estábamos así
como en un callejón con salida
pero no la encontrábamos

El vampiro de la colonia Roma
Luis Zapata

Contestaré a tu pregunta:
la verdad es que historias de amor,
lo que se dice
amor, yo no las he tenido.
Razón de amor
Luis Antonio de Villena

 

 

Las identidades sexuales, más que nunca, afirman su espíritu camaleónico. Apenas hace un par de meses, la ONU confirmó la existencia de, por lo menos, 112 géneros. Todo esto pone en cuestionamiento la importancia de reducir un inventario tan rico en disidencias a una sola sigla (LGBTTTIQ) de importancia representativa. Homosexuales, travestis, transexuales, drag queens y un carnavalesco etcétera, conforman una “comunidad” que las más de las veces tiende a no cruzar demasiados puentes entre sí.

¿Qué nos lleva, como sociedad, a querer meter todas las prácticas carnales y amatorias que no son heterosexuales en un mismo costal? Es cierto que la batalla ideológica y de supervivencia que se ha librado en los últimos siglos se ve reflejada en la realidad de la denominación. Buscando el lado bueno, no podemos sino reconocer los esfuerzos de lxs valientes compañerxs insistiendo en que se reconozca la diversidad de sexualidades, éticas y voluntades, en que se acepten aquellos cuerpos que burlan los límites instaurados por un sistema represor en su búsqueda de poder “ser” bajo una ley inventada por el deseo y no por el prejuicio y el crimen, no por la hostilidad y la marginación que provoca la “moral” manifestada en prohibiciones jurídicas y en opiniones públicas. Sin embargo, hay que aceptar que dicha nomenclatura (LGBTTTIQ) no deja de sonar a nombre de secta, a contraseña que poco nos revela de las almas que le dan nombre.

¿Quiénes son? ¿Cómo viven las personas que integran dicha comunidad? ¿No existen aún dentro de un movimiento social, como todo lo que responde a la estructura en abismo, cientos de diversidades y formas de comprender la liberación? Son preguntas que anhelan cruzar la frontera conceptual y abstracta de las siglas de respeto erigidas gracias al espíritu de las luchas sociales. Aquí es donde aparece la literatura como una forma necesaria, una herramienta socio-cultural que da voz a lo que, según las insistencias históricas, no la tiene. ¿Por qué no admitir, como creadores y lectores, que el “testimonio” es más valioso si se somete a las transfiguraciones lingüísticas de la poesía?

Las obras, alrededor del mundo, son vastas. Pero en Latinoamérica y, sobretodo, en México, el panorama es aún discreto. La virgen de los sicarios (Fernando Vallejo, 1994) y su bien realizada adaptación cinematográfica (Barbet Schroeder, 2000); la novela Amora (Rosa María Roffiel, 1989) que aunque no logró cautivar mis, tal vez altas y pretenciosas, exigencias estéticas, es un valiente ejercicio donde aparece por primera vez en las letras mexicanas una lesbiana como protagonista; los intensos poemas de amor entre mujeres escritos por la uruguaya Cristina Peri Rossi; El lugar sin límites del chileno José Donoso (1966), también llevada al cine ¡con qué sublime horror y sensualidad! por Arturo Ripstein en 1978. Muestras de disidencias sexuales (gay, lésbica y travesti) que sirvieron de parteaguas a muchas conciencias. Si dejo fuera algunos títulos importantes se debe a la ignorancia que me otorga la breve dosis de tiempo existencial que se me ha dado. En una tibia investigación por la web hallé algunas otras menciones: En jirones (Luis Zapata, 1985); Antes que anochezca (Reinaldo Arenas, 1992); No se lo digas a nadie (Jaime Bayli, 1994); Adiós, mariquita linda (Pedro Lemebel, 2004); Mundo cruel (Luis Negrón, 2010); Angelote, amor mío, célebre cuento publicado en 1982 por el ecuatoriano Javier Vásconez y la antología de cuentos de temática gay Amor que se atreve  a decir su nombre, publicada por la editorial de la Universidad Veracruzana en 2014.

