El domingo por la mañana se debe limpiar la explanada del lanzador, agua con jabón al pie de las palmeras para quitar el penetrante olor a orines, alguien mete la mano en una bolsa y levanta la mierda fría de los perros. Se colocan en ambos extremos los puestos de productos orgánicos, ecológicos, agroecológicos, biológicos o, en su caso, biodegradables. En realidad, muchas personas sintetizan lo que compran en ese mercado como productos orgánicos, sin conocer los matices que existen entre las distintas clasificaciones.

—Para ser orgánicos deben tener certificaciones —me aventuré a decirle a una amiga respecto a las enormes manzanas rojas que sostenía en su canasta de mimbre.

—Te gusta cuestionarlo todo —respondió mientras pagaba un pan y un café, en cualquier otro lado, el importe de esos dos artículos podría ser un desayuno.

La gente que frecuenta este mercado mira con ligereza mientras elige las frutas y verduras que consumirá en la semana. Algunos deben levantarse más temprano que otros, como mi amiga, para conducir por veinte minutos en el escaso tráfico dominical, todo sea por ser consciente.

Mi amiga estaciona su coche varias cuadras lejos del parque, no por falta de lugar, pues muchos de los clientes son vecinos del barrio; no, a ella le gusta llegar caminando, con su perra Lola y su novio, como si con ese gesto pudieran tener la misma vida de los demás. Ella elige en los puestos la fruta, no regatea (costumbre que disfruta hacer en cualquier otro lugar), contempla las zarzamoras.

—¿Cuánto?

—Cincuenta el cuarto.

—Está muy bien, ¿de dónde son ustedes?

—De aquí cerca.

—¡Qué bueno que no pasan mucho tiempo en carretera!

Los comerciantes no pueden venir de lejos, la filosofía de este mercado precisamente es invitar a productores de menos de 160 kilómetros a la redonda.

A fuerza de acudir semanalmente, mi amiga ya identifica a los parroquianos y, con sólo una sonrisa impertinente, se sienta a su lado y comienza a hablar de los titulares de las redes sociales.

En este mercado conoció a su novio, quien llegó con la perra mestiza incluida, pese a que siempre ha sido un poco intolerante a los pelos que se quedan adheridos a su ropa y los sillones, ahora cuida a la perra como lo haría con una niña pequeña. Él es un aspirante a cineasta, trabaja desde casa haciendo gifs para redes sociales y videos cortos. Se mudaron a las pocas semanas de conocerse, lo mejor fue que él dejara su apartamento compartido con cinco compañeros en la Condesa y se fuera con ella al sur.

A Lola le gusta correr para buscar troncos, lo ideal son las pelotas, ha perdido tantas que optaron por entregarle los juguetes que la naturaleza les provee. Mientras mi amiga sigue hablando, su novio lanza la vara a Lola, no la dejan que camine más allá de cinco metros, ese parque es amenazador, los árboles son tupidos, los caminos polvosos, en las áreas verdes el pasto crece irregular y están sueltos los pitbulls de algunos hombres corpulentos quienes se ejercitan en los aparatos cercanos a la cancha de basquetbol. Aunque Lola es rescatada de la calle, teme a los perros, o al menos lo creen, por eso consideran que debe convivir sólo con sus compañeros de la escuela y lleva más de seis meses con un tratamiento de Flores de Bach.

Los tatuajes dicen tanto de la gente, una pequeña frontera separa el gusto por ciertos diseños, en este mercado orgánico abundan los mandalas, formas geométricas, cintas de Moebius o motivos prehispánicos, Quetzalcóatl se eleva en brazos, rodea piernas, bordea cuellos, se asoma de las blusas sin manga, se escapa del escote. Basta adentrarse al parque unos metros nada más, para contemplar a los corpulentos, ellos prefieren tatuajes de rostros, sus hijos, sus novias, sus madres, la virgen protectora y san Judas Tadeo, alguno más tiene a la santa muerte en el omóplato cuidando su espalda. Se ejercitan con el tórax descubierto. Para hacer sus series de bíceps se ayudan de viejos troncos de árboles talados.

