Algunas noches,
escucho el croar que no me deja dormir.

María Lejana

El pretexto de hacer este viaje a Bolivia, fue para acabar con tu frustración de ya no lograr buenas fotografías para tus exposiciones, pero también sabemos que es el último intento para seguir unidos. No entiendo desde qué momento comenzamos a discutir por lo que sea.
Ahora, desde este bote, vemos cómo se aleja Copacabana, el muelle, las personas se hacen puntos, navegamos por el lago Titicaca que por instantes parece mar. Nuestro destino es la isla del sapo de piedra, que nos contó hace unos instantes, la niña que me vendió una pulsera.
Creo que despedimos el hedor de la fiesta de anoche y los otros pasajeros ya se dieron cuenta; no me gusta la manera en que nos observan. Es curioso que la mayoría lleva una botella de champagne, no imaginé que aquí bebieran de manera elegante.
Hasta este momento no me habías dirigido la palabra, pero yo me quedé con la cajetilla de cigarros.
Frente a mí, esa anciana que parece calavera no deja de observarme (su vestido ocupa gran espacio por la cantidad de polleras de colores que lleva puesta), en una mano sujeta una botella de champagne y con la otra sujeta a un niño de cara redonda, con una constelación de pecas salpicadas en sus mejillas.
Me parece extraño que el sol radiante se eleve y sus rayos atraviesen las nubes, pero el viento frío envuelve hasta mis manos, dentro de mi abrigo.
Antes de abordar, el chico que conduciría el bote nos advirtió que usáramos protector, porque este sol traiciona, pero a ti te pareció ridículo con este clima.
Detesto que siempre crees conocer lo que no habías visto y tener la razón.
Ahora, el sol tiñe de rojo tus mejillas blancas, aunque para qué insistirte con el protector, cualquier palabra desembocaría en pelea.
El señor gordo que está a mi lado, no cabe en el asiento y cada vez estoy más apretado.
Fumas un cigarro después de otro, me da asco.
La cima de las montañas se pierden en el cielo y en la orilla de una isla árida he visto al sapo de piedra.
—Ya viste, ahí está el sapo, sus ojos son enormes ¿y no te parece que brillan?
Es una roca monumental a orillas de la isla. Su ancho cuerpo está cubierto de serpentinas y pareciera que en cualquier momento saltará. Tú no contestas y prefieres seguir tomando fotografías al horizonte, mientras que en la orilla de la isla, una chola que lleva puesto un sombrero de bombín revienta una botella en el hocico abierto del sapo.
— ¿Me trajiste hasta a este punto de Bolivia, no más para ver esa pinche roca?
Me muerdo el labio para no contestarte.
Dentro del bote, algunos andinos se molestan por tu pregunta y por sus gestos, parece que tienen ganas de echarnos. El señor que está sentado junto a mí, supongo que sin querer, me dio un codazo.
Ahora, en la isla, la chola arroja serpentinas al sapo.
—Dime, ¿dónde le encuentras la forma a tu pinche rana?
—No es rana.
—Pues, para mí, es lo mismo.
Te aferras a iniciar otra discusión, pero esta vez yo no explotaré.
La anciana calavera está murmurando palabras en voz baja, sigue observándome, tal vez es bruja y me está echando una maldición.
—Contéstame, ¿dónde le ves la pinche forma de rana?
—¿Qué no tienes ojos? Su hocico está abierto y sus ojos brillan con los rayos del sol.
—Sigues borracho.
Detrás de nuestros lentes de sol, la noche que ayer bebimos, en la que sentenciaste que este viaje es una pesadilla y a orillas del lago me echaste la culpa de que te hayan despedido de la galería. “Yo no te puedo entender”, eso gritaste, con la promesa que te volverías hoy a México. En este momento, prefiero ignorarte y platicar con el chico que conduce el bote.
—Disculpe, ¿y el sapo tiene alguna historia?
Cada vez nos acercamos más al sapo, me parece que su hocico se abre, pero será sólo mi imaginación.
—¿De dónde es usted?
Y tú te adelantas a contestar.
—De muy, muy lejos.
—Lo imagino.
El chico no contestó con un tono amable, pero nos cuenta.
