Cuando el yo y el mundo se confunden, eso se llama Historia,
y eso mi generación lo habrá vivido.
(Pascal Rambert)

Nos dijeron que había historias que se podían contar y otras que no. “No remuevas la herida / Llora siempre en silencio / No levantes rencores / Que este pueblo es tan pequeño”, empieza susurrando “Justo”, una de las canciones bandera de Cuando el río suena, último disco de Rozalén (Albacete, España, 1986). “Tengo un nudo en las cuerdas que ensucia mi voz al cantar / Tengo una culpa que me aprieta / Se posa en mis hombros y me cuesta andar”, canta también, en “Puerta Violeta”, apertura del álbum. Dentro y fuera de la casa, la consigna ha sido, por mucho tiempo: “calla”.

Pero “todo lo que no se atiende / tarde o temprano reaparece”. Hay un río por los subsuelos de este presente que lleva mucha, mucha agua. La Historia está cargada de despedidas que no fueron, como las vidas están cargadas de tequieros que no se dicen; por todas partes resuenan perdones y gracias que no se piden, que no se dan. “Canto para adentro todo lo que te diré / pero siempre que te encuentro me quedo sin voz”. Un río cargado de silencios, privados y colectivos, que va taponando las posibilidades de encontrar una salida. Y, sin embargo, suena. Va sonando, cada vez más. Suena en la política y en el arte, suena en las conversaciones y en el modo que vamos teniendo de trazar nuestras cotidianeidades. Y suena, suena sin complejos ni autocomplacencias, en este trabajo de Rozalén.

Nos dijeron que una cosa era contar el yo y otra contar el mundo. La vida privada y la pública han estado siempre separadas por compuertas: como si el río no fueran gotas de agua. La Historia, así, ha sido solo la de los grande hombres (y digo bien: “hombres”), la de los hechos reseñables. Todo lo demás, no es, no existe. Como si no fuera un continuo de pasos del día a día lo que construye en realidad el camino que nos trae hasta aquí.

En el fondo de este disco está María hablando con su abuela, leyendo libros, pensando periódicos. Y es por eso y así como escribe Historia. Quitándoles a las historias de familia el polvo y el pudor, sacudiendo secretos porque comprende que todo lo que necesitamos saber está contenido en los detalles.

Como en la Historia de Miguel: “Cada día pasa por el cuartelillo / Da constancia de que no se ha ido, que no habló / Al fin / todo el pueblo se encariña de Miguel / Poco le preguntan / No quieren saber / Hasta el médico le deja un traje / para acompañar a la dama de fiestas en el baile”. Como en la historia de Justo: “Tras trece días sin noticias, / la alegría de un segundo / Llega una carta de vuelta / Otra de su compañero: / Fue una bala, / nos leía el diario, / me quedé con su cuchara , / la guerrera y el mechero“.

La Historia, cuando es del mundo, se llama memoria. La Historia, cuando es del yo, se llama vida. Allí donde se cruzan memoria y vida, el río suena. Y suena, y resuena, y atraviesa el siglo. Y mientras relee el pasado, también nos apela. Canta Rozalén: “No sé de dónde vienes / ni lo que hiciste ayer / Aquí tienes un techo, un plato en la mesa / Esta será tu casa”. ¿Qué pasa si pensamos desde ahí la palabra refugio?

Y luego está la historia de María. Porque también nos dijeron que había historias importantes y de las otras. A mí, por ejemplo, al poco tiempo de publicar mi primer libro me dijeron: “Escribes muy bien, será interesante cuando dejes de hablar de tus cositas”. Rozalén también canta “sus cositas”, ya sabéis: lo de las emociones, lo del querer, lo del relacionarse. Esas menudencias. El asunto es que nos va la vida en ello. A veces, textualmente: “Hay un monstruo gris en la cocina / que lo rompe todo, que no para de gritar / Tengo una mano en el cuello que con sutileza / me impide respirar”. A veces, en el menos sensacionalista pero muy invasivo sentido de eso que lo impregna todo y, sin matarnos, tampoco nos deja vivir. Ni, sobre todo, irrumpir con nuestra vida en las estructuras que nos rigen.

Igual que investiga el afuera, María se mira adentro: reconoce heridas, hace el difícil ejercicio de reírse de las contradicciones. Porque “dibujé una puerta violeta en la pared / y al entrar me liberé”. Feminista, la cantante revuelve los roles, y ahora la ranchera la canta ella: “Y aquí estoy otra vez / en la barra del bar / maldiciendo tu nombre / volviendo a tropezar”. Pero en el desamor de esta habitante de las cantinas, el cliché lo rompe una ironía en la que podemos reconocernos: “Dando lo que se tiene / mucho más de lo que una debe / Entregándome enterita / llena de culpa culpita”. Y una vez que nos reconocemos…. ah, entonces podemos salir. La cantinera descubre la noche: “Corrí, grité, reí. / Sé lo que no quiero: ahora estoy a salvo”. Deja de llorar y sale a la pista: “Quizás ya no es quizás, ten por seguro / que es una oportunidad que no vendrá después”. Ya sabe que “no existen frutas prohibidas / sino bocas que se cierran”.

Canta Rozalén: “Me desprendo de esta lanza / que este odio es el que mata / y la rabia también ata / y ya es hora de dejarnos ir”. Y aunque lo esté diciendo de un desamor (¿o de un mal modo de amar?), también le oímos un eco de Historia. Pero, cuidado: esa benevolencia no es la tentación equidistante de reparar echando silencio sobre las violencias. Es más bien esa rara revelación que a veces sucede y que tiene que ver con una toma de conciencia; esa revelación de algo así como que bastaría un mínimo giro en el modo de hacer las cosas para que se abrieran las compuertas de un río que viene lleno de vida. Violeta Parra susurrándonos al oído que “todo lo cambia el momento colmado condescendiente, / nos aleja dulcemente de rencores y violencias / solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes”.

Cuando yo y el mundo se confunden, eso se llama Historia. “Vaya año pasamos / a ver si remontamos”, suena “Girasoles “, single del disco. Vaya siglo pasamos, a ver si remontamos – lee una entre líneas – , “que el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos”.

Nos dijeron que solo había un lenguaje posible para las historias que era crucial contar. Que había que ponerse serias, quedarse quietas, usar esdrújulas, vestir corbatas, hablar como hay que hablar. María coge eso que tiene que contar y le mete tambores. Porque no es ya que si no se puede bailar no sea mi revolución: es que como no sea bailando, no va a haber revolución. “Sonreímos, / vaya si vivimos, / todo lo que aprendimos”. Las mejores revelaciones entran por el cuerpo. El amor y el goce nos ponen más cerca de la palabra gracias, de la palabra perdón.

Se acabó lo de callarse, se acabó lo de llorar en una esquina de la barra. En la Historia y los amores, en la vida y en las obras, vamos a salir al centro, y a cantar a voces, y a bailar a saltos, nuestra memoria más libre.

 

Escrito por Laura Casielles

Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es poeta y periodista. Autora de los libros de poemas "Soldado que huye" (Hesperya, 2008), "Los idiomas comunes" (Hiperión 2010; XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2011, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte), "Las señales que hacemos en los mapas" (Libros de la Herida, 2014) y "Breve historia de algunas cosas" (Ediciones del 4 de agosto, 2017). Realiza traducciones del francés. Es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y en filosofía por la UNED; y máster en estudios árabes e islámicos contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es estudiante de doctorado e investiga sobre la literatura escrita en castellano en Marruecos y el Sáhara Occidental. En la actualidad reside en Madrid y se dedica a la comunicación política.