Los gringos tienen la costumbre de besarse cuando una pareja es sorprendida debajo del muérdago, lo cierto es que esas hojitas no tienen nada romántico, en realidad son una plaga y han cobrado la vida de muchos árboles en la ciudad, pero el cadáver, hueco, sin vida, ha servido en este parque para hacer esculturas con formas de animales y como pesas para los hombres que entrenan ahí. No se trata de un gimnasio de Cross Fit, aunque existen muy cerca de aquí algunos donde también se ejercitan con llantas, piedras y troncos, únicamente que en ellos las mensualidades son mayores a los 1,500 pesos.

Las repeticiones de los corpulentos se basan en la parte alta del cuerpo, barras, abdominales y, los más avanzados, se exhiben como banderas humanas, ondean, suben y bajan algunos metros; quienes los contemplan, chiflan desde abajo. Dicen que el entrenador de estos atletas urbanos fue un boxeador famoso, no mencionan su nombre, sólo le dicen entrenador, mientras éste abraza su barriga protuberante y les grita a algunos que repitan la serie. Los más jóvenes esperan a que se vaya el entrenador para forjar unos cigarros de marihuana, reírse de los perros que van caminando y platican con el hombre asignado para limpiar la cancha.

El responsable de la limpieza de ese sector del parque, tiene como obligación quitar de los botes de basura las bolsas con caca de perros, barrer la cancha y cuidar las plantas que cada mañana aparecen pisoteadas. Es amigo de los corpulentos, platican a gritos de cualquier asunto político y social, al hombre le gusta hablar de los temblores, siempre quiere que un terremoto sea la conversación final, una mañana, tras ver un tuit en donde afirmaban que había aparecido un muerto en esa área, me atreví a preguntarle, mientras señalé las cintas amarillas con la palabra precaución.

—Oiga, ¿quién se murió?

—Uy pues fue un señor de esos que ya no tienen vida, estaba amarillo y temblando, le pedí a los mamadolores que me ayudaran a ponerlo en el sol, pero ya no despertó. Seguro fue la lluvia. En paz descanse —se quitó el sombrero de paja y siguió agachado removiendo la tierra—. Pero yo no me preocuparía por eso, usté preocúpese por el temblor que viene, ya una vez tiró todo lo que estaba aquí —señaló a un punto más allá del mercado, de la calle o de los edificios cercanos—, los que se salvaron en aquél, en éste que viene no se salvan. Óigame bien, la tierra está enojada.

—Ya cállate carnal.

—Tú qué, pinche vaquero —le respondió irritado a un corpulento que acariciaba a su pitbull.

—Pues de algo nos hemos de morir, ¿no? —me dijo para retomar la conversación.

El temblor da un nombre no oficial a ese parque, en los mapas se identifica como Jardín López Velarde, pero muchos le llaman “el parque de la muerte”, no está muy claro si es debido a que, con el derrumbe de los multifamiliares Juárez durante el sismo del 85, muchas personas murieron en los modernos edificios de Mario Pani y Carlos Mérida. Lo que hoy es la calle Toluca era un enorme paso a desnivel, debajo de los edificios. Ese jueves, a las siete de la mañana las modernas construcciones no soportaron el sismo de 8.1, familias que se preparaban para salir, no tuvieron tiempo de reaccionar y ese túnel se llenó de los escombros en donde muchas historias personales se iban mezclando. Días después, cuando descartaron que existieran más cuerpos sepultados, cuando los Topos ya habían bajado la cabeza, se demolieron los edificios más grandes, que formaban parte de lo que hoy es este parque. Algunos dicen que hay fantasmas que caminan de noche, y por eso las luminarias se funden a los pocos días de ser instaladas.

—A esos muertos, óigalo bien, les gusta lo oscuro.

—¿Pa’ echar la pasión? —le interrumpe el vaquero—. Ya no seas chorero, cabrón.

—Les gusta lo oscuro, óigalo bien, porque así los descubrió la muerte, en los escombros.

El parque ha tenido proyectos para rescatarlo, pero la bravura de sus verdaderos usuarios se resiste a esa conquista.

