“La vida no es muy seria en sus cosas”. Así titula Rulfo uno de sus más célebres cuentos, y quizá también, determina el discurrir de su existencia en general. Como creador literario, como entusiasta del cine y la fotografía, de apasionado del teatro y de cualquier manifestación de vida que lograra conmoverlo lo suficiente para dedicarle su tiempo y su interés.

La exposición Imaginarios del Llano Grande: literatura, cine y video ha sido el espacio en común donde confluyen de manera natural todas estas facetas de Rulfo, tan sólo vehículos de un verdadero interés particular que logra asomarse en todo aquello que fue creado por él o en su memoria y tributo.

Ya sean las hojas polvosas y amarillas de las primeras ediciones de Pedro Páramo, los lomos gastados por la lectura de los cuentos de El llano en llamas, los fotogramas corriendo de una joven y risueña Lucha Villa en blanco y negro, o bien, fotografías de un rodaje en la sierra; ensoñaciones de caballos y hombres sedientos bajo el sol de la jornada, a través de todo se trasluce la intención más sincera de lograr un retrato vívido, con movimiento y en colores, de la vida rural en México.

A lo largo de la exposición, se mezclan y superponen unas con otras, las distintas formas en que Rulfo e importantes colaboradores, como fueron los escritores Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, y el cineasta Roberto Galvadón, intentan construir un lenguaje pleno y universal que abarque todos los rostros, las voces y texturas que conformaran aquella vida que ahora se antoja tan lejana, en geografía y en tiempo.

Leer los cuentos de Rulfo es, de por sí, un ejercicio de constante nostalgia e indagaciones sobre los pasos recorridos por nuestros ancestros. Pasos enterregados, de huaraches, del rancho a la capital y de regreso, con todos los pasajes que hasta ahora nos permanecen ocultos y que el autor trae de vuelta a las superficies de nuestras memorias, para preguntarnos aquello que no sabemos.

Los personajes se deslizan transparentes en múltiples representaciones. Y con esto no pretendo decir que carentes de dirección o de propósito, sino todo lo contrario. Caminan por las diversas historias con los ojos puestos en el destino, ya sea en la tierra que les han dado, en el camino hacia el infierno, en la cuesta hasta Talpa, pero con la certeza de que su fin es ese mismo, pasar.

Transitar a través de sus propias historias sin admitirse protagonistas, quizá por modestia, quizá por hacerse soportables aquellos caminos que parecen eternos y aquellas penas que no tienen consuelo. Y así la vida rural. Hombres y mujeres que acarrean con sus destinos más que manejarlos, porque conocen lo inevitable de la muerte, de la enfermedad y la incertidumbre.

No existe un tono, ni siquiera un dejo amargo en el trabajo de Rulfo. Sólo hay cabida para la crueldad misma de la existencia, pero también para sus goces inexplicables, que caen cuando no se esperan y es imposible explicar cómo han obrado los cielos para traernos dichas que no merecemos, en momentos en que no sabemos estar felices.

La vida en el pueblo se relata sola; a través de la pluma de Rulfo, de las fotografías de Galvadón y adaptaciones a la pantalla grande. Se relata y se explica sola. Sin justificaciones de por medio, sin dar lugar a ocuparnos de quehaceres pretenciosos, de preguntarnos por qué la guerra, por qué el hambre, por qué el desasosiego. El cielo y el infierno se dibujan claros en los universos trazados, y aún así, los caminos para llegar a uno u otro se desdibujan y pierden forma.

El bien y el mal existen, para nosotros y para la vida que retrata Rulfo. Existe incluso para los transeúntes, más que personajes, que retrata en sus historias. Sin embargo, lo mismo da a veces matar a un hombre y dejar morir a un hombre, ¿quién de nosotros está para juzgar a aquellos de quienes Rulfo habla? Si, aunque quisiéramos hacerlo, ellos mismos saben qué tan lejos están esos espejismos de la sangre y de la tierra.

Rulfo se vale de las herramientas que su época y condiciones le conceden para pintar trazo a trazo el retrato más amplio y equilibrado de la vida rural en México. Sin embargo, es injusto llamarlo retrato. Como se menciona antes, el autor y sus creaciones se saben circunstanciales, constantemente de paso en todos los lugares, y una sensación inconfundible de movimiento se percibe en cada una de sus obras.

Entonces, ¿dónde colocarla? ¿cuál será el lugar más adecuado para contar las historias que Rulfo recoge y reimagina para contarlas de manera justa? A primera impresión, podría decirse, bajo el criterio mismo del movimiento mencionado, que el cine es la respuesta. Concretamente, la época del cine de oro en México. Hecho a molde de las necesidades de sus espectadores en la vida posrevolucionaria, el ardor nacionalista del que se intenta contagiar a la nación reorganizada, levantándose apenas de tiempos todavía más crueles.

Por otro lado, habrá quien diga que el cine se queda corto, y no se trata de más que simples adaptaciones a otro vehículo comunicativo. Que cuarta el goce de la prolija narración del autor y además se somete a pasar por los filtros subjetivos de las miradas de productores, realizadores y la industria en general.

¿La fotografía o el teatro, quizás? Rulfo mismo dedicó gran parte de su vida a capturar imágenes que detuvieran eternamente aquellos instantes que la memoria no sería capaz de guardar, o bien, a poner en movimiento a través de guiones sus mismos cuentos, para ser replicados y disfrutados infinidad de veces.

Y tal vez es ahí mismo donde reside su éxito. El manejo con gracia de todas estas disciplinas sin caer en vulgares traducciones de unas a otras.

Rulfo se dedica a construir todo un lenguaje de la vida que intenta entender, una serie de construcciones sociales, temporales, históricas, geográficas, que por medio del simple acto de nombrarlas se vuelven tangibles y explicables.  No se vuelven parte de una realidad, construyen ellas mismas una realidad.

A medida que nombra, las cosas, poco a poco, adquieren corporeidad, proyectan sombra y absorben luz. Y nombra a través de constructos mucho más complejos que injusticia, incesto, culpa o fe. Nombra a través de señalar, apenas con un gesto de la cabeza, lo que siempre está frente a nuestros ojos, en una orilla de la conciencia, esperando volverse sólido en cualquier momento sólo para perturbarnos.

La vida quizá, en efecto, no sea nada seria con sus cosas, y esta misma levedad de la existencia hace posible que la intención de Rulfo sea transversal y redonda. Como cualquier lenguaje, sólo el tiempo y las exigencias mismas de sus hablantes sabrán deformarlo y traducirlo a conveniencia, con las bases que su legado otorga para bautizar aquello que parecía parte de un vacío y de ponerle gesto a los rostros que permanecían pulidos y sin expresión.

La exposición es una muestra de este lenguaje, donde en cada una de sus representaciones se perciben los mismos tonos, las mismas voces, y aún más de cerca, se trasluce claramente el deseo de hacerlo todo fiel a lo que existe y explicable para quien quiera conocerlo.

Rulfo no inventa un mundo que no existe, sino que nos trae de vuelta, como un presente, una manera de aproximarnos a la realidad. Y tal vez, la labor del creador se resuma a eso, a la construcción sensible de un modo de hablar para, irremediablemente, tratar de explicarnos la muerte, la tristeza, la vida.

 

 

La exposición “Imaginarios del Llano Grande: literatura cine y video” se encuentra actualmente en Casa ITESO Clavigero, Guadalajara, Jal. México, y se exhibirá hasta febrero de 2018. 

Escrito por Selene María

Poeta en Guadalajara, México.