Mira —me dice— todo acto profundo (y no es necesario que tú mismo seas profundo para realizar un acto profundo) es inmemorial.

Hegel y yo, José Revueltas.

What was the start of all this?
When did the cogs of fate begin to turn?
Chrono trigger

Para Fernanda Correa, porque estas son sus palabras y esta su mirada.

Sé que hay algo perdido, algo que no está en mi cabeza y sin embargo pasó. ¿Dónde, dónde? Porque sé que hay una ausencia, algo que no logro recordar y precisamente por eso duele: un dolor fantasma.
Pudo haber sido en Pachuca, sea. Pachuca es una ciudad pequeña, encerrada en sí misma, de calles polvosas y un viento que se pega a la piel y las ropas, pero no, no fue ahí: lo sabría, aunque de Pachuca no recuerdo gran cosa. A pesar de que llegamos temprano, y de que la ceremonia de pesaje sería al mediodía, no salí del hotel para nada. Eso es como no conocer una ciudad: visitar sólo sus hoteles o supermercados es no conocer nada, o peor, es decir que ya estuviste ahí pero no recuerdas cosa alguna: una memoria fantasma, una amnesia que te crece afuera del cuerpo y poco a poco te va invadiendo, se filtra en ti. Pudo haber sido ahí, aunque no estoy seguro. Tengo mala memoria con las cosas que no se me pegan al cuerpo, con las que no tengo contacto, las que no puedo tocar.
—Necesitas sentirlo, ver hacia dónde se jala la articulación; el punto fino.
Román me mira cada que entrenamos, justo como me mira ahora, que estamos aquí en su casa, quietos en la sala. Pero no sólo me ve: me mira, me observa; siento que se imagina los músculos, la carne, la sangre. Él es quien se dio cuenta de que las cosas que no siento, las cosas que no me duelen, no las aprendo. Mis músculos son mis ojos, mis oídos, mi brújula en este mundo. Quizá por eso, porque no me rozó tanto la piel ese aire, ese polvo (el polvo, aserrín que dejan los días al talar los montes, los edificios, las piedras de cada parte del mundo) es que no logro recordar Pachuca y que no puedo saber si ahí está ese pedazo de memoria que parece faltarme. Puede ser eso.
Pero no, no fue en Pachuca. Me acordaría si hubiera sido ahí, tendría ese hueco en la memoria plagado de polvo, plagado de aire, un pequeño remolino dándome vueltas en la cabeza, y entonces sabría que ahí pasó eso que intuyo.
Pero en Pachuca no fue, de ahí tengo bien claro el recuerdo: gané dos veces, una en mi categoría y otra en el absoluto, contra un tipo que me llevaba más de 20 kilos, un tipo que era como el aire de esa ciudad: estorboso, se pegaba mucho y no te dejaba hacer gran cosa. No proponía, era más bien defensivo y desde el principio del match llamaba a la guardia, le gustaba trabajar desde abajo y ni siquiera trataba de raspar. Gané por puntos con él, ninguna sumisión llegó, a diferencia del tipo de mi categoría, a quien rendí con un Kimura. Pero no fue ahí.
¿Ciudad Obregón? Digamos que fue ahí, en Ciudad Obregón, que ahí pasó eso que no logro recordar del todo. Un pedazo de carbón que no se apaga, calles larguísimas, donde el asfalto parece que formará olas de un momento a otro de tan caliente: eso es Ciudad Obregón. Pudo haber sido ahí, claro, no sería extraño, puede que el sol derrita los recuerdos y entonces se vuelvan un líquido caliente que se te escurre hacia las demás memorias y de pronto creas que eso que pasó ahí en realidad pasó en algún otro lugar, a lo mejor es eso. Esto que no se deja recordar pudo haber pasado en Ciudad Obregón y no hay manera de saberlo, o a lo mejor no pasó ahí y esta opresión en el pecho es sólo el calor y el recuerdo del viaje incómodo que hicimos. Más de veinte horas en la camioneta, con el aire acondicionado a todo el calor que podía dar, y yo con doble sudadera, arrebujado en el asiento trasero, sintiendo cómo el cuerpo se me hacía mar, salado y bravo, caliente; pleamar y marea alta entre la piel y las sudaderas, y en el cerebro la imagen de la báscula también alucinante, intocable de tan caliente. Y a un lado, siempre como una sombra en cada recuerdo, ella.