El temor de los temblores no es infundado y treinta y dos años después se actualizó con la nueva sacudida, la cancha de basquetbol es el punto de encuentro de una guardería del Seguro Social que colinda con el parque, las maestras aterrorizadas sacaron a los niños para que permanecieran sentados bajo los rayos de sol, ellas buscaron un tono cordial para cantar Pinpon es un muñeco, mientras sus rostros desencajados se aferraban a la sonrisa.

—Como lo hicimos en la mañana, ¿se acuerdan? —les decían con calma para referirse al simulacro de la víspera, el que habíamos hecho todos los capitalinos en memoria del mismo día, años antes.

Lo importante era frenar los llantos de los niños, que no se contagiaran unos a otros, se quedaron sentados haciendo figuras con las manos y sintiendo como la tierra crujía debajo de ellos.

Al lado de la guardería está un estacionamiento de camiones de basura, primero salió el escuadrón color naranja a intentar llamar por teléfono a los suyos, después esperaron instrucciones para irse. A unos metros está la parte trasera de la plaza comercial, en este nuevo terremoto, desalojaron rápidamente a usuarios y comerciantes, muchos no pudieron salir durante el temblor, algunas mujeres que estaban en el banco del tercer piso se resbalaban con sus zapatos de tacón en el suelo bien pulido. “Nos quedamos en el piso rezando y se me olvidó el padre nuestro”, tras las sacudidas intentaron incorporarse, unos y otros se abrazaron para consolarse de la realidad.

El terremoto volvió, como una terrible coincidencia.

Una de las salidas de emergencia de la plaza da al parque, a unos monumentos al rock mexicano, donde los indigentes duermen por las noches y aprovechan la oscuridad para soñar.

Hacia el corazón del parque se alza “La casita”, un pequeño centro que apoya con asesoría administrativa a migrantes que pasan por la ciudad en su recorrido a Estados Unidos, han decorado con murales de la bestia y frases de paz las paredes. Diariamente, cuando abren la casa, levantan la basura de alrededor y sacan una mesa plegable donde colocan sillas, la gente ahí platica, a veces muy quedito, como si dijeran secretos. Hombres altos de piel negra repasan sílabas en español; mientras que otras personas morenas y pequeñitas aprenden palabras en inglés; entran y salen con confianza, es su casa. parque-2

Algunas mañanas, clavados en los árboles que rodean este centro, he encontrado capullos de hilo color rojo, es común encontrar cajas con gallinas decapitadas, sapos negros con las patas atadas e incluso una enorme y redondeada cabra sin cabeza. Todos los animales son cascarones, huecos, desangrados.

—Señor, ¿no van a recoger el cuerpo de la cabra? —le pregunté al encargado de la limpieza de esa zona del parque.

—Ni dios lo quiera —se persignó—, porque tiene el mal, llámele a la delegación.

—Es competencia de parques y jardines —me respondieron por teléfono en la delegación.

—Le corresponde a la delegación —contestaron los de parques y jardines por correo electrónico.

—Es un riesgo sanitario —concluí en ambas comunicaciones, sin éxito.

Cuando apareció la cabra comenzaban las lluvias, fueron los boy scouts quienes usaron una cinta amarilla para que nadie se acercara al cuerpo que ya había cumplido tres días ahí tirado, las patas extendidas y rígidas, la panza redonda, sus pezuñas relucientes y dos enormes testículos ladeados. El cuerpo café fue acordonado y se recomendaba que nadie se acercara. No supe nunca quien lo cubrió con tierra y cal, pero no lo movieron de su lugar, existe todavía un montículo de ese cuerpo que no se ha desintegrado del todo. Sé de algunas personas que dejaron de cruzar el parque por terror a la cabra y es que, si se camina en una diagonal perfecta, una entrada del metro Centro Médico está al otro lado.

Se pasa por la reciente cancha de futbol rápido que, a dos días de inaugurada, con techos y alfombra imitación pasto, fue rápidamente intervenida con grafitis. Muy cerca, se ve una enorme edificación de cemento que se utiliza como resbaladilla, los fines de semana rentan tarimas de plástico a diez pesos para que los niños se diviertan deslizándose.

