Mamá saluda a la secretaria. La secretaria nos pregunta si queremos un poco de agua mirando a una puerta que está a medio abrir. Dudo por un momento pero me intriga lo que pueda haber detrás de esa puerta así que respondo que está bien, que tengo sed.

Entramos y nos chocamos con los actores disfrazados almorzando. Seguimos hacia el fondo y la señora de pelo oscuro y ojos miel nos sirve un vaso de agua a cada una mientras nos pregunta cómo estuvo el ensayo de Gabriel. Le respondemos que nunca vimos ópera en vivo y, por lo tanto, tuvo su impacto; que tal vez nos habría gustado más ver algo de Shakespeare ya que estamos acá pero no importa. Mamá le comenta que va a tener que tarjetear para saldar la deuda que contrajo con este teatro hace unos meses y la otra le informa que ese es un trámite más complicado, que tienen que ir a hacer a otra parte. “¿Te quedás acá mientras tanto?”, pregunta mamá porque me conoce. Y yo “Bueeno”, como quien no quiere la cosa.

Se va con la secretaria a efectuar el pago y yo me siento a la mesa y miro el techo mientras los señores y señoras de vestiduras isabelinas conversan animosamente y se deleitan con triples de pepino. Yo me termino el vaso mientras miro qué lindos que son los cuadros abstractos. Un morocho alto, de unos cuarenta años, me pregunta si quiero probar algo. No, gracias. Como una dama inglesa. Se presentan y me presento. Me entero de que el alto se llama Stephen y lo suyo más que la actuación es la ópera. Conversamos sobre el clima y lo loco que es que haya habido cuatro días sucesivos de treinta grados en pleno Londres. También me habla bastante uno bajito que se llama Peter, que tiene un sentido del humor que no es muy inglés pero que me cabe. “Me parece que en este momento hay algo en el teatro. ¿Querés ir para allá?”, propone Stephen. Asiento y con Peter me escoltan hasta las gradas.

Llegamos y me siento. Con cuidado, para que no se me vea nada. Somos una isla de tres personas y a unos cuantos metros nuestros, está la guía turística acompañada por los fieles. Pensar que hace dos minutos yo formaba parte de ese grupito insípido. Todo es como en la película La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen. Stephen me explica que eso que vemos ahí abajo es un deporte antiquísimo, que data de antes de la reina Elizabeth I. Conversamos un rato entre todos hasta que el petiso se larga porque tiene unos asuntos importantes que atender.

Le cuento a Stephen cómo va el viaje y volvemos a la cocina para que mamá no se asuste al ver que me evaporé. Y sí, ahí está. Paradita al lado de la puerta conversando con la secretaria. “Despedite tranquila”, propone mamá. Stephen y yo vamos para la cocina para decirnos unas últimas palabras sin la mirada de nadie. Me pasa su mail y con un apretón de manos me dice “No te lleves el sol para la Argentina”. Y ese momento se me impregna de una manera casi surrealista. Imagino que la misma luz que ilumina esa cocina me ilumina diez años después cuando estoy en la oficina trabajando y miro por la ventana.

Lo siento, Stephen. Pero no nos vamos a poder encontrar si quiero que sea como un poema casi inventado y que ese poema sea hermoso. Tal vez podamos seguir hablando por internet y, dos años después, yo me queje de mis desamores con los artistas y vos me digas muy amablemente que todos traicionan para que el poema cobre sentido. No serás escritor pero puedo imaginarte nítidamente como el yo lírico.

 

Cierro la notebook y entro por primera vez al baño de la cocina, que es el que tengo más cerca. Me siento en el inodoro y al lado en una mesita, tienen un libro de gramática que leí para la facultad y más fotos colgadas de la puerta. Pero estas fotos no son como las del pasillo. Johanna, la dueña de casa, aparece en una revista amarillista con un vestido rojo re diosa y hay un pibe que posa como modelo y una descripción de lo que lleva puesto. Debe ser un pariente de ellos, un sobrino o algo así. Incluso podría ser Hugh, el hijo del que nos habló Johanna.

Estamos volviendo del tour por Hampton Court y mamá me sigue con la cámara filmadora por Putney, ese barrio de casitas y silencio, mientras yo hablo. Justo nos cruzamos con Johanna, que baja del auto y nos saluda. Mamá guarda la cámara y Johanna abre las rejas. Me preparo para subir las escaleras de la entrada, cuando de repente salen desaforadamente Hugh y los amigos. Veo cierta argentinidad en ellos. Por lo que arrimo la cara para saludar a Hugh a lo argentino. Y justo me extiende la mano y yo maniobro para convertir ese amague en un estiramiento para estrechársela. Una maniobra maestra. Como mucho, habrán pesado que me tropecé con algo.

A mi lado, se sienta Hugh. Hablo con sus amigos pero en ningún momento participa de la conversación. Se encarga de servirnos. Mientras ubica los cubiertos, lo miro mejor. Yo conozco esa cara, es el modelo del baño. Sus amigos se copan para charlar. Me entero de que George es escocés y Alex le hace un chiste sobre eso.