—Trata de dormirte, va para largo —me decía de vez en cuando Román, sin darme la cara, viéndome a través del espejo retrovisor, mientras frente a nosotros, pegado al parabrisas de la camioneta que nos prestaron para el traslado, el paisaje no se dejaba agarrar del todo.
Pero quién puede dormir cuando se está volviendo agua y sal, quién puede dormir cuando cada glándula sudorípara está bufando, a marcha forzada; quién puede dormir cuando es una eliminatoria nacional y se está jugando un pase para algo más. Yo no.
Llegamos al hotel cuando aún no amanecía. El filo de los edificios parecía incendiarse con el sol que se levantaba allá a lo lejos, y de pronto la ciudad parecía un vitral que no terminaba de enfriarse; una ciudad de avenidas larguísimas, donde los edificios parecían nunca acabar de crecer. Luego, al entrar al cuarto del hotel, después de que Román rechazó el control para el aire acondicionado (para que no nos diera tentación de usarlo) empezar a hacer ejercicio, con doble pants, doble sudadera, toallas metidas aquí y allá, como si la vida fuera un carro que cada vez aceleraba más y me hubieran envuelto para no reventar en el choque contra la mañana.
—Nos quedan tres horas para la ceremonia del pesaje. Dale más.
Sentir los huesos flojos, nadando entre la carne que se derretía, entre la sangre que se hacía delgadita como hoja de papel, y tener que dar más y más. Para qué hablar de que descuidé el peso los meses anteriores, para qué hablar de que falté a un par de entrenamientos, para qué hablar de que dejaba el teléfono vibrar y vibrar sobre el buró, sobre la cama, sobre la alfombra, mientras el nombre de Román brillaba en la pantalla y yo seguía metido en la habitación del hotel con Fernanda, con su cuerpo caliente al lado, con su cuerpo como rescoldo quemándome las costillas, de donde se supone que me la sacaron hace no sé cuánto; un pedazo de vida hecho mujer, hecho furia, brillante de nuestro sudor, salina y palpitante. Porque eso era ella: un incendio menor, una lumbre. Era, es: cuando se trata de ella, el tiempo pierde toda dimensión y no le caben presente y pasado.
Pero no, no fue en Ciudad Obregón donde pasó esto que no puedo recordar. Di el peso, pero me tuve que cortar el cabello, me tuve que rasurar la barba, me rasuré el pubis: de haberme podido quitar un pedazo de carne me lo hubiera quitado, pero bastó con afeitarme todo lo que podía, devastar hasta el último rincón de pelo en el cuerpo. Pero di el peso, logré llegar al podio (segundo lugar) y de lo demás no hay mucho qué decir.
—Lo que pesa, lo que no me está dejando llegar al límite del gramaje, es ella, Román, te lo juro que es ella —le decía en el cuarto del hotel, tirado a un lado de la regadera, envuelto en toallas y cobijas, con la llave del agua caliente abierta para que saliera más vapor y hacer de aquel cuartito de azulejos un sauna, para exprimirle hasta la última gota de agua al cuerpo.
—Porque también es agua —seguía pensando en ella como una estatua de fuego macizo—; agua con lumbre.
A lo mejor Román sentía que estaba alucinando, que la falta de líquido le había cortado la forma a mis pensamientos y que lo que estaba diciendo eran incoherencias, o a lo mejor ni siquiera quería hablar de ella y de lo que representaba para mí, porque nos estaba alejando de Abu Dabi, a donde queríamos llegar.
Pero de Ciudad Obregón puedo decir esto: logré calificar. A pesar de la deshidratación, a pesar de no estar en mi mejor forma, pude calificar, y Román, por un momento, se olvidó de echarme en cara todos los errores que había cometido las semanas anteriores. El primer triunfo fue dar el peso, lograr la deshidratación sin lastimarme los riñones, sin perder demasiada fuerza. El cuerpo sabe que es agua, por eso no se deja deshidratar más allá de lo necesario, pero me dio permiso, me dejó llegar al límite de la división y continuar. Puede ser que haya sudado un poquito a Fernanda, como sacarse el veneno, como soltar lastres, y por eso logré vencer la báscula y participar en el torneo sin pensar demasiado en ella.
—Tú que eres doctor —me dijo Román, al volver del torneo— sabes que no puedes estar dando el peso así todas las veces, sabes que te vas a terminar quitando años de vida. No quiero que sigamos así, con esta indisciplina. No voy a permitir que cortes tanto peso en agua para la próxima, por tu bien.
