Era setiembre que mojaba su almohada y ella se levantaba con la sensación de no haber pegado un ojo en toda la noche. El café de las mañanas hacía días que sabía aguado y no importaba si echaba una medida doble bien colmada de la variedad de los granos más fuertes que conseguía en el mercado. A pesar del sabor insulso en la lengua, la acidez se le instalaba en la boca del estómago apenas terminada la primera taza —siempre tomaba dos— como advirtiéndole que debía desconfiar de sus papilas gustativas. Tres días antes estas dos palabras se habían aferrado a su cabeza, sin tregua, y no podía encontrar la más mínima explicación para que esto ocurriera: papilas gustativas, repitió en voz alta. Y enseguida se sintió reconfortada, estúpidamente reconfortada, al igual que cuando hundía sus dedos en el pelaje de la gata vieja.
El asunto podría haber quedado allí, y ella podría haber ido a elegir la camisa que combinaría con el pantalón gris que había decidido usar un día más, entonces tal vez, no hubiera perdido el tren de las ocho y diez; pero no. Aún decidió pensar en que querría tener una gata da angora de pelo blanco y largo, y entonces hundiría sus dedos hasta perderlos en el pelaje suave del animal. Se preguntó qué nombre le pondría ya que la anterior, a la que había juntado del costado de una alcantarilla, la había llamado Gata esperando un nombre mejor, que nunca llegó. Papilas, volvió a repetir, y se convenció de que así llamaría a esa gata blanca de angora en la que ella hundiría sus dedos porque le producía una satisfacción tan simple e inmediata que jamás podría explicar; de cualquier modo era poco probable, incluso imposible, que a alguien se le ocurriera preguntar por sus placeres, ni ella misma lo haría. Luego sintió pena, ¿o sería culpa? Decidió que era su vieja gata la que le provocaba esa lástima —no halló otro modo de explicar esa pena repentina, además aquella mañana necesitaba respuestas— y para compensarla decidió aumentarle la ración de comida de ese día y debió ir al baño en búsqueda del paquete de alimento que aún no había abierto. Guardaba las bolsitas en el mismo estante en el que tenía el jabón en polvo y el suavizante porque ese era el lugar que ocupaba en el supermercado; aunque ella, si le hubieran preguntado, habría dicho que la clasificación de los productos en las góndolas del súper era completamente caprichosa y carente de sentido. Aun así se atenía a las normas como tantas otras veces.
Una vez en la calle se arrepintió de la elección de camisa, sin duda la verde, mucho más sobria, habría sido una mejor opción para un lunes; pero era tarde y todavía mantenía la ilusión de llegar al tren de las ocho y diez, aunque la aguja larga de su reloj ya se posaba en el minuto trece. A cada paso que daba se convencía más de que la camisa que llevaba no era la adecuada, ahora se la antojaba provocativa para un lunes de mañana y, sin embargo, no había despertado mirada alguna. Bajó la vista al suelo y se golpeó con sus zapatos, que eran bien azules a pesar de que la dependienta de la tienda le había asegurado que eran negros; los encontró más feos que de costumbre. No dudó en pensar que tal fealdad aumentada se debía a la elección de camisa; pero el hallazgo volvió a causarle tristeza. Recordó que mirar los zapatos de su madre siempre la llenaba de vergüenza cuando era niña, porque intuía que allí sobre sus pies descansaba todo eso que ella se preocupaba por ocultar y bastaba con mirarle los zapatos para decir con exactitud quién era, muy diferente, por cierto, a la madre que asomaba desde la boca, desde sus palabras y sus labios siempre sin pintar. La molestia no radicaba en alguna característica específica del calzado, sino en la certeza, sorpresiva, de que aquellos serían los mismos que hubiera elegido su madre. Maldijo en silencio esa serie de sucesos nimios que ahora la obligaban a pensar en ese patio de escuela que hubiera preferido olvidar, pero que volvía una y otra vez mezclado con el polvo de la tiza y los restos de goma de borrar para dejarle gris el semblante y ensuciarle la pollera. Otra vez se veía obligada a subir por la escalera enorme para sentarse en el último banco de la fila.
Al asomar a la estación había logrado alejar todos aquellos pensamientos molestos de su cabeza y canturreaba ronco imitando la fonética de una canción de pop en inglés. Estaba tan concentrada en la canción, y en no dejar que nada arrastrara su cabeza a razonamientos incómodos, que no reparó en el cordón policial ni en las ambulancias ni en los rostros de la gente. Pero apenas intentó bajar a la estación una voz la detuvo:
Señora, no puede pasar. —Le pareció tan reconocible ese tono, tan familiar—. ¿No se enteró del accidente?

Recordó que se había despertado con una extraña sensación de setiembre en la oreja, recordó acariciar el lomo de un gato blanco, el café insulso, su dolor de estómago, unos viejos zapatos… Sintió un ruido tan fuerte que le lastimó los tímpanos y después, silencio; pero tuvo la casi seguridad de que el ruido provenía de otro recuerdo y que nuevamente sería llevada a pensamientos caprichosos. Quiso entonces preguntar a esa señora tan amable que le había hablado si se encontraba bien, pero se encontró hablando sola. De puro nervio se acomodó la camisa, que ahora era bien verde, sin embargo, no llegó a felicitarse por la buena elección, porque era muy posible que la roja de manga tres cuartos fuera mejor opción para un lunes de mañana. Ya sin certezas y sin preocuparse de las respuestas, llegó a pensar que quizá, solo quizá, ella no había llegado tarde al tren de las ocho y diez.

Escrito por Lorena Giménez

Lorena Giménez: nació en Estocolmo, en el año 1977. Es licenciada en Lingüística porla Universidad de la Repúblia. Actualmente cursa la Maestría en Lenguaje y Comunicación (UDELAR). Es docente de Español Lengua Extranjera, Comunicaciones, además de editora y traductora. Participó en dos antologías, ed. Irrupciones, y publicó publicó "Otoño un lunes", ed. Estela, (su primer libro de cuentos) en el 2016. Actualmente integra el colectivo editorial Insilio.org, revista literaria.