Este recuento, así como las búsquedas sin resultados en Amazon a la hora de teclear los títulos considerados “clásicos” de la literatura lésbica universal, nos muestra que aun en cuestiones de revolución de género sigue habiendo una preferencia canónica por lo que escriben los hombres. Ya hablaremos en otra ocasión de las excepciones a esa regla de poder. Este texto, paradójicamente, aborda el misterio de una novela mexicana escrita por un autor mencionado líneas arriba: El vampiro de la colonia Roma.

elvampiro
Escrita por Luis Zapata y publicada en 1979, da testimonio de una temporada en la vida de un gay en la ciudad de México durante la década de los 70’s del siglo pasado. La novela es encantadora a pesar de que en sus instantes menos afortunados (sobre todo en las últimas tres cintas) guarde en reiteraciones, para el lector, algo de hostilidad.

En ella se cuenta, como el título completo del libro indica, las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García, el vampiro de la colonia Roma. Podemos deducir que el personaje principal, Adonis, no pasa de los 25 años a la hora de contar su historia al escritor, quien apoyado en una grabadora será capaz de capturar en siete cintas, transcritas al papel, la esencia onírica y existencial del joven. El método temporal de reunir la información “real” de un personaje es el que dicta la forma estructural de la novela. Siete capítulos, uno por cinta. Acudimos, en los primeros, a un relato de iniciación donde el personaje, un adolescente de 14 años, vislumbra un despertar sexual al espiar a su primo mayor por un agujero mientras éste se baña, al tocar la entrepierna de uno de sus amigos y dejar que él toque la suya apenas por encima del pantalón, al enfocar su mirada sin pudor en las imágenes que sometidas a la imaginación le parecían admirables en sus horas más neófitas:

fíjate qué curioso     siempre me masturbaba pensando en chavos     o bueno no     al principio me acuerdo que me chaqueteaba viendo fotos de mujeres que venían en una revista que se llamaba “el pingüino”     y también con otra que se llamaba “estrellas”     “show de estrellas de cinelandia”     veía una vieja y siempre me imaginaba que algún cuate estaba cogiendo con ella ¿no?     me los imaginaba cogiendo a los dos ¿verdad?     hasta que un día me empezó a interesar más la figura del chavo que estaba cogiéndose a la vieja y ya pensaba más en él     aunque no estuviera en la foto ¿ves?      y entonces así me venía (Zapata pág. 22-23)

No es que como relato de iniciación El vampiro de la colonia Roma sea hiperbólico. Frente a su vértigo que niega el perfil sereno del tiempo y nos da una bofetada de relatividad, de mira cuánto somos capaces de vivir en tan poco tiempo, admitimos que un joven de 17 años es capaz de establecer un pacto de canibalismo con el mundo. Estamos frente a un realismo que se goza. Frente a una voz que saca del clóset no tan sólo la verdad común de una orientación e identidad, que de secreta sólo tiene que no se atrevan a nombrarla, sino el claroscuro estilo de vida marginal que ha definido a generaciones enteras. Todos sabemos que en este país, así sea en forma de parque instalado en el corazón de las provincias, de cafés/internet donde sótanos oscuros aguardan o de esquinas en largas avenidas que se distinguen por reunir a los hoteles más baratos, a las taquerías más peligrosas y a las tiendas de autoconsumo más capitalistas, es múltiple la aparición de la zona conocida como “rosa” en la capital. Las historias de gays que más se cuentan están en la línea de dramas familiares, amistades que llevan a cuestionar la sacrosanta heterosexualidad, romances ocultos que fracasan o prosperan según la valentía de sus protagonistas y a veces, con el rosario simbólico de la culpa en la mano, en la de un gran fracaso que no lleva sino a la perdición porque esos desdichados (como lo dicen y repiten en coro las señoras) nacieron para sufrir. Los abismos, si no se exploran, llegan a la superficie como rumores en boca de los que se adentraron o de los que algo creyeron ver en su tránsito fugaz por los bajos mundos.

