Ni me molesto en echarle hielos. Se me habían acabado por la tarde y no estaba de humor para salir a comprar. Además no quería verle la cara a esa estúpida mujer de la tienda. Siempre con esa mueca de asco que se le ponía cada vez que mi cuerpo desahuciado atravesaba la puerta del economato.

Las mujeres. Ellas son mi perdición. Ellas han sido siempre la causa de mis borracheras y la razón de que ya no quiera salir de casa nunca, ni siquiera en días tan señalados y festivos. Las veo por todos lados, incluso cada vez que cierro los ojos están allí. Cada vez que parpadeo aparece alguna doblando una esquina.

Recuerdo que anoche había tres nadando en mi vaso. Sus cuerpos blancos y sus cabellos de oro hacían brillar sus figuras en las líquidas ondas. A pesar de la tenue luz de la habitación se podían observar los rasgos de sus delicados rostros. Era un vaso lleno de lágrimas y ellas se morían de risa. Eran preciosas. Intentaban seducirme pero yo no les hacía demasiado caso, tenía los oídos rebosantes de otras canciones. Entonces empezaron a ahogarse, haciendo muchos aspavientos, gritando desconsoladas, intentando llamar mi atención. Finalmente se quedaron inertes en el fondo. Las sirenas no tienen alma así que no me afligió su fatídica muerte. Ahora creo que quizá hubiera preferido ahogarme en el vaso con ellas. Mi alma tampoco sirve para nada. Ni puedo verla. Ni puedo tocarla. Ni  siquiera la conozco.

Seguí bebiendo hasta acabar la botella. Joder, ahí estaban esas grietas de la pared. Salía humo de ellas, o quizá se filtraba la niebla desde la calle. Sabía que algo malo traerían esas grietas. Estoy seguro de que por aquellas fisuras se había introducido en la casa el fantasma de Lorelei, aquel amor, la bailarina más famosa del barrio. ¡Cómo movía su cuerpo! Era la mejor en lo suyo… y en otras tantas cosas. Todas las vísperas de Navidad ofrecía un espectáculo fuera de lo común en un local de mala muerte.

Su sombra aquella noche no hacía más que bailar, tenía los píes ensangrentados, el pelo revuelto y los ojos rojos. Como si una maldición la hubiera poseído y su perfecto vaivén le infligiera el más horrible sufrimiento. A cada paso era como si mil cuchillos atravesasen sus pies y lloraba. Sus lágrimas hacían juego con las de mi vaso. Después de varios minutos sin parar de dar vueltas cayó de rodillas suplicándome que la sujetara, que parará su baile, pero era tan hermosa su danza… En un arrebato descubrí que no quería que bailara para nadie más y la odié por haberlo hecha tantas veces. Me quedé un tiempo más mirándola contorsionarse y en un momento en el que parecía que iba a echar a volar conseguí agarrarla para hacerla definitivamente solo mía.

Las luces navideñas continuaban con su infinita intermitencia aunque ya era muy de madrugada. Se me había olvidado apagarlas pero ya no podía ni levantarme del sofá. Se me cerraron poco a poco los ojos y me quedé dormido. Allí era donde acababan mis recuerdos.

Miro alrededor volviendo al presente. Todo se ha vuelto negro: las paredes, el suelo, los techos y los muebles. El vaso ya no es de cristal sino una masa líquida, parece un charco de lluvia aplastado contra el suelo del salón y la pipa no es una pipa sino los restos de la ceniza que siempre llevó dentro. Entonces lo veo, mi cuerpo calcinado descansa para siempre en el sofá. Junto a él está el de Lorelei con los pies cortados y la sonrisa que yo le pinté. Los gritos de las sirenas se siguen oyendo desde la calle.

 

Imagen: Mark Heine.

Escrito por Marta Castaño

(Pamplona, España, 1988) Licenciada en Filología Hispánica y graduada en Información y Documentación. Bibliotecaria errante, apasionada por la literatura en todas sus formas, lectora siempre y escritora a veces.