Al niño le pareció que lo de Punta Gorda era un invento del padre, así que apenas se acomodaron en los asientos del ómnibus le volvió a preguntar hacia dónde iban. El padre le habló de esa tía lejana que para el niño solo era un nombre difícil de recordar. Algo dijo de la venta de una propiedad y de unos pesos que iban a venirles bien. Enzo pareció interesarse cuando su padre habló de la costa, de la costa incluso de otro país, que podía verse a lo lejos, en la disposición de un montón de islas verdes que no parecían islas y que, por el contrario, cualquiera creía ver en movimiento. Enzo preguntó si tenían perro, si había un aljibe –una tarde en lo de sus abuelos se había insolado gritando palabras que se repetían en las sombras– o árboles con frutas. El padre dijo que podía ser, que cada una de esas cosas podía ser. Confesó haber ido solo una vez a ese lugar, en su infancia, y la confesión incluía el vago recuerdo de una fotografía manoseada donde predominaban los verdes y los blancos. El niño se durmió en el camino. El padre observó su pelo crecido, humedecido en las puntas, y se detuvo en la mano diminuta que se contraía cada tanto. Quiso convencerse de que se debía a la vibración del motor. En los últimos meses había pasado horas mirando dormir a su hijo. No quiso aceptar esos movimientos que unas veces hacía con las manos y otras con la cabeza, pero sobre todo no pudo entender esa costumbre de levantarse y caminar por la casa en plena noche. Abría y cerraba puertas, se sentaba en el centro del comedor o en el escalón frente a la puerta de calle, mientras mordía palabras con los ojos abiertos.
Al otro día, Enzo no recordaba la noche.
El padre apretó la mano del niño entre las suyas. Dormitó, interrumpiéndose a cada rato para volver a mirarlo, para secarle la cara con la punta de la camisa, para observar que la otra mano, sobre el cuerpo comprimido, también daba saltos: se contraía, se relajaba. Parecía el pico de un pájaro la mano diminuta, y el padre, sofocado también, llegó a creer que soltaba palabras, que unas veces tenían origen en el chirrido de los asientos delanteros y otras en el constante zumbido del motor. Cuando llegaron a Nueva Palmira el padre lo despertó. Enzo dio un salto. Se había mordido el labio y una herida del tamaño de un garbanzo asomaba en la boca. El niño llevó la punta de la lengua hacia ese lugar. Dijo que tenía la boca seca. El padre le ofreció una pastilla y guardó el paquete en el bolsillo de la camisa. El niño repitió el nombre de la tía del padre mientras lo seguía por el pasillo.
En una despensa donde se detuvieron a pedir agua fresca encontraron un hombre que prometió acercarlos. Habló durante todo el viaje. El padre de Enzo siguió la conversación por compromiso, comentando cada tanto alguna cosa. Enzo confesó que caminaba dormido y que nunca hubiera creído que un lugar pudiera llamarse Punta Gorda. Intentó que la ene apenas sonara. El hombre rió con ganas.
Los dejó en la puerta de la casa, en lo alto del barranco, desde donde podían verse el río y una decena de casas dispuestas a lo largo de la costa. Enzo abrió grande la boca. Recorrió las ramas más altas de los eucaliptos, buscó los pájaros que parecían recién encendidos aunque el sol estuviera alto.
Golpearon a la puerta. A Enzo no le gustó la cara de la tía. Quiso esperar para más tarde pero no pudo aguantarse, y quieto, extendiendo el cuello para recibir un beso húmedo, cerró los ojos y contuvo el aliento. La mujer podría haberlo escuchado si no hubiera estado hablando de lo contenta que estaba de verlos. Enzo confesó que no le gustaba el olor que tenía esa mujer. Dijo que tenía olor a goma, pero el padre –haciéndolo callar con un gesto– sabía que ese olor no tenía que ver con la goma sino con el abandono propio de la vejez. La mujer fue mostrándoles la casa. Se detuvieron en una terraza que daba al río. El cardenal trinó. Enzo pidió una silla para alcanzar la jaula y poder verlo de cerca. Como la mujer simuló no escucharlo su padre lo levantó, sosteniéndolo de la cintura. Se detuvo en el color de la cresta y continuó hasta el blanco en el centro del pecho.
La mujer los invitó a entrar y sentarse a la mesa. Enzo quiso seguir mirando el pájaro pero el padre dijo que no podía sostenerlo por más tiempo y que era hora de almorzar. El niño dio dos saltos intentando permanecer en el aire el mayor tiempo posible. Resignado entró en la pieza –le costó pasar de la luz a las sombras, se tambaleó en el camino– y preguntó si tenían un aljibe.