En esta tierra se habla de prostitución como de un tema prohibido, y si no conocemos a nadie que la viva en carne propia especulamos como aquél que miró en un cable de cierta esquina, tres noches seguidas, al mismo pájaro y su belleza entre exótica y rapaz le sorprendió, pero al pasar frente a él y obtener sólo un silencio, tuvo que imaginar cómo sería su canto. Tal es el secreto que la sociedad y sus estructuras instauran entre nosotros y lo desconocido. El testimonio de Adonis García acaba, lo que dura su lectura, con ese anonimato profano. Su experiencia posee una cartografía urbana:

generalmente mis sitios de espera eran     ps     el sanborns del ángel     el de aguascalientes     el de niza     a veces hasta el del centro médico o el de san ángel     porque ya ves que los sanborns tienen un atractivo irresistible para los gayos     o sino     ¿sabes qué?     me paraba en la esquina mágica     ya sabes cuál es ¿no?     la de insurgentes y baja california     por ahí por donde está el cine las américas     le dicen la esquina mágica porque cualquiera que se pare ahí liga (Zapata pág. 111)

Y antes de llegar a ese punto donde el personaje nos deja acceder a un inventario de aventuras de alto contenido sexual, reunidas en menos de cinco años dedicados a la prostitución, nos da a conocer por  el poder evocador de la memoria dónde fue consciente por primera vez del rechazo que muestra la sociedad ante una identidad disidente. En sus años en la escuela secundaria, cuando tuvieron lugar las primeras borracheras y a Adonis le “salía con más ganas lo caliente”, comprendió el efecto protector que da la negación del deseo sexual hacia alguien del mismo sexo frente a los otros:

me despertaban diciéndome     “aray     mano     que le agarraste la verga a fulano”     que quién sabe qué     “¿yo le agarré la verga?”     “sí     le agarraste la verga     qué se me hace     qué se me hace”     y entons yo me sentía muy mal     muy incómodo     no culpable (…)     raro (…) diferente (…) sobretodo porque me chingaban a cada rato con eso  (…)   y yo siempre decía que no era cierto     que no me acordaba (…) siempre tratando de taparle el ojo al macho (…) si hubiera sabido que la homosexualidad es una cosa de lo más norma ¿no?    como pienso ahorita     que cada uno tiene derecho a hacer con su vida sexual lo que se le pegue la gana     ps no me hubiera sentido tan mal ¿verdad? (Zapata pág. 31 )

Rodeado de dicha atmósfera, sus ritos de iniciación sexual se disfrazaron de juegos secretos: toqueteos furtivos y resbaladizos entre amigos o familiares, espionaje masturbatorio y un viaje que lo expulsaría de la casta provincia para llevarlo a la gran Ciudad de México (alma máter de los gayos) cuando contaba con menos de 17 años. Pero gracias a un presente que es capaz, al encarnar el pasado, de agudizarlo y renovarlo en detalles, la novela puede convertirse en un preguntar ¿por qué ocurrieron de tal manera las cosas? y en un atreverse a formular respuestas con la comprensión que otorgan los años y con las señales ocultas en los detalles propios de una vida, entre millones de vidas. Los primeros años de varios intentos seductores que por ingenuos terminaron en el fracaso se desintegran con el deseo y su insistencia que, como expresara José Lezama Lima en paradiso, es capaz de obtener lo que quiere pagándolo con el alma. Al llegar a la Ciudad de México Adonis se entrega a lo que su intuición voluptuosa le ordena; su estilo de vida es  un querer probarlo todo, un coqueteo extremo con los hombres que no tienen miedo de moverse en las habitaciones y los automóviles donde son llevadas a cabo intensas “ondas carnales”:

todos mis pensamientos y mis masturbadas se habían quedado cortos ante un culo de a deveras     no sabes     me desparramé en esperma     me di cuenta     o a lo mejor eso fue después     de que la vida vale únicamente por los placeres que te puede dar     que todo lo demás son pendejadas     y que si uno no es feliz es por pendejo. (Zapata pág. 53)

