El título de este artículo podría abrirme la puerta para hacer una lista de descalificaciones y burlas dirigidas a ciertos personajes actuales muy presentes en las redes sociales (los poetas de una línea que ponen sus “pensamientos” en fotos de paisajes, los hacedores de revistas y blogs que no duran ni una semana y en los cuales se repiten todos los clichés literarios del mundo, etc.), sin otro mérito que alimentar el morbo de cierta clase supuestamente literaria de usuarios de internet, que goza de burlarse de la ignorancia y la cursilería de los otros. Pero no quiero caer en ese facilismo sádico. Con las líneas finales de este párrafo cierro esa posibilidad para después dedicarme a hablar de mi caso personal (que no es de ningún modo peculiar entre los escritores iberoamericanos radicados en Estados Unidos) y del modo en que las redes sociales han sido de ayuda, y en otros momentos han sido un peligro, para el desarrollo de mis ocupaciones literarias.

Llegué a estados unidos en Agosto de 2006, y ese mismo año abrí mi cuenta de Facebook que poco a poco se ha hecho menos personal y más relacionada con mi actividad literaria. Por esos años igualmente abrí el blog que sigo teniendo hasta ahora. Como es natural, ambas plataformas me han servido mucho para hacer visible lo que escribo, al mismo tiempo que para conocer textos y autores que luego se han convertido en presencias importantes en mi obra, y muchas veces para entrar en contacto con gente que ahora cuento entre mis amigos.redes-sociales

Ha sido también gracias a las redes sociales que, a pesar de no vivir en México, puedo enterarme de asuntos literarios y mantener cierto grado de presencia en el campo literario de mi país. Por supuesto, ese grado de participación nunca será equivalente al de aquellos que además de tener la posibilidad de hacer visible su obra por medios digitales, comparten realidad geográfica con otros escritores, promotores culturales, y funcionarios de cualquier institución relevante. La influencia del mundo digital no es ilimitada.

Cuando empecé a publicar en mi blog y a distribuir por internet algunas cosas que escribo, la promesa del mundo digital era clara: ahora, gracias a estos nuevos modos de relacionarnos, quedaría abolida la necesidad de intermediarios y los textos llegarían a sus lectores directamente. Las redes sociales eran la distancia más corta entre texto y lector.

Esta promesa ha terminado por ser, en el mejor de los casos, una verdad a medias. Lo que ha sucedido es la reproducción de los mismos circuitos literarios tradicionales, con su mismo peso, prestigio y dificultad de acceso, en el mundo digital. La batalla literaria ha cambiado de soporte, pero no de naturaleza. Por ejemplo, el centralismo y el clasismo del campo literario mexicano siguen vivos y saludables en redes sociales, llegando a ser incluso más evidentes.

Por otro lado, la facilidad y rapidez de distribución del trabajo literario por internet son en realidad un peligro tanto para el que lee en la pantalla de su ordenador o teléfono móvil, como para el escritor. Me explico: para el lector, internet representa la imposibilidad de leerlo todo: la novedad es demasiada y por lo tanto hace falta discriminar qué se lee y qué decide ignorarse. Por eso mismo, es mentira que lo que se hace en internet siempre llegue a los lectores.  Como siempre, el texto debe ser relevante y, de ser posible, estar alojado en un sitio visible que dé la impresión de legitimidad. La lucha por ganar esa legitimidad suele reproducir los esquemas de la vida literaria que todos conocemos.

Para el escritor, el peligro surge de la propia impaciencia: la rapidez con la que se puede generar un contenido suele acarrear consigo una tangible ansiedad por estar vigente frente a la rapidez con la que los post aparecen y son olvidados. El escritor actual, seducido por la gratificación instantánea de los likes, comentarios y felicitaciones de sus contactos que se han convertido en su público, puede dedicar mucho de su mente y creatividad a escribir una cosa más, siempre una más, lo más rápido posible, y la prisa suele ser enemiga de la literatura.

La soledad del escritor ya no es la misma. Se ha convertido en una soledad expuesta, pública, en un performance. Tal es el mayor peligro, me parece, que un escritor que promueve su obra en redes sociales puede correr: renunciar a la verdadera soledad de su escritura, confundir el gusto de sus lectores con su calidad literaria o con su búsqueda personal. Escribir para agradar puede ser destructivo, puesto que el oficio de escritor debe aceptar la posibilidad de ir en contra del gusto común.

fbDicho lo anterior debo contar que en los últimos años he podido no solamente leer sino conocer y establecer amistad con gente que me ha contactado luego de leer algún texto mío. Varias de estas personas ahora son cercanas a mí, y jamás las hubiera conocido de otra manera. En mi caso, el ocasional contacto con los pocos pero valiosos lectores de mi poesía ha sido un regalo. No pocas veces estas situaciones me han dado la certeza de que no escribo en vano, y lo agradezco. Pero estos son casos en que la realidad ha trascendido la virtualidad.

En el ambiente literario, y creo que en cualquier ambiente actual, las redes sociales son un desfile no de personas sino de personajes (la creación de un perfil y de una personalidad online es un acto deliberado) que quieren ser tomados en serio, y que ofrecen a cambio igualmente hacerle creer a los otros personajes online, que se les considera personas verdaderas. Todo es ficción dentro de las redes sociales, y afuera también. No quiero decir que todo en la vida es mentira, sino que todo discurso está hecho a la medida de quien lo enuncia. La falsa modestia y la espontaneidad calculada suelen ser moneda común en el campo literario dentro y fuera de internet.

Me parece natural que casi todos los escritores actuales (lo acepten o no) comparen  su popularidad en redes sociales con la de sus contemporáneos, y que el resultado de esa comparación se traduzca en alegría, rabia, depresión o alivio. Sin embargo creo que para hacer literatura es necesario que el escritor sea capaz de mantener bajo control la influencia que las redes sociales puedan ejercer sobre su trabajo. Son una herramienta increíblemente conveniente y poderosa, y por eso mismo deben estar bajo el dominio del escritor que las emplea.

Quiero concluir diciendo una obviedad que frecuentemente parece olvidarse: un texto intrascendente en una página de internet prestigiosa, no es más que un texto intrascendente a la vista de muchas personas.  He visto muchas veces textos publicados por internet antes de estar completamente listos, maduros, y he visto a sus autores aprender que la visibilidad inmediata puede, a pesar de su encanto, ser el peor enemigo del escritor actual.

Escrito por Manuel Iris

Manuel Iris (1983). Poeta. Premio Nacional de Poesía "Mérida" (2009). Autor de Cuaderno de los sueños (Tierra Adentro 2009), y compilador de En la orilla del silencio, ensayos sobre Alí Chumacero (Tierra Adentro, 2012).Lic. en Literatura latinoamericana por al UADY, con maestría en Literatura hispanoamericana por la Universidad Estatal de Nuevo México (EEUU). Doctor en lenguas romances por la Universidad de Cincinnati (EEUU). Email: manueliris65@gmail.com