Rosaura le dijo que no tenían aljibe, que era raro ver alguno por ahí. No se detuvo su imaginación en la posibilidad de gritar o dejar caer piedras desde lo alto, y fue hasta el fondo para detenerse en el agua y establecer la relación con el río, hablándole de los peces que podían sacarse con una cuerda y una aguja torcida. Enzo le preguntó si ese pescado que estaban comiendo lo había pescado ella misma. La mujer sonrío.
–Antes sacaba unos dorados de este tamaño –exageró, abriendo los brazos en el largo de la mesa.
–¿Y cómo los mataba? –insistió Enzo, soplándose el mechón de pelos que le caía sobre los ojos.
–Con un cuchillo de este tamaño –y volvió a llevar los brazos al mismo lugar.
El padre sirvió limonada para los tres. No supo si en algún momento debía empezar él mismo a hablar de la venta de la casa o si lo haría la mujer en medio de la tarde, mientras Enzo se embarraba las manos en la orilla. Tampoco se animó a preguntarle si esa noche podían quedarse a dormir ahí o si debían volverse a última hora, contando con la suerte de que algún vecino los dejara en el pueblo antes del último coche. Sonrío imitando a la mujer, guiñándole un ojo al hijo que lo miraba asombrado recoger los platos y acomodar los restos de uno sobre el otro pese a que la tía se negara con un gesto.
El rato en el que tomaron café la mujer habló de esa casa donde habían crecido con su hermana. Enzo, sentado en la terraza, le hizo morisquetas al cardenal, chifló con dificultad y abrió y cerró las manos a la altura de la jaula. Insistió con la idea de bajar al río hasta que el padre lo vio correr por el sendero y sacudir una cañita de pescar que le ofreció la mujer. La carne en el anzuelo se volvió gris. El niño se detuvo en ese detalle y cuando observó el bailoteo de la boya se levantó el sombrero de paja que le cubría la cara y gritó mirando hacia la terraza:
-¡Papá! ¡Tenés que ver esto!
El padre extendía el pulgar que en perspectiva tenía el mismo tamaño que su hijo. Oía a la mujer invitándolos a quedarse. Ya había dicho que el escribano se había quedado con un poco más de lo que debía, porque era un trámite complicado. La suma era buena, de cualquier manera, y la necesitaba. De otra forma no hubieran hecho ese viaje.
Cenaron a las ocho en la terraza. Enzo preguntó porqué el pájaro no cantaba de noche. La mujer le explicó las razones y lo dejó subirse a un banquito de madera para mirarlo por última vez. Después cubrió la jaula con una tela verde y se metió en la casa. Enzo acercó un encendedor a la jaula esperando que el pájaro trinara. Su padre lo vio desde el sillón del comedor y se acercó a sacárselo. Miró el encendedor plateado. Se vio a sí mismo en el reflejo. Le preguntó dónde lo había encontrado y el niño le respondió que lo había traído de la playa. El padre guardó el encendedor en su bolsillo y echó el aire de un golpe. Enzo giró sobre sí mismo para entretenerse con dos mojarras que daban vueltas en un balde de plástico y a las que podía ver de a ratos, dejándolo en claro con un gritito que acababa frotándose las manos.
Cuando cayó el sol el padre sintió crecer la angustia que lo perseguía desde hacía unos meses al encender las luces de la casa. La primera de esas noches había dado un salto al no verlo en su cama. Recorrió  uno a uno los cuartos, salió al patio y le preguntó seis veces qué estaba haciendo. Levantó la voz la tercera y la cuarta. Las últimas dos veces se lo preguntó en un susurro, apiadándose del niño cruzado de piernas sobre la silla, con una mano sobre cada pie. Algunas otras veces se repitió el trastorno pero entonces él estaba preparado. Ya no dormía como antes. Cada noche se despertaba dos o tres veces a mirarlo. A veces el niño se incorporaba en la cama, decía una frase incomprensible y caía fulminado. Otras, él debía seguirlo, esperar en el baño que se subiera al inodoro para mirarse en el espejo del botiquín sin mover un músculo, como si estuviera admirando su rostro allá adentro, allá abajo, en el fondo del aljibe.