El hechizo tímido y cautivador de la etapa iniciática del relato se rompe cuando el muchacho que viste chamarras y jeans entalladísimos descubre que, además de proporcionarle placer, el sexo puede ser un modo de ganarse la vida; un oficio; y fiel a su asombro no tiene más remedio que engancharse a su pasión. De anécdotas sobre la experiencia prostibularia está llena la novela. Nos cuenta la historia de un gay que llevó su adicción marginal (vampírica) por el sexo a una elevación entre lasciva y sensual donde no podía tener lugar ese asunto privado llamado amor. Instalado en el paraíso artificial de hombres que buscan a otros hombres para coger, no importa si sus credenciales advierten a la sociedad “éste es un macho respetable” o “éste es un padre de familia ejemplar” “y además está por celebrar sus bodas de plata con doña _____”, Adonis fue conociendo a una serie de personajes peculiares en su cinismo: los que se enamoran de un hombre pero son incapaces de abandonar a su novia en turno, los que siendo heterosexuales viven con locas que los mantienen y les dan también pa’ sus tunas, los que a modo de padrinazgo quieren adoptar a un puto para hacerlo volver al buen camino o aquellos que anhelan verse amparados por el patronato pro salvación de bugas (desos que se están muriendo porque alguien les meta la verga     pero no se atreven a reconocerlo). Y con todos ellos, en vez de armar un juicio, engrosó una cartera de clientes y se puso a jugar con ellos, aunque eso sí, bajo sus propias reglas. La primera de ellas, no tener más de tres encuentros con un solo cliente:

por lo general     no me vengo con los clientes     se me hace un desperdicio ¿no?     además yo cumplo con ellos metiéndoles la verga o dejándomela meter     según sus gustos ¿no crees?     no es necesario que me esté yo derritiendo de placer     prefiero guardar ese semen para cuando lo haga por deporte (Zapata págs. 56-57)

casi nunca hay atracción     ¿entiendes?     yo simplemente trato de hacerles un buen trabajo     de que queden satisfechos     pero sin meter para nada mi    eh    mis sentimientos     mis gustos (Zapata pág. 61)

El vampiro no teme, en defensa del placer, decir verdades incómodas como en aquél pasaje donde habla del uso del condón:

fue entonces cuando conocí al crestas     era un cliente que siempre usaba preservativo (…) y siempre que lo veía cogíamos con el preservativo puesto (…) pero era una lata     es una lata     si eres activo es muy incómodo porque el pito te está escurriendo a cada rato     y     si eres pasivo     es peor porque la cosa esa se adhiere y te hace pedazos el pobre culo (Zapata págs. 79-80)

Ni le cuesta aceptar, sin tanto escándalo (aunque no por esto la situación conlleve menos sufrimiento), la aparición de las enfermedades venéreas que con el paso del tiempo le serán cada vez más familiares:

en esa época tuve mi primera gonorrea     no me acuerdo ni quién me la pegó     ¿cómo quieres que me acuerde si a veces me acostaba hasta con tres o cuatro tipos en una noche (…) tampoco es para angustiarse     eso le pasa a toda la gente     hasta a los hijos de familia (…) así es que ya si no me daba gonorrea es porque yo soy san martín de porras ¿no?     y mi pito es bendito (Zapata págs. 67-69)

La identidad del pícaro[1], chichifo, o como quiera llamársele porque definiciones en aras de alcanzar cierta exactitud siempre habrá muchas, queda liberada en la novela: es.

