Es de noche y estuve en la biblioteca hasta hace algunos minutos. Normalmente hay mucha gente a esta hora porque la mayoría de los estudiantes organizan sus vidas en función de la universidad: buscan un departamento en la zona que la rodea, van a los cafés que están cerca, al gimnasio del campus y compran en el supermercado que, los lunes, hace descuentos especiales para universitarios. Durante varios años, viven prácticamente en y para la universidad, en lo que el uso y costumbre ha dado en llamar McGill Ghetto. En esta zona están las residencias de estudiantes y muchos edificios que originalmente eran grandes casas familiares, pero que ahora las inmobiliarias han convertido en varios micro departamentos. Sólo los adolescentes, ansiosos por pertenecer a la comunidad de la sudadera que acaban de comprar, están dispuestos a pagar más de mil dólares por ocupar 40m2 ahí. La biblioteca, entonces, funciona como una suerte de extensión de los minúsculos espacios de un solo ambiente que alquilan, por lo que pasan en ella más tiempo que en sus propias habitaciones. Suele ser un lugar concurrido hasta media noche, pero hoy se vació temprano. Al salir entendí la razón: es noche de Halloween.
Toda la gente con la que me cruzo en el camino está disfrazada. Brujas por montones y dos Donald Trump, hombres en batas blancas ensangrentadas, mujeres que no sé si son punks, vampiresas, brujas o el personaje de alguna película que no he visto, piratas y hiphoperos. Los más moderados se han puesto una máscara monstruosa o colas y orejas de animales. Mis jeans y mi abrigo color caqui desentonan por exceso de sobriedad con las caras dramáticamente pintadas, el brillo de los plásticos negros y las marcas de pintura color rojo encendido, así que me pongo el casco para sentir que esa protuberancia en mi cabeza participa al menos un poco de lo que pasa a mi alrededor y me subo a la bicicleta. Avanzo lentamente detrás de una momia, un grupo de ratones y una Marilyn Monroe por calles decoradas con calabazas y telarañas. No puedo evitar sentirme incómoda, no sólo por ir exageradamente despacio sobre la bici, sino porque la situación entera no deja de recordarme la conflictiva relación que, desde que era niña, tengo con los disfraces.
En mi escuela primaria, todos los años se hacía un concurso de disfraces para festejar el día del niño. La premisa era que lo más importante era la creatividad y, como parte de ese principio, se valoraban más los disfraces con poca intervención de los padres y, por supuesto, eran mejores los hechos en casa que los comprados. El primer año yo todavía no entendía muy bien las reglas de socialización y pensé que el asunto era optativo y que sólo algunos irían disfrazados. Al llegar a la escuela vi un despliegue de todo tipo de disfraces que me abrumó: un dragón, un par de Ché Guevaras, una bailarina de can-can cubierta de plumas y colores vistosos, disfraces entre amigos (recuerdo a dos niños de sexto que se disfrazaron del gordo y el flaco). Los demás niños me veían con cierta lástima y terminé llorando, llamando a casa para que pasaran por mí, desesperada de sentirme tan fuera de lugar. Los siguientes cinco años intenté dominar el arte del disfraz en una trayectoria que pasó de anodina a vergonzosa.
El primer año que me disfracé tomé una mamila que todavía guardaban en un rincón de la alacena de mi casa, una playera que me quedaba chica y se me subía hasta el ombligo y me amarré como pañal un trozo largo de tela blanco que encontré en un clóset de mi casa. Mi disfraz de bebé no sólo era simple e incómodo —me obligó a pasar todo el día tratando de mantener el pañal en su sitio—, sino que además me puso en ridículo frente a todos los de mi salón que, precisamente, se empeñaban en demostrar que ya no eran bebés, sino niños grandes.
El siguiente disfraz fue un acto desesperado: a dos cuadras de la escuela, mi papá y yo nos dimos cuenta de que todos los niños llegaban disfrazados. Ante mi tristeza por haber fallado una vez más, mi papá entró conmigo al salón antes de que entraran los demás niños y ahí, tomando papeles de colores del material de reciclaje, enredó desordenadamente algunos trocitos de papel en mi pelo. Yo intenté hacerme unas trenzas, pero todavía no sabía muy bien cómo hacerlo. Mi papá dibujó con gis blanco un signo de amor y paz en mi chamarra de mezclilla y se quitó una agujeta para amarrarla alrededor de mi cabeza. Ya está, dijo, eres una hippie. Me quedé satisfecha, pero la verdad es que pocos notaban que estaba disfrazada y ni siquiera me dieron turno para el desfile.