Estamos cenando con un crepúsculo precioso. La familia inglesita pregunta por Argentina en una época en la que estamos en plena disputa por Malvinas. Alex no hace ningún chiste sobre eso.

Mamá se divierte hablando con Alex y George sobre algunos clásicos chistes ingleses. Yo no le presto atención a muchos, el único que escucho realmente es el de “Why are pirates pirates? Because they arrr”.

Jonathan y yo intercambiamos comentarios sobre bandas. Él, reticente a sus cincuenta años. Yo, tratando de mantener la conversación. Tanto a Finn como a Jonathan les sorprende que en Argentina se escuche música que no está en español. Y no son los únicos. A Alex y George también les sorprende. Será que sienten que su música es muy nacional. Mamá habla sobre mí y mi carrera. Todos emiten opinión salvo Hugh. Hugh pincha un pedazo de pollo, se lo lleva a la boca y cuando termina de masticar, se limpia la boca con la mano. Después, habla con su madre, con su padre, incluso con mi madre. Estoy al lado suyo y ni cinco palabras. Por eso decido levantarme de la mesa e irme a jugar con Tarka, una hermosa labradora negra. Jonathan explica que si bien alcanzó su tamaño, sigue siendo cachorra. Le tiro la pelota a Tarka y va a buscarla.

Cuando termino de comer, ayudo a Hugh a llevar algunos platos a la cocina. Tarka nos sigue.

— Así que te gusta la perra — dice Hugh.

— Sí, mucho. Es una divina, se deja. Johanna me contó que le puso Tarka por un personaje de una novela infantil, qué interesante.

— Yo a Tarka la quiero mucho.

— Tiene una mirada triste — le digo.

No me responde.

— ¿Y? ¿Qué hicieron estos días? — tira — . ¿Fueron al teatro?

— Fuimos al Globo.

— Ah, no sé cuál es.

— El de Shakespeare. ¿Te gusta Shakespeare?

— No.

— A vos sí, ¿no? Hablás muy bien. Mejor que algunas personas inglesas. El otro día una amiga mía pronunció mal un país — dice con cara de asco — . Un desastre.

Y me lo dice a mí, que hace un rato, cuando conversaba con George y Alex dije que la única vez que me emborraché fue con “ron” en lugar de “rhum” y pensaron que me refería al amigo de Harry Potter.

De pronto, George y Alex entran en la cocina. “Arr”, hacen con las caras llenas de muecas. Claro que entiendo a que aluden pero no digo una palabra. Es preferible que ellos crean que no.

— Qué graciosos que son, eh — dice Hugh con sarcasmo.

George acaricia a Tarka y se van y seguimos con la conversación. Es increíble lo mucho que estamos hablando ahora que no estamos sentados a la mesa. Me acuerdo de lo que dijo Liz, la estudiante de intercambio en mi facultad, sobre los muchachos ingleses en una de las clases: que si estás con tu mamá, no se animan a decir palabra. Y todo me cierra.

Johanna empieza a entrar la vajilla en la casa. La ayudan Geroge y Alex. Los demás entran y siguen de largo. Mamá me avisa que va para su habitación. George, Alex y Hugh agarran unas cuantas birras de la heladera y nos acomodamos en los sillones de la sala de estar. Alex pone música con un celular y armamos nuestra propia fiesta. Un blend de rock y electrónica. Volvemos a hablar de bandas.

Cada dos segundos, Hugh me pregunta si quiero algo para tomar. Le digo que no, que estoy bien.

— Hugh salió en una revista — dice George.

— Sí, vi.

Salgo eyectada hacia al baño y agarro la foto en la que Hugh posa como modelo. Se las pongo en la cara a sus amigos.

— Ahora no vamos a parar de joderlo — dice Alex.

Río y vuelvo a dejar la foto en su lugar. Cuando llego, los chicos siguen bebiendo birra a más no poder. Los imagino buceando en un mar de botellas de vidrio. Pirates.

Estoy despatarrada en el sillón y siento que me falta algo. Me escabullo para ver a Tarka, que descansa en su cucha. Me mira con los ojos llenos de ternura. La acaricio. Aparece Hugh.

— ¿Querés estar con ella? — me pregunta.

Asiento. Entonces, él agarra la cucha y la traslada hacia la sala de estar con la perra adentro. Siento que es un acto violento, la pobre cachorra quiere que la dejen en paz. Dormir. Pero me siento en un sillón junto a su cucha recién movida, le empiezo a hacer mimos. Los muchachos hablan y sus voces me parecen un murmullo distante. Hugh me pregunta si quiero un vaso de agua. Le contesto que no.

 

Escrito por Denise Griffith

Estudiante avanzada de traductorado de inglés. Trabajó en librerías como Kel (libros en inglés) y el Ateneo Grand Splendid (una de las librerías más hermosas del mundo). Asistió a un taller literario dictado por el escritor Luis Mey y colaboró en diversas revistas digitales, entre ellas, Suda la lengua y Revista Kundra. Contacto: denise.elizabeth.g@hotmail.com