Toda la “moral” y sus ondas concéntricas orillando a ciertos personajes a creer que en el lenguaje secreto de los vicios[2] y en la repetición obscena de los placeres vedados alcanzarán una libertad sin límites es aquí factor secundario. El homosexual que retrata el escrito de Luis Zapata es consciente de la represión del sistema heteropatriarcal pero también asume, como hizo Amado Nervo en su momento, que él es el arquitecto de su propio destino. En su afán de reconocerse hablará de diversas identidades genéricas, insistirá en que no todos los gays son locas o mortales aspirando a un eterno halo femenino, también los hay como él, muy viriles y muy putos. Su odisea nos mostrará un panorama existencial y fenomenológico que aún se intuye actual. Un descenso y un ascenso por los infiernos personales de un Adonis que vaga por ahí, aún, multiplicándose. Pese al progreso aguantaría, y celebrando, una buena reedición.

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II

El vampiro de la colonia Roma es una obra cruda y a un tiempo estimulante, digna de ser leída con asombro y sin repulsión. Nos recuerda que la vida es experiencia en bruto a través de los sentidos antes que experiencia vertida en palabras. Quise, a modo de divagación literaria, mostrar algunos fragmentos de su espíritu coloquial, de su estar contada no en una lengua muerta ni en un tono inteligente pero hermético sino en las palabras que día a día se usan y conocen dentro de ese “ambiente”. Es esto lo que abre la conciencia del lector y permite el diálogo imposible oculto en las obras que vale la pena leer. Más que analizar su historia, Adonis García intenta encarnarla, y como dicho proceso ocurre desde la personalidad que lo domina en ese tiempo presente en que son grabadas las cintas, la trama se enriquece y es capaz de mostrar su complejidad sencillamente. Adonis García cuenta su historia como un buen amigo, que sin pelos en la lengua, nos habla de una etapa convulsa de la juventud que ha terminado como terminan esos ciclos que nos marcan como individuos, acaso con una simple mudanza, pero definitiva.

     La obra de Luis Zapata se aleja de la composición literaria de algunas obras clásicas. De aquellas cuya atmósfera está dada por el clima y sus influencias en el espacio, por la ciudad y las costumbres íntimas y públicas de los hombres, por todo lo exterior que sirve como fondo a ciertas acciones realistas de los protagónicos que, en un orden estricto de tiempo dentro de la narración, nos ayudan a desentrañar quiénes son. Fenómeno que ocurre, generalmente, gracias a un narrador que lo sabe todo pero no participa en la trama (narrador omnisciente, A. K. A. el perfecto desconocido); o ese otro, testigo de carne y hueso, que aparece en el lugar de los hechos como enviado por los ángeles del drama y nos entrega una historia compleja y pulida de la que él es, apenas, un personaje secundario; o bien, en tercera y última estancia (la más cercana a El vampiro de la colonia Roma en cuanto a recursos narrativos empleados) aquél que además de contar la historia la protagoniza. La historia, en este tipo de novelas, está siempre enmarcada por el mundo. Vienen a mi mente El proceso (Franz Kafka, 1925); Cumbres Borrascosas (Emily Brontë, 1847) y El retrato del artista adolescente (James Joyce, 1916). Pero el inventario es arduo.

¿Qué ocurre de extraordinario en la novela de Luis Zapata? ¿Por qué no envejece a pesar de haber transcurrido casi cuarenta años de su publicación? Hay un efecto distinto marcado por la misma esencia entre el mecanismo narrativo de las novelas arriba mencionadas (lo que de común tienen en cuanto a estructura formal porque el estilo ya sabemos que se cuece aparte) y el mecanismo narrativo de El vampiro de la colonia Roma: mientras ellas trazan cuidadosamente un mundo exterior para que en él tengan lugar las revelaciones interiores [inesperadas y secretas] de los personajes, la novela escrita por Luis Zapata nos entrega un mundo interior y personalísimo, el de Adonis García, del que nace un mundo exterior. Es por su voz, atrapada en las cintas, que accedemos a la ciudad, a los años escapándose en aventuras, en tragos amargos y golpes de suerte que tienen lugar en el Sanborns de la calle Niza, en los hoteles, las esquinas y las habitaciones privadas de la colonia Roma. En ella son las palabras de un hombre las que dan forma a la cartografía de una época y no los escenarios creados por el artificio lingüístico, no un mundo concreto erigido en el territorio invisible por los detalles de una descripción detallada.