Ah, pues, el sapo salió del lago a causa del maligno y por eso la virgen de Copacabana lo petrificó.
Y como si el joven hubiera contado un chiste: te burlas. Contigo ahora me siento incómodo. No te das cuenta, que la anciana calavera nos está matando con la mirada. Todavía se te ocurre prender otro cigarro, el humo me lo echas en la cara y de paso al señor que va a mi lado, que ahora tose casi en mi rostro.
—¿Y por qué la gente rompe una botella en su hocico?
El joven que maneja el bote, ya no quiere contestarme, pero el niño que lleva la anciana calavera, rompe el silencio.
—Antes de arrojar la botella de champagne, debe pedir un deseo.
La señora con una señal le pide que se calle, pero él continúa.
Si cae en su boca, significa que ha aceptado su ofrenda y se cumplirá su deseo, pero si no le atina, pues no se cumplirá.
—Mierda, no compramos ninguna botella.
La sonrisa del niño es grande y blanca.
—No se preocupe, al ladito del sapo venden montones.
Y tu te quitas los lentes, para que todos vean tus ojos destruidos.
—Ni pienses que vamos a comprar champagne para estas chingaderas, mejor nos la tomamos.
Ahora no sé qué me gusta de ti. La última noche en la galería no llegó gente y frente a una fotografía en la que mi rostro se distorsiona entre los edificios de la ciudad, mencionaste que necesitabas tiempo, involucrarte con otras personas, para encontrar inspiración para tus próximos proyectos.
—¿Involucrarte? Cómo ¿Cogiendo con otras personas te inspirará más?
—Sí, tengo ganas.
Pero yo no quería perderte y te propuse este viaje.
Días antes de venir, fotografiaste tu encierro, que terminó en discusiones, cajetillas de cigarro y botellas.
Sentí que acabaríamos asfixiados y tú perdías la razón porque no lograste captar una buena fotografía.
Antes de tomar el vuelo, estabas frente al ventanal, viendo el aterrizaje de los aviones y en el momento que anunciaron que abordáramos, me pediste que me acercara. Nos quedamos los dos viendo el horizonte. Y me preguntaste:
—¿Sabes lo que este viaje significa?
Nos abrazamos. No sé por qué sentí nos estábamos despidiendo, pero sonreíste y después pensé que todo iría bien.
Ya a bordo del avión discutimos, porque no me querías dejar del lado de la ventanilla.
—Sí vamos a comprar la botella de champagne.
El bote está por llegar al muelle.
—Haz lo que quieras.
Por qué todos los pasajeros se han callado.
—Mejor por qué no te callas y tomas una fotografía al sapo, ¿en verdad no te parece que sus ojos brillan?
—No mames. Es sólo una roca. Esto no es lo que quiero.
—¿Entonces qué quieres?
—No lo sé, pero no está aquí.
—¿Qué más podrías pedir?
—No me chingues.
El bote ha llegado al muelle.
—Si te digo lo que siento ¿Por qué te pones otra vez así?
—Vete a la mierda.
Hemos llegado y los pasajeros se amontonan para salir, están hartos de ti. El niño de las pecas es el primero en descender, al pisar el muelle se ha echado correr. Yo te empujo para bajar primero que tú y te quedas atrás entre los pasajeros.
Al fin tierra firme, camino a paso rápido.
Antes de llegar al sapo, hay unos cuantos puestos ambulantes. Necesito comprar cerveza y una botella de champagne.
A lo lejos, ya escuché tu voz, gritas que pare y siento el frío con más fuerza.
La señora del puesto tiene un diente de oro.
50 bolivianos, aún no entiendo la conversión a pesos, más las serpentinas, casi las olvidaba.
—Quién te crees, para pensar que me gusta caminar detrás de ti.
Aceptas la cerveza, por un instante escuchamos el español mezclado con quechua y el sonido del viento.
—Está rica la cerveza, ¿verdad?
Asientes con la cabeza y prendes un cigarro más.
—Si te has dado cuenta que en todo el viaje sólo me has tomado dos fotografías.
No te creo.
—Ah, sí.
—¿Y sabes cuántas te he tomado yo? Montones, hasta cuando dormías.
—Te tomé unas en el aeropuerto, ¿no recuerdas?
—Sí, en la sala de espera, seguro es un momento que quiero recordar siempre.
—Mientes, te he tomado más.