Doctor, qué palabra. En la boca de Román suena fría, como si estuviera escupiendo un pedazo de nieve; en cambio cuando el aire pasa por los labios de Fernanda, y se recorta en esa precisa palabra, suena cálida, tibia, como un jirón de sueño. A veces, cuando la noche nos llovía encima, encerrados en la misma habitación de hotel de siempre, me preguntaba qué significaba para mí el poder entender cómo lastimar a alguien y cómo curarlo. Le contestaba que nunca lo había pensado así, que en realidad nunca me había detenido siquiera a consultarlo conmigo mismo.
—Eres como un relojero —me susurraba, con la cara contra la almohada, el cuerpo turbiamente dibujado contra las sábanas y la oscuridad deslavada —que sabe armar y desarmar un reloj sin mayor complicación, pero los relojes aquí son el cuerpo.
Y entonces miraba con detenimiento mi mano, mientras la paseaba por la orilla de su carne, como si la leyera con la yema de los dedos, un ejercicio de ceguera, un ejercicio de hambre. Y lo que había en su mirada, en la foresta líquida de sus ojos, no sé si era miedo o curiosidad; sin duda, inefable. Y siempre, detrás de nosotros, adherida a la ventana, la ciudad.
Ahora que hablo de ciudad, ¿no fue en Ciudad de México? ¿Fue aquí mismo y no me acuerdo? Podría ser, ya no estoy seguro de muchas cosas. Ya habíamos pasado algunas pruebas, ya habíamos vuelto de algunos torneos y de pronto la posibilidad de calificar a los trials para Abu Dabi no se veía tan lejana, pero Román me decía que no pensara en eso, que lo de la visión a largo plazo se la dejara a él, que yo me ocupara de los detalles pequeñitos, los que, como él asegura, acaban por formar los detalles grandes.
—Como las goteras en los baños —me dice Román, con el mismo tono de voz de las conversaciones que teníamos luego de entrenar, cuando nos quedábamos a platicar sobre el tatami —que uno podría pensar que no son gran cosa, que no logran hacer nada, y mira cuánta agua se puede desperdiciar en una gotera, o qué tan molesta puede llegar a ser: acaba por tirar la noche, por tirar el sueño: por tirar un matrimonio.
Nunca le he preguntado a Román si su matrimonio empezó a caerse por una gotera en el baño, o si esa agua, juntada poco a poco, sólo remojó el terreno de por sí endeble de su relación. No es que quiera saber, pero a veces, de tanto pasar tiempo con tu entrenador, se acaba por volver algo así como tu amigo, y entre los amigos de repente se escurren cosas, se escurren palabras, así como no queriendo, y te acabas por enterar de asuntos que ni siquiera sospechabas, o sospechabas y no querías saber con certeza.
—Mira —me comentó una vez, cuando nos quedamos solos en el gimnasio, y por las ventanas del lugar se escurría la ciudad y terminaba por medio reflejarse en la lona del tatami— no es casualidad que tenga horarios abiertos desde la mañana hasta la noche: a qué llegar a una casa donde no te espera nadie, o peor, alguna vez alguien te esperó y ahora no hay nada. Los huecos son peligrosos, tú lo sabes, no hay que dejar huecos al rival para que se te meta y haga lo que quiera y hasta acabe pasando guardia o tomándote la espalda. Que no haya huecos en el horario.
Román (me lo confiesa ahora) cada vez duerme con más frecuencia en el gimnasio.
—Para qué llegar a esta casa, está llena de huecos: su lado del closet, aquí donde estaba la sala también hay un hueco; el lado izquierdo del portarretratos: en fin, que se llevó hasta al perro. A qué me quedo a dormir: en la noche te brincan las sombras, se te suben y pesan como no tienes idea. Tú sabes lo que cuesta respirar cuando tienes a alguien encima, imagínate eso toda la noche, todas las noches. No, para qué regresar aquí.
Le digo que entiendo, aunque en realidad no lo pude entender (y él, en realidad, parece no esperar respuestas, sólo vacía sus palabras en mí, me usa para no sentir que le hablaba al aire). Y durante todo este tiempo que me contó sobre su esposa, sobre lo que alguna vez fue su matrimonio, yo imaginaba a Fernanda, colocaba su cara en las escenas que Román describía: Fernanda en el supermercado; Fernanda en la playa, con los pies salpicados de arena blanca como ralladura de sal; Fernanda, divertida al principio, luego molesta, pidiendo que reparara la fuga de la llave del lavabo. Fernanda un día sin estar, sólo su sombra corriendo por los cuartos ahora un poco más vacíos, mientras en la barra de la cocina (quizás, por eso, Román no dice “barra de brazo”, “barra de rodilla”, sino “palanca de brazo”, “palanca de rodilla”) un papel blanco donde se leen palabras como “despedida”, “este tiempo”, “es lo mejor para todos”, ondea en medio de la casa, que se ha vuelto un barco despedazado flotando a la deriva, a la mitad de los días.
