Título original: Ghesse-ha

País y año: Irán, 2014

Dirección: Rakhshan Bani-Etemad

Guion: Rakhshan Bani-Etemad, Farid Mostafavi

Fotografía: Koohyar Kalari

Música: Siamak Kalantari

Cada ciudad esconde los problemas de sus millones de habitantes en búsqueda de la felicidad. Teherán, capital de Irán, no es la excepción. En Relatos iraníes (2014), una película de la directora Rakhshan Bani-Etemad, asistimos al desarrollo del drama personal de ciudadanos de Teherán como un cineasta que sortea obstáculos para producir un documental sobre la corrupción o un trabajador que, para conseguir su pensión, debe enfrentarse a la burocracia.

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Fotograma de la película

Sin duda alguna, el filme posee una gran riqueza de recursos técnicos y narrativos, entre los que podemos destacar el encadenamiento de las historias por medio del cambio de la focalización en los personajes (cuando dos personajes se encuentran, dejamos de seguir la historia de uno, para conocer la del otro); el acertado guion, que logra generar tensión y presentar los problemas de cada uno por medio del relato de palabras y no de acciones (de una forma contada, no mostrada) y que, además, le valió para ganar el premio al mejor guion en el festival de cine de Venecia; las sobrias tomas que desechan el uso del traveling, utilizando la cámara estática y los primeros planos para transmitir la emotividad de los personajes (algo muy propio del llamado “Neorrealismo iraní” y que se puede observar con detenimiento en metrajes como La separación de Asghar Farhadi). Es destacable también la impecable actuación del reparto y la iluminación, que siempre recrea perfectamente el ambiente donde se desarrolla todo: la ciudad.

El argumento nos presenta simbólicamente los conflictos surgidos a partir del choque generacional entre los viejos valores de la sociedad iraní y los nuevos (recordemos que Irán es una nación teocrática musulmana). Esto lo encontramos en todas las historias presentadas: el hombre que se escandaliza por la los planes de una pareja de hermanos jóvenes que conversa en el metro y la mujer que debe mediar entre un matrimonio donde la esposa es maltratada por el esposo, son solo algunos ejemplos.

Algo que llama la atención de los personajes es que no se rinden ante los obstáculos. Esto, más allá de simbolizar la lucha incansable de la gente contra un régimen que la propia película se encarga de cuestionar, tiene que ver con un viaje interior de cada uno: la búsqueda del sentido existencial, un tópico en el cine desde la aparición de obras como La dolce vita de Federico Fellini. En el filme que ahora nos ocupa, la vemos representada en personajes como la madre del taxista, quien lucha por una digna jubilación y el cineasta, quien sortea los obstáculos para concluir su documental; ambos jugándose el sentido proveniente de la satisfacción por obtener lo deseado.

A pesar del difícil recorrido que supone el conflicto de cada historia, podría decirse que la película deja abierto un espacio para la esperanza: la unidad de los relatos está representada en una temporalidad lineal que inicia con la escena de un taxista vagando por las calles, y finaliza con la de otro taxista discutiendo con la chica de la que se ha enamorado. No es casual que en la primera escena, los únicos sonidos sean los del tráfico y en la última, aparezca la música. El mensaje es claro: probablemente seamos taxistas transitando por la vida, y la respuesta a todas las preguntas que puedan surgir sea la esperanza en el amor y la capacidad de soñar.

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Fotograma de la película

Si bien las anteriores películas de Bani-Etemad han reflexionado sobre el papel de la mujer en la sociedad musulmana, en esta, dicho tema se retoma ya como un lugar común inevitable dentro del cine iraní de los últimos años y eso hace que la comparemos, sin dejar de reconocer lo justo de esta lucha por la igualdad, con películas como El círculo de Jafar Panahi para darnos cuenta de que, del año 2000 hacia acá, los temas del cine iraní pocas veces se han reinventado. Sucede de la misma forma con la fotografía: mismos planos y colores de la estética que desarrolló Abbas Kiarostami en los años noventa y que atraviesan la mayoría de las películas hechas en Irán desde entonces.

Ignorando desaciertos como el insuficiente desarrollo de algunos personajes (entre los que podemos mencionar al médico) y los lugares comunes en la temática y la estética del cine de su país, Relatos iraníes representa una brillante joya cinematográfica y es recomendable de principio a fin.

Escrito por Oscar Soto

(Garzón, Colombia, 1999). Estudiante de Estudios Literarios en la Pontificia Universidad Javeriana. Su poesía ha sido publicada en las antologías poéticas de los concursos “Versos desde el corazón” (Argentina, 2015), “Versos al aire” (Argentina, 2015) y “Lo que pasa entre versos” (España, 2015). Fue ganador del concurso internacional de poesía "El leer no ocupa un lugar" (Uruguay, 2016). Actualmente se desempeña como redactor para la sección cultural de la revista La Caída y publica una columna de crítica de cine en la revista Liberoamérica.