La mujer le dio dos juegos de sábanas y una colcha. El padre las estiró sobre el sillón del living y sobre la colchoneta que había acomodado en el piso. Ella se despidió asegurándose de que la puerta de la terraza estuviera cerrada. El padre dejó una veladora prendida junto al sillón. Se despertó varias veces en la noche, entró en escena, buscó al niño, lo encontró y volvió a dejarse ir. La última vez lo despertó el frío. No encontró a Enzo en la colchoneta y se levantó de un salto. La cortina de la ventana que daba a la terraza se movía con el viento. El padre salió a la terraza y entró a la pieza en un mismo movimiento, buscó en el baño, en la cocina. La puerta del cuarto de la tía estaba cerrada. Salió a la terraza de nuevo intentando no hacer ruido. El olor dulce de la noche le golpeó la cara. Sintió otro olor, ácido, en el fondo, que no supo reconocer. Temblando miró hacia abajo. Se subió al muro y se dejó caer sobre los arbustos. Caminó entre los árboles hacia el río. Enzo, Enzo, susurraba al principio. Después gritaba el nombre de su hijo. Iba acercándose a la costa.
Lo encontró sentado en la ribera. Tenía las piernas cruzadas y las manos apoyadas en las rodillas. Aunque mantenía el tronco erguido el mentón le caía sobre el pecho. Lo ayudó a levantarse agarrando fuerte la mano que temblaba. Caminaron entre los árboles. El padre miró con impotencia el balconcito, las ramas de los árboles. Dieron una vuelta alrededor de la casa. El padre se sentó en la puerta, recostando al niño sobre su pecho. Enzo temblaba y él lo estuvo cubriendo con los brazos hasta que la luz empezó a asomar y los pájaros se dejaron ver entre las ramas. El niño se despertó con el grito de la tía, un grito largo al que fue agregando otros más cortos. No la vieron tironearse de los pelos ni dar vueltas mientras flameaba su camisón. Cuando el padre golpeó la puerta y ella les abrió cerrando los puños y agarrándose el pecho, caminaron uno detrás del otro a la terraza. El niño fue el primero que vio el pájaro en el centro de la jaula. Era un carboncito que tenía el largo de una goma de borrar. En la palma de su padre parecía una piedra, de la que salían dos alambrecitos ennegrecidos.

Escrito por Horacio Cavallo

Horacio Cavallo, Montevideo, 31 de diciembre de 1977 Es narrador y poeta. Entre otros libros ha publicado: Invención tardía, novela, Estuario editora, 2015; El silencio de los pájaros, relatos, Alter Ediciones, 2013 (Premio Nacional de Literatura, 2015); Fabril, Novela, Trilce 2010, Premio Fondos Concursables 2009; Oso de trapo, novela, Trilce 2008, Premio Municipal de Narrativa, IMM, 2007. En poesía: La mañana olvidada, Melón editora, 2014; Descendencia, Ediciones del Estómago Agujereado, 2012; y El revés asombrado de la ocarina, Ediciones de la Crítica, 2006, Premio Anual de Literatura, MEC, compartido. En Literatura Infantil: Hojas de otoño, Pez tirolés, 2016, Premio Fondos Concursables 2014. Autoría del texto. Diseño e ilustraciones Denisse Torena. Figurichos, Ediciones de la Banda Oriental, 2014. Premio Bartolomé Hidalgo de Álbum ilustrado. Autoría del texto. Diseño e ilustraciones de Pantana y El diario ínfimo de Nicolás, Montena, 2017, ilustraciones de Leo Silva. Integra varias antologías, tanto en narrativa como en poesía, de las que destacan: Padres sin hijos, Traviesa, curada por Alejandra Costamagna; Sobrenatural, Estuario editora, 2012; Entintalo, Centro Cultural de España en Montevideo, 2012; Cajita de música, Poetas de España y América del siglo XXI, AEP, Madrid; Me Usa, brevísima antología arbitraria Perú-Uruguay, Paracaídas, LP5. Ha colaborado en las publicaciones: Brecha, la diaria, lento, 60 watts, Qué pasa y Revista Viernes (Chile), Diario de Poesía (Argentina), Arcadia (Colombia), Coal City Review (Estados Unidos), Versal (Holanda)… Participó de Festivales Literarios en Venezuela (EEPA, FILVEN 2008), México (Vértigo de los aires, 2009. FIL Guadalajara, 2016), Brasil (Festlatino 2009), Bolivia (Feria Internacional del libro de La Paz., 2014) Chile, (Primer Encuentro de Escritores e Ilustradores en la región de los Ríos, Valdivia, 2013, FILBA Santiago, 2015, FILSA 2015) y Uruguay (V Encuentro de Escrituras, Maldonado, Festival Eñe América 2011, Mundial poético de Montevideo 2013, Gusto tuyo 2012, FILBA, 2014, FILBITA 2015) Algunos de sus trabajos pueden leerse aquí: www.horaciocavallo.blogspot.com