Fernanda. A veces me pregunto qué hacía durante mi ausencia, en qué se gastaba los días mientras yo estaba lejos, y no hablo de cuando estaba en algún otro estado, tratando de calificar en los torneos que me llevarían a los trials para Abu Dabi, sino de qué hacía en ese tiempo antes de que nos conociéramos. A veces me pregunto si existió antes de que nos viéramos, si en algún punto de la ciudad, del mundo, alguien la recuerda o la extraña, alguien le guarda un rencor profundo o llora al decir su nombre.
Y de lo otro, del tiempo, de su tiempo, y cómo lo gastaba durante mis ausencias (ahora sí, después de que nos conocimos) aunque nunca se lo preguntaba, ella me decía todas las cosas que había hecho durante el tiempo que no nos veíamos. Me hablaba de sus largos paseos por Alameda, de su manía de mojar los pies en las fuentes, de arrancarle hojas a uno de cada diez árboles junto a los que pasaba. La imaginaba siempre risueña, siempre en movimiento mientras todo lo demás permanecía quieto, como si la ciudad se tratara de un álbum fotográfico y ella fuera lo único que se movía sobre una serie de imágenes estáticas en sepia. Fernanda.
¿Dónde la conocí? ¿De dónde salió? ¿Es eso lo que no puedo recordar y que me tiene así, lleno de dudas, entre enojado y triste? Pudo haber sido en Pachuca, que era un animal de arena que se desmoronaba cada que intentaba ponerse de pie, o pudo haber sido en Obregón, donde el aire era vidrio derretido. O pudo ser Michoacán, con su aliento a viejo y esa sensación de que el futuro es una mentira. ¿O fue Guerrero, en aquel pueblo donde parecía que el tiempo era una promesa más que el ayuntamiento nunca le cumplió a la gente, donde todo avanzaba apenas? ¿Fue ahí donde conocí a Fernanda y por eso de pronto la traía pegada a los pensamientos? Alguna vez quise preguntarle a Román si él sabía, pero no quería que nadie supiera que existía Fernanda: me la hubieran hecho un poquito menos mía. Lo que sí le pregunté era si conocía la sensación.
—Las cosas que se han aprendido muy bien, demasiado bien —me dijo alguna vez, mientras rolábamos, en una preparación para algún torneo— pasan a otra parte del cerebro o del corazón, no sé bien dónde se guarden los recuerdos. Y en esa parte están las cosas que, de tan cotidianas, de tan naturales, no puedes rastrear en el pasado, no sabes ya recordar de dónde salieron y es imposible decir si alguna vez no estuvieron ahí.
Puede que sea eso, que Fernanda está tan adentro que ya me es imposible darme cuenta si alguna vez no estuvo. Y a pesar de que sé que no tiene ni un año que nos conocemos, sería capaz, si me lo propongo, de recordar que estuvo ahí cuando éramos niños, que alguna vez la vi en un jardín o parque, que jugamos juntos mientras nuestras madres esperaban su turno en el consultorio familiar del pueblo, o que miró desde las tribunas el primer torneo al que asistí y en el que gané por barra (palanca) de rodilla, aunque luego me descalificaron porque aún era cinta blanca y esos movimientos son para cintas avanzadas. Pero no lo hice a propósito, solo que cuando roleo pierdo la noción del tiempo y de las cosas; siento que mi cuerpo se mueve por sí solo. A lo mejor es eso lo que no recuerdo, de dónde salió Fernanda. Pero si es cierto lo que dice Román (y le creo, ¿por qué no habría de hacerlo?) entonces va a ser imposible recordar de dónde salió.
Pero sí, digamos que todavía puedo ubicarla un poco (es decir, no está tan adentro como pienso) y que todo pasó aquí en Ciudad de México, que es un chapoteadero de luces y concreto, una ciénaga de voces y ruidos, de carne en todas sus facetas. Fue aquí donde conocí a Fernanda, con sus grandes ojos de vidrio verde, su voz suave, sus manos que se meten tan hondo que tocan el pasado y que fue aquí donde descubrí su capacidad de sudar apenas se le toca. Eso le envidio, que sude como si estuviera más adentro de su piel de lo que estamos los demás, más al centro del cuerpo, que es caliente y violento, y que eso que veo, esa Fernanda precisa, es un edificio de piedra ardiendo donde vive la otra Fernanda, larga y blanca, como una amnesia, a la que no creo conocer del todo.
