Pobre Catulo, déjate de tonterías

Catulo

 

1. Ciclo del yo

Cada vez que se habla de la crisis de la poesía me pregunto ¿a cuál de todas sus crisis se estarán refiriendo? La poesía es supervivencia en la crisis. La densidad del yo suele ser uno de los temas recurrentes, enmascarado de diversas maneras, que excusan una supuesta ruptura de valores (es decir, para quienes una ruptura de valores concluye en una retórica especial). El siglo XXI nos sorprende todavía hablando de “confesionalismo”, trasponiendo un marco estético dado en los Estados Unidos entre los años 50 y 60 del siglo pasado. ¿Puede ser un problema de la poesía contemporánea el “confesionalismo”? Al menos pareciera serlo el efecto reaccionario que impulsa a algunos de sus actores.

Más allá de que el uso del yo se remonta a los tiempos primitivos de la poesía, la irrupción de T. S. Eliot (como para arrimarnos un poco la historia) representa uno de los focos que creo nos han llevado a esta discusión. En 1919 escribió: “Su vida [la del poeta] será un continuo renunciar a lo que él es en el momento, en pro de algo mucho más valioso. El progreso de un artista constituye un ininterrumpido sacrificio personal, una constante extinción de la personalidad” (Eliot, 1932). Me permitiré aislar este fragmento (sin entrar en las exploraciones del yo hechas por el propio Eliot que podrían servir como contradiscurso). El sacrificio de “lo personal” hace a toda gran obra en tanto proceso de focalización sobre el texto en sentido barthesiano. Entre “sujeto” y “objeto” se encuentra una escritura que “no se produce según una vía orgánica de maduración (…) sino según un movimiento serial de desenganchamientos, de encabalgamientos, de variaciones” (Barthes, 1988). Entre todas las características textuales que enumera Barthes, en esta se aprecia la inorganicidad y por ende, la fuga del texto de una temporalidad humana. Ese “movimiento serial” es la muestra del texto como acto de lo impredecible, no sujeto a un patrón evolutivo. En cambio, para Eliot el poema asciende balanceado con el descenso de la “expresión de la personalidad”, está sujeto al autor como ausencia y allí, como fin, un supuesto “progreso”.

Lo errático de esas “variaciones” no puede empanarse como una feta conceptual en un manual de literatura. El yo se oculta un poco más o un poco menos detrás de sus satélites dando lugar a un ciclo de eclipses: eclipse-sujeto, eclipse-objeto, eclipse-autor, eclipse-cuerpo. En diferentes instancias de la historia, esos ocultamientos (con sus manipulaciones y ficciones) han sido columna vertebral de cada Arte Poética. Cuando Sor Juana escribe “Amado dueño mío…”, Robert Lowell “En el dormitorio de mi padre…”, y Fernando Pessoa, maestro en las distancias de sí mismo, “Sufro -Soy yo”, lo que hacen es cargar en el yo las posibilidades políticas de decir y no decir. El yo se proyecta e incomoda a quienes anhelan la renuncia del otro como reacción al espanto de oír la propia voz (un síntoma pospolítico enlazado con la ficción de la voz de Nadie como modelo de indiferencia social y elisión de lo comunitario). Los contornos resplandecientes del sujeto romántico, del objeto modernista, del autor metapoético, del cuerpo performático no pueden excluirse uno a otro. Por el contrario, entran a circular en la historia de la cultura y nos esperan en las emboscadas discursivas de turno.

2. Policías anti-yo

Los policías anti-yo reaccionan dopados al final del embudo de la Ley; han consumido un relato represivo y el antídoto que rehabilita sus cuerpos como tales (como objetos de pertenencia) resulta ser la verificación de la Ley. Esa externidad sin rostro que hace de Padre, Hombre y Mundo. Estos corderos muerden siempre en fragmentos y no pueden leer proyecciones. Las cortezas de sus subjetividades son esencialmente un cóctel de todo lo antiamoroso en un extremo sacerdotal.

Lo menos dicho es negocio en cada época. Alguien comanda al rebaño para que el ruido ocupe la zona liberada. Las puertas del mundo dicotómico son pesadas y hay que sostenerlas con esta legión de letrados selladores de constancias. La poesía para ellos es el atrofio de lo que se espera como asombro. Una pantalla tildada. Un ventrílocuo hábil fuera de función.

Lo confesional interviene como resistencia de una diferencia. Su Otro es forzado a ser, y como sujetos domesticados se enrolan en el gran Deseo del consumo. Entonces, como señala Fabián O. Iriarte, pensando en los confessional poets: “La fórmula de Arthur Rimbaud, “Je est un autre” (en Lettres du voyant, 1871), no sirve para delinear la experiencia de la poesía confesional. El yo del poema confesional no se percibe como alteridad, sino más bien como reflejo o como duplicación, como punto de fuga del que irradian sus posibles versiones, inversiones y reversiones” (Iriarte, 2004).