El tercer año, convencida de que esta vez iba a terminar con la racha de fracasos anteriores, decidí empezar a trabajar con tiempo. Una semana antes del concurso, compré dos grandes placas de hule espuma, las recorté en forma de medianoches y las forré con papel kraft para formar los panes de un hotdog. Fui con una de mis hermanas a comprar un largo pedazo de tela rosa que, una vez en casa, corté y cosí pacientemente para formar el forro que usaría yo, la salchicha, entre los panes. Con ayuda de mi hermana pegamos dos resortes entre las placas de hule espuma, de modo que se sostuvieran a través de mí, de hombro a hombro. El diseño tenía algunos problemas: una vez dentro de la salchicha, yo no podía mover mucho los brazos y las rodillas tenían apenas espacio para flexionarse mínimamente y dejarme avanzar a pasos cortitos. Alguien debía poner los panes a uno y otro lado de mí y ayudarme a pasar la cabeza entre los resortes para formar el hotdog y también necesitaba ayuda para deshacerme del disfraz. Pese a todo, una vez armado, el resultado era bastante satisfactorio, por lo que, al bajarme del transporte escolar, me metí en la salchicha, el chofer me ayudó a ponerme los panes y entré con aire triunfal a la escuela disimulando los ligeros problemas del diseño de mi hotdog. No había dado más de diez pasos cuando uno de mis compañeros de grupo me reconoció y, desde el centro del patio me señaló y gritó: «¡eres una perra caliente!» Varios niños estallaron en risas. Una vez más el amargo sabor del fracaso. Atrapada como estaba en la salchicha, no pude ni siquiera correr a esconderme en el baño. A pasitos cortos me fui lentamente del patio donde seguían riéndose a carcajadas, me quité el disfraz yo sola y con desesperación cuando estuve fuera del campo de visión de los otros niños y pasé el día queriendo volver a mi casa.
Al año siguiente, habiendo abandonado la ilusión de crear el mejor disfraz, tomé con hastío algunas cosas del clóset de mis hermanas: una camisa fucsia con motivos hawaianos color turquesa que me quedaba un poco grande, unos lentes de sol blancos enormes y unos calcetines blancos largos pero sin resortes que se plegaban sobre sí mismos a la altura de mis tobillos. Me puse unas bermudas de jeans que tenía y mis tenis. Al verme lista para subir al transporte escolar, mi papá me dijo que, en vez de los tenis, me llevara mis huaraches y que me llevara también el sombrero fucsia de ala ancha que estaba colgado en el perchero de la sala. Una vez en la escuela, después de pasar por el escrutinio de algunas miradas y juicios, descubrí que iba disfrazada de turista gringa. Esa vez, que pasó sin pena ni gloria, fue posiblemente mi mejor experiencia con disfraces.
Motivada por el discreto éxito anterior, volví a la carga. El truco, al parecer, había sido juntar aleatoriamente una serie de elementos que luego los demás se tomarían la molestia de organizar en un motivo. Guiada por esa certeza y por los discursos sobre dejar volar la imaginación y la fascinación que de niña sentía por el surrealismo, se me hizo fácil tomar nuevamente cosas de aquí y de allá para construir mi nuevo disfraz, una suerte de homenaje a todos los fracasos anteriores. Me puse un payasito de manga larga azul y unos pantalones negros viejos que no me gustaban y a los que había cortado una de las piernas a la altura de la rodilla. En esa pierna, me puse una bota café. Me pinté barba y bigotes con un corcho de botella quemado. Hice una suerte de monóculo con cartulina blanca que me pegué a la cara con cinta adhesiva para piel. Me puse el mismo sombrero del año pasado, pero pasé por encima de él una larga bufanda que, doblando las alas del sombrero, até bajo mi mentón para colocar ahí un rollo de venda médica a modo de pajarita. Como último elemento de la composición, tomé la tapa del cesto de la ropa sucia a modo de escudo y me fui a la escuela. Quienes me veían no atinaban una sola interpretación de mi disfraz. Avergonzada, con la intención de que me dejaran en paz, lo único que alcancé a decir cuando me preguntaron de qué estaba disfrazada fue «de nada». Mi mejor amiga, que escuchó mi respuesta y que sentía una fascinación particular por la provocación y los misterios, aplaudió mi respuesta y me instó a sostenerla. La confusión en el desfile fue mayor: —¿De qué estás disfrazada?, me preguntó la maestra que nos anunciaba. —De nada, respondí. —¿De nada? ¿No te disfrazaste de nada? —Sí. —Pero pareces bastante disfrazada. —Sí, dije yo, pero es un disfraz de nada. Confundida, la maestra que presentaba a los niños concluyó: —Y… con ustedes… ¿la Nada?