Como motivo principal está una fuente vacía que rodea el parque y se va llenando de agua estancada cada temporada de lluvias, más espacios que pretenden ser verdes y terminan pareciendo la piel sarnosa de un perro flaco.

En una banqueta amplia que da a la avenida Cuauhtémoc se pone un tianguis que antes estaba en Álvaro Obregón y fue reubicado; sobreviven algunos puestos de antigüedades, otros de pinturas, pero se amplió la oferta gastronómica en donde médicos de batas blancas disfrutan las garnachas para desayunar o comer. Varios puestos venden artículos chinos, masajes que alinean la espalda, accesorios para perros y ropa de paca. Fines de semana y días festivos este tianguis es fijo, una mujer chaparrita con el pelo teñido de rubio, cobra a cada puestero una cuota, también les piden cooperación para “El Jefe” una estatua de yeso de san Judas Tadeo a quien cada 28 del mes le hacen una misa.

La gente se va apropiando del parque, algunos ensayan pasos de baile en la fuente vacía, otros brincan de un lado a otro para practicar parkour, algunos más se reunían para la caza de pokemones porque había tantos cebos que podían quedarse por horas sentados al pie de una estatua que, si la ves de cerca, te das cuenta que se trata de un simio. No hay placa, sólo la cabeza de un simio sin nariz.

Por la noche, no muy lejos de esa área se ven personas que buscan las bancas para dormir, no son los indigentes usuales, sino familiares de enfermos que se encuentran internados en los hospitales que están cruzando la avenida. Una vigilia larga los obliga a buscar opciones y guardar lo poco que tienen para poder comer durante la espera, no saben cuánto será.

Ya lo dije, una diagonal perfecta y la gente que está en la explanada comprando comida orgánica podría conocer los puestos de la gente que está cerca del metro, pero hay una frontera imperceptible que divide ambos universos. Los mantiene alejados.

Lola, la perra mestiza, se encuentra con otros perros y juega a recoger ramas, mi amiga se escandaliza y le pide a su novio que le ponga el collar, que existen enfermedades que se transmiten los perros con sólo olerse, el terror es mayor si se topan con un paseador de perros que no parece tener mucho control de la veintena de animales variopintos que acarrea. El novio de mi amiga se apresura a terminarse el tamal vegano y tira la cáscara en el bote de basura metálico que ponen los dirigentes del mercado, es el único bote en muchos metros, para llegar a otro se tendría que caminar hasta la cancha de basquetbol.

Mi amiga compra un minúsculo pan libre de gluten y lo guarda para la tarde. Se despiden de mí y caminan hacia su coche compacto, se disponen a hacer 30 ó 40 minutos de regreso a su casa, pero ya tienen la comida saludable de producción local.

Por la tarde, los puestos se levantan y vuelven a llegar los indigentes que duermen al pie de una estatua de Benito Juárez, algunas personas sacan a sus perros a que caguen al pie de las palmeras, no levantan la caca, la oscuridad les permite mantener impune su delito, se quedará ahí hasta el domingo siguiente, cuando las personas del mercado orgánico limpien la explanada para la venta de productos orgánicos, ecológicos, agroecológicos, biológicos o en su caso biodegradables, muy pocos conocen la diferencia entre estas variaciones, lo cierto es que cada vez más personas de toda la ciudad vienen a pasar el domingo aquí o quizá no, quizá la Roma se caiga nuevamente por el terror de su terreno blando, algunos seguirán viniendo sin adentrarse a ese parque amenazante, a ese reducto que se resiste a la conquista de lo políticamente correcto, al “parque de la muerte”.

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Escrito por ILALLALÍ HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ

Escritora y editora independiente. Dirige una agencia de contenidos donde trabaja literatura, derechos humanos y servicios editoriales, incluyendo marketing, para sellos como MALPASO ediciones. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del FOECAH (2008 y 2017). Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió el libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Estado de Hidalgo (2014). Ganadora del primer concurso de cuento Ricardo Garibay por el libro El recorrido por la mansión del Conde. Autora de Cuentos de 6 líneas con dictamen, textos basados en el I Ching y participante de varias antologías. Co autora de La vida Sexual de PJ Harvey. Colaboradora en diversas revistas nacionales y extranjeras.