—Mira tu mismo.
Me das la cámara. Encuentro tus fotografías mal enfocadas, que no tienen fuerza, yo tampoco entiendo qué pasó con tu talento, pero tienes razón, sólo te he tomado una donde estás leyendo un libro y otra donde te capté bostezando.
—Bueno, no importa, ahora deja que te tome una.
Y por qué me arrebatas la cámara.
—No se trata de eso.
—¿Entonces de qué?
Detrás de ti, el muelle, llegan otros botes, anuncian los constantes regresos al embarcadero de Copacabana y el sol ya alcanzó su punto más alto, pero sigue el frío.
—Ya me acabé la cerveza, abre la botella de champagne.
—No es para ti, es para el sapo.
—Te dije que no pienso gastar mi dinero en esas chingaderas.
—¿Tu dinero? Y quién pagó los boletos de avión.
Te diriges a la vendedora del diente de oro y le pides otra botella de champagne.
—Está bien, cada quién con su botella, como en nuestros buenos tiempos. Yo me quedaré aquí, mientras ve con el puto sapo, dime, porque me muero de ganas de saber: ¿Qué deseo le vas a pedir?
—Que te mueras.
Y al darme la vuelta, escucho tu risa.
—Ni un juego de feria haz podido ganar, tienes pésimo tino, porque te tiembla la mano de crudo.
Otra vez vienes detrás de mí. En mi camino encuentro a la señora calavera, que ahora fuma un cigarro y me sonríe. Sobre la tierra se encuentran brujos que incendian hierbas.
Aprieto la botella.
El sapo frente a mí, el sol resplandece en su cuerpo a través de cada cristal roto. Cierro los párpados y pido que lo nuestro no se acabe. Abro los ojos y los del sapo se iluminan. Tú estás a unos metros y caminas bebiendo el champagne. Intento concentrarme y aviento la botella, cae en el hocico, pero no revienta y se hunde.
Escucho tu risa. A unos metros venden champagne, quiero otra botella para volver a pedir mi deseo. Llegas frente a mí, bebes de la boquilla, escupes sobre la tierra y sentencias que ojalá me trague el sapo, y lo repites. Arrojas la botella; golpea en su hocico y revienta.
Los ojos radiantes del sapo me observan.
Final uno.
Abre su hocico y extiende su lengua luminosa, envuelve, es áspera, estruja, me falta el aire y al llevarme dentro, resuenan los latidos de su corazón que es ruido insoportable. Siento caer y no quiero morir sin volverte a ver. El espacio se vuelve luz. Me doy cuenta que desciendo en las vísceras del sapo, es otro lago y se expande. Las sombras de los ahogados resplandecen y una parvada de aves rojas son destellos en el horizonte. La nieve en los montes se ilumina bajo un sol de puntos negros. Un grito, el grito de la muerte retumba en el espacio, en mi boca y al gritar: “te quiero”, siento sangre en la garganta. La parvada de aves se vuelve gotas y tiñen el lago de rojo. En mi mente un bombardeo de fotografías de nuestra historia.
Al caer en el lago se abre el abismo.
Aquí abajo, sólo hay cadáveres y botellas rotas y sólo pienso en ti.
Se me acaba el aire,
Final dos.
Aunque tú y yo después de ese día terminamos; en mis pesadillas escucho un croar.
Final tres

Este cuento pertenece al libro El cuerpo de la noche, Casa Editorial Abismos, 2017

Fotografía de Yazmín Ortega, trabajo fotográfico que conforma el libro El cuerpo de la noche

Escrito por Fernando Yacamán

Ha publicado los libros de narrativa Ya quiero despertar (FOC, 2014), La pócima del diablo (Viernes Editores, 2015), El cuerpo de la noche (Casa Editorial Abismos, 2017) Recibió el premio del segundo lugar Punto de Partida (UNAM 2009), el premio Elena Poniatowska (UAA 2009) y mención honorífica en el premio la Crónica como Antídoto (UNAM 2014). Con el apoyo del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Aguascalientes 2010, terminó y publicó en una antología su novela Los ángeles del último sueño. Junto a la directora Claudia Santiago escribió la dramaturgia de la obra Náa Gunaá (Desiertos Ombligos) y junto con Ignacio Velasco, Destrozando el Tiempo. Se han presentado en distintos foros nacionales e internacionales.