Su cualidad es, en un sentido formal, su diferencia.

La figura del escritor queda, gracias a la presencia ficcional de su personaje, casi abolida. Si el deseo del novelista es dar aliento a un conjunto de signos hasta dotarlos de vida, el intento de Luis Zapata por entregarnos la historia que lo asombró en boca de un personaje, está cerca de su realización. Adonis es un Pinocho gozando de sus mejores momentos de carne y hueso, sobre todo en la primera mitad de la novela porque a partir de la cinta quinta, sexta y séptima el sueño amenaza con desvanecerse debido al uso excesivo de la repetición (en expresiones como “¿ves?; ¿no?; le digo; le dije; je”, etc…) y al volver una y otra vez sobre los mismos detalles de ciertos pasajes de la historia , método que nos lleva a dudar de la independencia retórica del interesante vampiro. El acierto, pese a los instantes en que la transcripción de la cinta pierde verosimilitud de estilo, es evidente: la novela es una conversación íntima, estimulante y escandalosa donde la realidad de la lectura como ejercicio corporal nos sitúa frente al libro mientras la realidad de la imaginación nos lleva a situarnos frente a Adonis García. Lo vemos sin que él se entere, gracias a un portal abierto por el escritor mediante su instrumento: la grabadora, aquél escritor cuya imagen y personalidad, por no ser descrita en ningún pasaje de la novela, corre por nuestra cuenta. La conclusión de que se trata de un escritor no es dada por la obviedad de la forma sino por aquél momento, único, en que Adonis dice “y entonces llegabas tú     con uno de tus amigos el de las barbitas     que también escribe” (pág. 131).

La esencia dramática que consigue mostrar la novela clásica está en El vampiro de la colonia Roma pese a que podamos creer por un instante que se trata, tan sólo, de un monólogo elocuente bastante sencillo. No. El acto de recordar mientras se habla implica participar en un proceso semi-inconsciente donde, por dotar de humor y matices a una narración que si se confía demasiado a la razón podría ser plana, el sujeto termina por confesar los juicios, deseos y delirios que ha tejido alrededor de las circunstancias que (a medias por su voluntad y a medias por la suerte) determinan el rumbo de su vida. El pasado cobra mayor densidad cuando se disfraza de presente.

Si es posible vislumbrar una anagnórisis precoz en la novela, pues el personaje es aún joven y (¡spoiler alert!) no muere ni sufre alguna metamorfosis irremediable, ésta aparece no como la certidumbre instantánea de cierta fatalidad (destinada) sino como un aura sutil y a ratos imperceptible que permite a la conciencia de Adonis García ahondar en los motivos de su inevitable carácter trágico. A veces, en presagio, esta aura se expresa como un efecto secundario de los posibles juicios que sobre alguien pueden emitir los otros. Como en aquél pasaje donde Zabaleta (un homosexual muy rico y moralista que un tiempo es su protector) aconseja al vampiro pensar en el futuro y dejar, por su bien, el talón:

y la verdad es que sí me había espantado     sí me había puesto a pensar en lo que iba a ser después     me la había pintado tan gacha que ya hasta me imaginaba que iba a terminar como santa     ¿sí viste la película?     que acababa en una como casucha     en una como cabaña     cayéndose de vieja     la cabaña     y ella también   pues     y enfermísima de tuberculosis     no es cierto     de sífilis     flaca flaca y sin poder hablar     entons yo dije     “¿esto es lo que me espera? ¿eh? ¿es ese mi triste    je   futuro?     y como que le saqué    porque ya ves que hay veces en que uno se pone trágico y piensa en las cosas como no son     porque     no sé si te hayas fijado     pero las cosas nunca pasan como te las imaginas (Zapata pág. 123)
Hay que decir que en Adonis tiene lugar este proceso con naturalidad y lealtad a la memoria pues a pesar de contar en su interior con todas las armas para ejercer un juicio contra él mismo, no lo hace. Está por ello, tal vez, más cerca de la experiencia dictada por sus sentidos que de la experiencia expresada por la razón o la moral convencional; es aquél que se adentra en sus laberintos por no aburrirse o quedarse inmóvil; es capaz, en esa aventura, de narrar quién creyó haber sido, quién fue, quién es en el momento de grabar cada cinta y quién de los que pudo ser se quedó habitando, tan sólo, el territorio imaginario de los deseos sin cumplir.