—¿Qué sientes cuando luchas? —me preguntaba a veces, del otro lado de la cama, con su piel de neón salino pintada por la ciudad a través de la ventana del hotel, mientras más adentro de sus ojos había algo que no sabría explicar.
¿Qué decirle? ¿Que esto no es lucha, aunque se parezca? ¿Qué el jiujitsu es suave, apacible, pero no por ello menos duro que la lucha, por ejemplo? Y entonces me quedaba callado, imaginándola toda sangre, toda músculo, las fibras de su cuerpo como cadenas de un barco que avanzaba por la bruma de los días, con el pecho lleno de engranajes rojos y violetas y una sirena que no se callaba al fondo del bosque de agua en su mirar.
—No siento nada, a lo mejor por eso lo hago —le contestaba a veces, cuando la veía levantarse de entre las sábanas, como una ola que se destruye para volver a ser ola, como una neblina que se levanta de entre los escombros de la madrugada para volver a ser neblina, y luego recogía sus ropas y se iba sin decir nada más.
—Como si no fuera yo el que lo está haciendo —agregaba—como si yo mismo me viera desde algún punto de afuera de mi cuerpo y no pudiera intervenir. Y a veces ni me acuerdo de lo que hago hasta que Román me señala en lo que fallé y lo que hice bien.
Pero haya empezado donde haya empezado (y como haya empezado) lo cierto es que Fernanda es, un poquito como el mar, imposible de rastrear su inicio (si es que lo tuvo) pero es, y no se acaba. Y he pensado que ojalá existiera una forma de atraparla en ese preciso momento en que se mueve entre ser y no ser, en que se escurre de mis manos como un golpe de agua, en los que parece ir y venir entre el mundo y la ausencia, y que de esa forma no pudiera irse más. Debe existir la forma.
Mas no, no es eso lo que no recuerdo, no es eso lo que no me queda claro y me hace preguntarme qué sucede. A lo mejor, no sé, todo esto es un recuerdo, un fantasma, la reminiscencia de algo, y todo esto lo pienso desde la orilla de alguna calle oscura, larguísima, que no lleva a ningún lado. Es decir, estoy muerto (porque esto que no recuerdo, estoy seguro, tiene que ver con morir) y esto que pienso, este no recordar es precisamente eso, mi muerte. Puede ser. Y cuando se lo pregunto a Román, cuando me atrevo a decirle lo que pienso, me mira y sonríe, como si hubiera dicho algo estúpido, aunque luego su rostro cobra seriedad y hasta preocupación.
Puede ser eso, que morí y nunca me he dado cuenta, y nadie se ha tomado la molestia de decírmelo, porque esto (la amnesia que siento crecerme en alguna parte) bien pudiera ser la muerte o algo que se le parezca, como el olvido.
—El premio tiene que ser nuestro este año.
Recuerdo la voz de Román diciendo eso, y luego le brillaban los ojos, no por el dinero, no por el auto, sino porque ir a Abu Dabi, calificar para Abu Dabi, ya era en sí un triunfo. Y lo veíamos cerca, como una posibilidad. Faltaba Costa Rica, claro, y apenas un par de torneos aquí en México, pero pensábamos ya en Abu Dabi.
¿No será eso lo que me hace preguntarme qué sucede, lo que me tiene así? ¿No será que el tiempo está en esa parte de la memoria de la que habla Román, y Abu Dabi ya pasó y aún no lo recuerdo? O lo sé, justo antes de que pase, porque es una certeza.
¿Y cómo será Abu Dabi? No imagino sus calles, no imagino nada de ahí (aunque no debo, quizás: basta que me imagine qué harán a quienes enfrente ahí, y sea capaz de resolver el acertijo que representa cada cuerpo dispuesto a someterme). Lo que sí imagino es a Fernanda por esas calles (que se me figuran quietas y sepia como las de Ciudad de México de la que me habla ella) avanzando impasible, siempre a un ritmo (el suyo); Fernanda como un puñado de estorninos en el cielo, haciéndose y deshaciéndose, levantándose de las ruinas de quien fue ayer, porque ella nunca permanece.
—No será este año cuando perdamos —me dice Román de pronto, como si me hubiera estado leyendo los pensamientos (a lo mejor no sólo se asomaba al cuerpo por dentro, también a lo que pienso y siento).
Y me lo dice ahora, aquí, en este momento. No antes ni después, no es un recuerdo: es presente.
—Pero sí iremos —continúa—queda tiempo,
—¿Y Costa Rica?
—¿Qué pasa con Costa Rica? —me pregunta —¿sigues pensando en Costa Rica, ahora? Eso ya quedó en el pasado, ahora sigue Abu Dabi: calificamos, no me digas que sigues pensando en Costa Rica cuando ya lo que viene es Abu Dabi.
Quiero saber sobre los trials, sobre el clasificatorio, sobre los demás torneos que nos faltan aquí en el país y después calificar. Y se lo digo.
—¿Qué falta? —me dice de pronto— no falta nada, ya está asegurado el pase, nos vamos en unos días.
—¿Y qué pasa con Fernanda? —le pregunto al fin, después de que su silencio se extiende infinitamente.
—¿Que qué pasa con Fernanda? —repite, y parece que trata de encontrar las palabras exactas, el detalle, como es su costumbre —Qué pasa con Fernanda.
—Sí, eso pregunto.
Estamos en su casa, a la que, quizás, nunca había venido. Y entiendo por qué no quiere estar aquí: hay demasiados recuerdos flotando en el ambiente. La memoria, la nostalgia, tiene cuerpo, y se adhiere a las paredes. Uno puede saber cuándo una casa nunca ha sido habitada y cuándo han habitado en ella numerosas familias, personas, vidas, porque el aire se respira distinto, pesa de otra forma el ambiente.
—Sigues sin querer acordarte.
—¿De qué quieres que me acuerde?
—De lo de Fernanda. Qué coincidencia, yo tampoco pude recordar a mi mujer los primeros días que no estuvo.
Y entonces, al oír ese nombre en otra boca que no sea la mía, que no sea la voz de la misma Fernanda, puedo recordar un poco, algo en la memoria se ilumina, y duele de tan claro que es, de tan real que es.
—No, no hay coincidencias, Román. Tú me lo has dicho: en box hay golpes de suerte, pero no existen las sumisiones de suerte; cuerpo a cuerpo no hay casualidad.
Voltea a verme (Román) y luego me pregunta qué vamos a hacer con lo que pasó.
—¿Y qué pasó, Román? ¿Tú sabes? —puede que él sepa lo que pasó, de dónde sale esto que siento de que hay algo que no puedo recordar y sin embargo pesa.
Me mira, me observa, desmenuza lo que creo y noto que está dentro de mí, que sabe exactamente lo que pasa conmigo.
—¿Otra vez me lo preguntas? Entonces es cierto —sentencia de pronto— que no te acuerdas de lo que haces cuando estás rolando, cuando tu cuerpo se enreda en el de otro. Que parece como si te miraras desde afuera a ti mismo y no puedes hacer nada al respecto. Yo creía que bromeabas, pero parece que no.
—Eso es —agrega.
Es, era, como ella. Y la opresión en el pecho me regresa, como si el tiempo, el recuerdo, la memoria o la vida me hubiera derribado y montado, sin que yo pudiera hacer mucho al respecto, apenas capaz de darme cuenta de que me están dominando.
—Lo mejor será que te quedes allá, que no regreses hasta que sepamos si alguien se da cuenta de que ya no está. A lo mejor nadie la echa de menos. Dices que no le conocías amigos o familia; igual y nadie se da cuenta de que ya no ha vuelto. Y concentrémonos en la competencia, estamos a días de irnos.
Es eso, ahora lo recuerdo. Y no fue Ciudad Obregón, ni en Pachuca, ni en ninguna otra parte: fue aquí.
Ahora recuerdo, y no es la primera vez que lo recuerdo (hasta ahora lo noto) y, como cada vez que puedo darme cuenta de qué es esa sensación de ausencia, de que algo tiene que ver con la muerte, de que Fernanda ya no está, y por eso mismo es (y es con más fuerza, porque ya no está) acabo por vaciarme del estómago.

Escrito por Aldo Rosales Velázquez

Ciudad de México, 1986. Autor de Luego, tal vez, seguir andando (Río Arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (Fondo editorial BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Casa editorial Abismos, 2016) y Sombra-Reflejo (Fondo editorial BUAP, 2017). Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y artículo de opinión en diversos medios. Coordinador del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes, en la Ciudad de México.