Iriarte utiliza un término muy productivo, “la experiencia de lo confesional”. Elijo leerlo del siguiente modo: no estamos ante un poeta que se confiesa o no se confiesa sino, corrido el elemento autoral, una experiencia, una sensación de lo confesional. No es una diferencia menor. Se trata de la ilusión de estar entrando en un territorio íntimo y en la trampa erótica que allí se tiende. Nos seduce saber, pero más el no saber si se sabe. Quedarse en la indeterminación sería la posición más sólida de lectura, pero resulta habitual tentarnos a tomar partido. Construimos una voz que nos habla según nuestro deseo, escuchamos lo que queremos escuchar. Y, cuando algo nos pone en crisis (¡en otra crisis de la poesía!), revertimos la culpa, acusamos, odiamos (como diría Ben Lerner) al poeta.

Aquello que queremos escuchar es el gusto, y todo lector que pretenda traspasar sus narices debe estar dispuesto a cruzar, atado al mástil, el mar de las sirenas. Ese canto pide una reacción inmediata pero no podemos ceder. ¿Qué es lo que nos enloquece? ¿Qué tipo de amor/sufrimiento nos urge a morir entre las olas? Quien gusta de la poesía confesional de Anne Sexton y quien la deplora han saltado a las mismas aguas. Ese es el punto. Sexton puede ser una crisis (productiva o destructiva) pero ante todo debe ser un territorio de erótica incertidumbre. No se puede leer poesía como un cordero policíaco lleno de prejuicios.

“El confesionalismo es una porquería” dice mi amigo R. y me pregunto por qué se zambulle sin resistencia al mar de una enunciación sin argumentos. Si los hubiera, la discusión no podría ser la misma, debería considerar cierta especificidad y enunciar algo como: ¿Qué procedimientos son obturados por la gran densidad del yo y qué otras zonas del lenguaje no están pudiendo explorarse por ese bloqueo? Allí sí habría terreno por recorrer. Pero no me interesa contraponer poéticas que, afortunadamente, se desarrollan libres de la parafernalia crítica.

3. ¿Hacia una poética de la aceptación?

Aceptación del ciclo. Aceptación del desprendimiento entre el yo y su errancia. En una era de reformulaciones éticas, el aferramiento a un concepto tan mecanizado (“poesía”, “literatura”, “arte”) se vuelve un posicionamiento oscuro. Cuando un concepto no puede prescindir de sí mismo, se cae en una tiranía sólo sostenible por una mediación agresiva hacia la otredad. Se quiere eludir lo “éxtimo” (Lacan, 1964), anularlo en una dicotomía sin salida: lo íntimo / lo público; confesión / pensamiento. El Otro “con el cual estoy más ligado que conmigo mismo”, escribió Lacan, es la paradoja que puede liberarnos del funcionamiento dual del lenguaje. Lo que se exhibe nunca es lo íntimo. Si se renunciara, como decía Eliot, a lo que se es en un momento no habría escritura: ésta no puede gestarse sin la tensión Yo-Otro. Y posiblemente, tampoco habría lenguaje.

Hemos visto que las reacciones más rudimentarias son el síntoma de un desajuste que poco tiene que ver con “lo poético”. En la novela 10.04 de Ben Lerner (2014), el protagonista, en una visita al Museo Metropolitano de Nueva York en compañía de su amiga, exclama ante una pintura del siglo XIX: “We would work out our views as we coconstructed the literal view before us”, algo así como: “Descubriríamos nuestros puntos de vista a medida que coconstruiríamos el punto de vista literal que enfrentábamos”. Un torcimiento interesante a la cuestión del yo. Con referencias a la película Volver al futuro y un narrador de características semejantes a B. L., el mundo se proyecta co-construido en todas sus facetas: no hay tiempo fuera de la interacción ni posibilidad de un organismo omnipotente. ¿Qué son nuestros puntos de vista, nuestros yoes? El resultado de esa co-construcción; un regreso desde el futuro colectivo a la apariencia de individualidad de un presente que “confiesa” lo éxtimo en diferentes densidades.

Cuando se acepta el principio de que la poesía es siempre contraria a la Ley, el sujeto se disloca al trasfondo y el texto, verdaderamente, se libera. De lo contrario, leemos un mero artefacto de convenciones más o menos probadas como exitosas para la salud masiva. Ver la propia incapacidad para entrar en las proyecciones de una poética es el paso fundamental: no es fácil salir del confort del “megusta” y las personalidades en cadena. Tal vez, si damos una vuelta a la cita de Eliot, las personalidades que deben (y pueden) extinguirse sean esas, las máscaras de una cultura de cotillón.

 

Referencias

Barthes, Roland (1988). “De la obra al texto”, en El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y de la escritura. Barcelona: Paidós.

Eliot T. S. ([1919], 1932). “Tradition and the individual Talent”, en Selected Essays. Londres: Faber & Faber.

Iriarte, Fabián O. (2004). “Poesía y subjetividad: poetas confesionales norteamericanos”, en Cuadernos del Sur, n° 34, Bahía Blanca. En línea: http://bibliotecadigital.uns.edu.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1668-74262004001100111

Lacan, Jacques (1964). “En ti más que tú”, en Seminario 11. Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Barcelona: Paidós.

Lerner, Ben (2014). 10.04. New York: Picador.

Escrito por Diego L. García

Nací en Berazategui, Buenos Aires, en 1983. Soy Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribo poesía y crítica. Entre mis últimas publicaciones se encuentran los libros de poesía Esa trampa de ver (Añosluz editora, 2016), Una voz hervida (Jámpster ediciones, 2017), y el ensayo No es otro videoclip (2017). Colaboro en las revistas Transtierros y Jámpster, entre otras.