Estamos frente a un monólogo de alta densidad teatral que aunque ignoramos si es “verdadero” lo tiene todo para involucrarnos en la respiración (los famosos espacios en blanco entre palabra y palabra revolucionados por Luis Zapata para crear un efecto capaz de simular el fluir de la voz que fue grabada) y en la personalidad de un hombre que se abre, cual herida expuesta, para que el lenguaje a través de su propia boca deje caer a epifanías que duran una anécdota, un detalle imprevisto en la vida de un joven homosexual de la década de los setenta, cierta esencia que sirve no sólo para mostrar la serenidad del proceso constante de cicatrización que supone toda una vida elevada en abstracción a una trama (siete episodios narrados por su protagónico): la deshidratación de lo trágico; sino también para comprender lo sencillo que resulta, a fin de cuentas, involucrarse en las zonas oscuras de la realidad, en esos lugares que no son sino el escape, acaso la promesa de una libertad sin límites para aquellos que siendo homosexuales, chichifos, lesbianas, transexuales, mayates, etc… tienen que arreglárselas para vivir el cumplimiento de sus deseos lejos del sistema patriarcal, en una zona que no por segura deja de estar oprimida por los estigmas que dicho sistema instala en atmósferas como un rumor que aísla y humilla a todos los que va nombrando.

El debate constante sobre si puede o no la vida, su devenir, impregnar a la novela que se piensa “realista” de un carácter sincero o si será imposible, en realidad, contar una historia tal como ocurrió en esta tierra de nadie, podría llegar a ser un ejercicio ocioso pues eso que llamamos  “real” tiene como soporte un tejido de sueños disímiles, un principio que si existe nace de la incertidumbre y acaso la ficción no es más que la única herramienta de la que podemos valernos para decir la verdad diciendo otra cosa, para hacer historia negando la raíz verosímil de las anécdotas que inspiran a los escritores. No hay una respuesta certera sobre dónde comienza una y dónde termina otra.

Aceptemos, con asombro, que si existen tantos puentes es porque aún nos saca ventaja el abismo y, tal vez, el hecho de que la ficción literaria se obligue a ser otra depende, en gran parte, de los movimientos de una realidad que está constantemente superándola en absurdo y ¿por qué no decirlo? en complejidad sintáctica, en lealtad al caos que grandes fantasías engendra.

 

Notas al pie:

[1] Ignoro la estructura y, por lo tanto, la razón formal de ser del género picaresco. Pero no está de más mencionar en intento del autor por inscribir, “en una megalópolis del siglo XX”, a El vampiro de la colonia Roma en la tradición donde conviven obras como El Lazarillo de Tormes (anónimo, 1554); El periquillo sarniento (José Joaquín Fernández de Lizardi, 1816); La pícara Justina (Francisco López de Úbeda, 1605); Santa (Federico Gamboa, 1903: Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599); La vida inútil de Pito Pérez (José Rúben Romero, 1938) y La vida del buscón (Francisco de Quevedo, 1626); todas ellas mencionadas, en calidad epigráfica, al inicio de cada cinta.

 

[2] “yo sentía que era el gran aliviane     eso de estar contado chistes y tomando     me divertía horrores y todos nos divertíamos horrores” (Zapata pág. 108)

 

Bibliografía:

Zapata, Luis. El vampiro de la colonia Roma. México: Grijalbo, 1979.

Escrito por Brianda Pineda Melgarejo

Xalapa, 1991. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana.