Desde que el primer homínido tomó una sucia roca en sus simiescas manos y aprendió que podía abrir huesos y sacarles la médula con dicha roca, la humanidad se ha debatido entre dos extremos. Es un debate simple en su naturaleza, pero complejo en sus implicaciones, tanto así que es posible decir que ha dado forma a la historia y la existencia misma de la humanidad. Todo se resume a la siguiente pregunta: ¿Arma o herramienta?

Si dejamos a un lado todo aquello del raciocinio y el “animal político”, lo que verdaderamente define al hombre es el uso de herramientas. Claro, hay varios otros animales que pueden usar herramientas, desde cuervos que usan calles transitadas para romper nueces, hasta pulpos que se defienden con cáscaras de coco, pero a decir verdad no hay punto de comparación. El uso de herramientas en el ser humano por lejos, es el más avanzado. Un pulpo puede saber usar una cáscara de coco para protegerse, pero realmente no sabe cómo hacerle mejoras o modificaciones, e incluso si pudiera, no podría transmitirles esos conocimientos a sus crías. El día en que puedan veremos ciudadelas confeccionadas con conchas y cascaras de coco, pero ese no es el punto, el punto es que, como especie, los humanos hemos dominado completamente el uso de herramientas.

Sabemos hacer herramientas, sabemos también mejorar y modificar las herramientas que teníamos y eso no es todo, como especie hemos perfeccionado el arte de trasmitirle esas mejoras a nuestros hijos, y ellos a sus hijos. Cada generación modifica sus herramientas y se las pasa a la siguiente, ese proceso se llama tecnología y yo personalmente pienso que es sencillamente increíble, un regalo, por así decir, de los dioses.

En el curso de nuestra existencia pasamos de piedritas con las que poder sacarles provecho a la medula de la carroña que podíamos conseguir, a pequeñas mentes mecánicas que nos ayudan en cada aspecto de la vida. Somos increíbles a la hora de hacer herramientas… pero así mismo somos nefastamente eficientes para hacer armas.

Si lo piensas bien un arma no es más que una herramienta para hacer daño, una lanza no es más que un palo modificado específicamente para matar y una bomba atómica no es más que el ridículo desenlace de milenios de mejoras para nuestros palitos de matar. Como humanos estamos inclinados hacia la creación, pero, en un giro irónico, estamos también inclinados a crear las herramientas de la destrucción.

Cuando el homínido primitivo se dio cuenta de que con una piedra podía romper los huesos de la carroña que comía, no le tomó mucho enterarse de que también podía usar su roca para romper los huesos de otras criaturas, ya fuera el dientes de sable que devoró a la mitad de la manada, o, en una luz más siniestra, los huesos del homínido alfa.

Creamos, y al crear, creamos, inevitablemente, los medios de la destrucción. Es cierto para cada fase de la evolución tecnológica que hemos tenido, desde el bronce hasta el átomo nos hemos debatido entre el arma y herramienta. Las herramientas las hemos convertido en armas y las armas en herramientas.

Y va de una parte a la otra. De la tecnología que nos permitió refinar la piedra para conseguir metal y hacer cacerolas mucho más eficientes en las que cocinar nuestros alimentos, sacamos las espadas, y de la destrucción masiva de la segunda guerra mundial sacamos los plásticos, útiles para un sinfín de herramientas.

Nos debatimos eternamente entre el arado y la espada, y ahora que nos adentramos irremediablemente en la era digital, no está demás considerar la balanza que hasta ahora llevamos como especie. Querámoslo o no el arma y la herramienta nos definen, y teniendo con nosotros una cantidad tan enrome de conocimientos sobre armas y herramientas, no estaría demás que echáramos un vistazo al balance que llevamos, ahora que hay tanto poder tecnológico en juego.

Yo no sé qué tipo horror o comodidad  traerán los próximos siglos, pero tengo esperanzas de que lograremos, cuanto menos un equilibro entre nuestras dos naturalezas.