Desde el momento en que uno se vuelve cinéfilo, algunos títulos de obras y directores comienzan a perseguirlo. A mí, particularmente, me acosaba una película de 1959 llamada Ben-Hur. «Es Hollywood», pensaba. «Tengo prioridades no tan pomposas, así que esta película puede esperar». Después de muchos meses en remojo, este elefante del cine terminó por acorralarme, y tuve que enfrentarme a él. Era la media noche y debía madrugar, pero una vez lo empecé, no pude irme a la cama hasta no haber terminado las casi cuatro horas de metraje.

Hollywood siempre ha tenido la habilidad de entretener, pero lo que a mí me atrapó no fue precisamente la trama: el alto presupuesto económico se tradujo en una banda sonora apabullante y unos increíbles decorados ante los que era imposible ser indiferente. Sí, lo sé, los verdaderos romanos y judíos no eran todos rubios y ojiclaros, las batallas no suscitaban diálogos superficialmente cursis entre los guerreros, y el ambiente de la época no era siempre pulcro o colorido. Sin embargo, la emoción que los recursos técnicos me causaron, suscitó una indagación sobre el género en el que podía encajar tal película: el péplum.

 

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Fotograma de Ben-Hur (1959)

 

Los péplums son filmes épicos en los cuales la trama se sitúa en un contexto de civilizaciones antiguas como Grecia, Roma y Egipto. En este sentido, el género estaría subordinado solo a la ambientación, manteniendo el desarrollo y las características de los filmes épicos ordinarios (un héroe arquetipal que lucha contra un malvado, generalmente perteneciente a las altas esferas de poder; un metraje extenso que amerita una estructura de ópera; y una recopilación de hazañas que exige un ritmo veloz). Entendiendo esto, me fue necesario revisar con obsesión otras obras que, como el Ben-Hur de William Wyler, habían arrasado en presupuesto y ganancias. Fue entonces como terminé viendo otros clásicos del género en las siguientes noches: Espartaco (Kubrick, 1960), Los diez mandamientos (DeMille, 1956), Cleopatra (Mankiewicz, 1963), Jasón y los argonautas (Chaffey, 1963) y Faraón (Kawalerowicz, 1966). Ahí me di cuenta de mi inminente enamoramiento.

La pregunta que a uno le queda es ¿qué tienen estas producciones? ¿cuál es su valor? Valdría la pena, entonces, hacer una reflexión. Pongo algunos puntos sobre la mesa:

Para el cinéfilo más mojigato es pecado glorificar un producto hollywoodense, y de cierta manera tiene razón:  no están en esta industria los máximos logros de la cinematografía, entendiendo el cine como un arte capaz de mover el alma hacia la reflexión profunda (recordemos a Tarkovski), y no como un entretenimiento lucrativo. Lo que está hecho para ser vendido debe adaptarse al interés de una masa que no busca ninguna experiencia espiritual, de ahí que los eruditos del cine tiendan a rechazar de entrada esta clase de películas. Sin embargo, soy partidario de no juzgar un libro por su portada, y de hacerle justicia a las proporciones técnicas y estéticas que pueden alcanzar muchos de estos productos. Desde esta lógica, al péplum se le debe reconocer como una muestra de las cosas técnicamente increíbles que puede lograr un gran presupuesto: los decorados, los miles de extras que suelen participar, las bandas sonoras, el uso temprano del color y los avances en efectos especiales son elementos que a uno lo hacen sentir pequeño, pero impresionado por los alcances a los que el cine puede llegar usando adecuadamente un gran presupuesto económico.

 

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Fotograma de Espartaco (1960)

 

Tengo que hacer ahora una distinción: no todo péplum es digno de tales méritos. El lector agudo habrá notado que solo nombro ejemplos de producciones hechas en las décadas del cincuenta y el sesenta. ¿Qué tienen filmes recientes como Gladiador o el remake de Ben-Hur para ser excluidas de este reconocimiento? El cine hollywoodense de nuestros días se centra en los efectos especiales. Reconozco que los avances cada vez son más impresionantes, pero se deja de lado la búsqueda de una película que los equilibre con la música (eximo a Hans Zimmer) o los decorados (si todo lo puedo poner por computador, no requiero de ellos). En el cine no todo es tecnología; los recursos antiguos siguen estando para facilitar un mayor impacto visual.

En los filmes épicos, el ritmo veloz se encuentra justificado: estamos ante historias propiamente de acción. Visto desde aquí, el montaje no posee ningún atributo gratuito.

Por último, como bien lo decía al principio, estas películas conservan los típicos estereotipos que históricamente ha promovido Hollywood. Yo, como seguidor del arte por el arte, desprecio el contenido ideológico y la deficiente veracidad histórica que tienen muchos de estos largometrajes; porque la obra, vista como un todo en sí mismo, nos propone un pacto en el cual nos comprometemos a creerle y entrar en su universo construido (la Grecia que vemos en la película es una Grecia de ficción. Debemos partir de esa noción).

 

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Fotograma de Los diez mandamientos (1956)

 

¿Es, entonces, el péplum hollywoodense un género digno? Juzguen ustedes mismos. Yo, habiéndoles confesado una de mis debilidades cinematográficas me despido, esperando que esta sea una invitación a disfrutar del péplum en su época de oro, sin ser mortificados por los moralistas del séptimo arte.

Escrito por Oscar Soto

(Garzón, Colombia, 1999). Estudiante de Estudios Literarios en la Pontificia Universidad Javeriana. Su poesía ha sido publicada en las antologías poéticas de los concursos “Versos desde el corazón” (Argentina, 2015), “Versos al aire” (Argentina, 2015) y “Lo que pasa entre versos” (España, 2015). Fue ganador del concurso internacional de poesía "El leer no ocupa un lugar" (Uruguay, 2016). Actualmente se desempeña como redactor para la sección cultural de la revista La Caída y publica una columna de crítica de cine en la revista Liberoamérica.