La decisión

Trabajé unos años en un laboratorio de biología molecular hasta que un día me cansé de los horarios, la rutina y la falta de desafíos personales. Comprendí el sinsentido de lo que estaba haciendo una mañana de octubre cuando estaba por irme a bañar, previo a salir para el laburo. No corría agua ni en la ducha ni en el resto de la casa. Me detuve un segundo a contemplar el vacío en mi baño sentado en el inodoro. ¿Existe algo más desolador en la mañana que no tener agua para hacer absolutamente nada? – me pregunté eso y acto seguido recordé el repost que hizo el amigo de un amigo que decía: “madrugar es la segunda cosa más dura de la mañana”. Continué sentado un rato más, divagando. No parecía haber mucho movimiento a esa hora para seguir en las redes sociales así que dejé el celular en la mochila del inodoro y seguí mirando el mismo punto blanco que arbitrariamente había elegido. Una brisa se coló por los intersticios de la puerta corrediza del baño y trajo consigo una pequeña masa informe de aglomerados varios (fibras textiles, pelos, partículas de diversa índole, etc.); era, para decirlo de modo coloquial, una simple y llana pelusa. Esta siguió desplazándose un poco más por el baño con algo de envión hasta dar con la alfombra del baño que uso para secar mis pies húmedos cuando salgo de la ducha. Me pregunté si solo la obra del viento hizo que la pelusa fuera a dar con la alfombra o si tal vez fuerzas de índole electromagnética (que se dan en el centro mismo y alrededores de la alfombra peluda) eran las causales de traer hacia sí al ente. Recordé que en un libro de reseñas sobre la obra de Giannuzzi el poeta decía no ser capaz de tener “pensamiento abstracto”; yo en ese momento estaba siendo capaz de pensar en una abstracción que de ninguna manera era útil a mi situación de deshidratación cañeril, mi aburrido trabajo y lo cotidiano en general. Aún trato de establecer relaciones, pero lo cierto es que tuve un rapto de sinceridad yoíca y decidí dar por concluido ese estado de cosas que me tenía a maltraer, renunciando a trabajar en el laboratorio para poder disponer de tiempo, pero ¿para qué? En ese momento era imposible saberlo.

Escrito por Raúl Andrés Cuello

Licenciado en Enología, Máster en Viticultura y Enología; se desempeña como becario en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), ambos de Argentina. Realiza su Doctorado en Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional de Cuyo en el área de Biotecnología de Levaduras Vínicas. Paralelamente a esto colabora realizando reseñas de libros, entrevistas o ensayos en diarios y revistas culturales de Argentina (Otra Parte y Cultura Irracional) y España (Vísperas). En 2015 publicó Magias Parciales, su primer libro de relatos. Desde 2014 a la fecha se encuentra trabajando en una novela experimental cuyo título es La imposibilidad de la escritura.