Esquivo un grupo de zombies y consigo salir del Ghetto. El aire que corre por la avenida principal se me cuela a través del casco a medida que atravieso el Mont-Royal y siento el cuero cabelludo volverse un poco rugoso al reaccionar frente al frío. Ahí está mi piel, reaccionando a la menor provocación; ahí estoy yo, atenta a mi piel que reacciona. Soy incapaz de esconderme del todo detrás de un disfraz. No importa qué máscara, traje o caja me tire por encima, siempre se me cuela algún detalle que arruina la ilusión que el disfraz trata de crear. Un detalle tan mío, que soy incapaz de identificarlo, de frenarlo o al menos moderarlo. Cuando necesito esconderme lo hago definitivamente, me escondo hasta la desaparición y parece que para eso sí tengo un talento especial. Llevo más de dos años en Montreal y frases como «no te había visto nunca» o «no sabía que había alguien sentado aquí» son frecuentes en mi vida cotidiana, en la universidad o en espacios públicos.
Acelero en la bajada y consigo cruzar el semáforo todavía en amarillo. No me gustan estas avenidas tan expuestas al frío y con tantos coches, así que en la esquina siguiente cruzo al barrio judío y avanzo por uno de los callejones. Recién ahora me doy cuenta de que olvidé las luces. He pasado varias veces de noche por estas callecitas a pie, pero nunca lo había hecho en la bicicleta y menos sin luces. Los árboles tapan los pocos faroles del callejón y las casas suelen tener mal iluminado su patio trasero, pues por lo general es un espacio que reservan para guardar las cosas viejas, las herramientas y la basura; todo lo que estorba a la pulcritud que muestran desde la entrada principal y en el interior de la casa. Así que avanzo sobre la oscuridad impenetrable que corre bajo las ruedas sin alcanzar a ver por dónde voy, divertida por la sensación constante de creer que voy a caer en un hoyo y no caer, que voy a pasar por una elevación y no sentirla. Los juegos de sombras me hacen alucinar gatos cruzando de un lado a otro del callejón y me obligan a frenar de golpe cada tanto, pero más entretenida que asustada, retomo la marcha rápidamente sin parar del todo, sin tambalear. Me muevo por estas calles sibilinas con mucha mayor soltura que por la universidad, entre la gente y, en general, que en cualquier situación en la que se espera que haga un trabajo de curaduría y muestre sólo una fachada exquisita e inteligible de mí; como si no estuviera todo enmarañado, como si existiera la luz sin las tinieblas. Me encantaría tener la capacidad que tuvo Kafka para disfrazarse de abogado en una agencia de seguros y sólo dejar salir por la noche la intrincada turba de dudas, conflictos y emociones. Ser capaz de llevar una vida ordinaria y escribir lo extraordinario. Kafka disimuló con bastante éxito sus inquietudes intelectuales en lo cotidiano, pero lo cierto es que no pudo o no supo esconder su origen en la escritura. Si acaso eligió el alemán como lengua de sus textos para distanciarlos de su raigambre judía, en lo que escribió dejó inscrita la profunda huella de una forma de leer, cuestionar y glosar que remite a la tradición de interpretar el Talmud; a la religión que, luego de sufrir tantas expulsiones y pogromos, hizo de la simulación y la desconfianza una práctica de sobrevivencia en la que el discurso implica siempre una expresión oculta y sublime y otra aparente pero dudosa. Justo como la división que Kafka hizo entre la escritura y su trabajo diario: «escribir es algo que gravita en las profundidades, mientras la oficina está allá arriba, en la vida. De modo que no hace uno más que ir de arriba abajo, y el resultado no puede ser otro que el desgarramiento.» Por mi parte, como soy incapaz de sostener ese desgarramiento por largos periodos de tiempo, busco espacios más bien recónditos de la vida cotidiana que aunque oscuros o confusos, me permitan desplazarme llevando a cuestas mis rarezas e incoherencias, mis miedos y torpezas. Escribir, empiezo a sospechar, es uno de esos sitios.
«Si pudiera salvarme cavando agujeros, como hace el murciélago, cavaría agujeros», le escribió una vez Kafka a Max Brod. Si yo pudiera tomar esa frase y acurrucarme junto a ella, me acurrucaría junto a ella.
Sigo por la oscuridad del callejón casi a ciegas aunque sin dejar de avanzar, con el aire frío en la cara pensando en la cita de Kafka y sus enormes orejas. ¿Será que he conseguido por primera vez un hermoso disfraz? Es una pena que no haya nadie para verme convertida en murciélago.

Escrito por Ana Negri

Ana Negri (Ciudad de México, 1983). Es maestra en Letras Latinoamericanas por la UNAM. Actualmente es becaria del programa jóvenes creadores del Fonca y candidata a doctora en Estudios Hispánicos por McGill University (Montreal). Ha asistido a distintos seminarios de psicoanálisis y toma clases de canto. Le interesan las relaciones entre el trabajo de duelo y los procesos creativos; entre la pérdida y la palabra. Ha colaborado en publicaciones como Punto de Partida, Frente, Más por más, Tierra Adentro, La Tempestad y horizontal.mx.