Hace tiempo que me resulta difícil reconocerme ante el espejo. Nunca lo he utilizado mucho, pero en los últimos meses he cogido la costumbre de colocarme ante él y observar mi reflejo, como si quisiera grabar en mi memoria quién soy. Pero me resulta extraño, porque nunca lo he utilizado mucho, por lo que no me reconozco ante él. Mi cuerpo adopta un aire de impostura que nunca ha tenido, como si estuviera posando no para que yo me observe en mi reflejo, sino para que otra versión de mí –u otro «otro», no sé– sea consciente de que soy alguien que se mira en el espejo. Sin embargo, esta actitud de presunta normalidad ante lo que obviamente para mí es de todo menos normal resulta tan forzada que mi reflejo acaba por ser el de alguien extraño, como si no fuera una imagen de mí la que veo en el espejo, sino el diorama que alguien ha dejado preparado para intentar hacerme perder la cabeza. Estos pensamientos no terminan nunca de incomodarme, pues no sé quién podría tener interés en entrar en mi casa a preparar un falso reflejo para que, cuando me observe en el espejo –algo que, ya he dicho, nunca he hecho con demasiada frecuencia–, reciba una imagen de mí ligeramente diferente a como me concibo y recuerdo, obligándome a repetir a menudo la operación de observar mi reflejo sólo para constatar que nada en mí ha cambiado, lo que inevitablemente provoca que inconscientemente adopte un halo de mentira y falsa normalidad que hace imposible que me reconozca ante el espejo, ni siquiera en mi reflejo, y termine añorando los días en los que no me colocaba ante este objeto a observar, una vez más, a alguien que no soy.

Escrito por Izaskun Gracia Quintana

Bilbao, 1977 - Filología Vasca, Edición y publicación de textos, Diseño Gráfico – Escritora, maquetadora, traductora y correctora.