Hola, quiero conversar con ustedes. Aquí, nadie me conoce. Nadie se involucra en mi supervivencia. Sin las aficiones del dramatismo y los clichés de la telenovela, iniciemos una conversación acerca de dónde vengo. Luego, si les interesa, podemos profundizar en otros temas. Pero primero, usemos estas líneas a manera de presentación. A manera de pacto entre el que escribe y el que lee. Un pacto que no se romperá.

Nací en Caracas, hace 31 años. Nací en la Maternidad Concepción Palacios. Para ese entonces, mi mamá, de diecisiete años, tuvo complicaciones después del parto que llevaron al médico a salvar su vida. Una emergencia que involucró baja de tensión, desmayos y sangrado. Ustedes imaginen el resto. Lo puntual en esta historia es que su hijo, el primogénito, se perdió. O mejor: lo perdieron. Como nací al mediodía, en pleno cambio de guardia de las enfermeras, fui ubicado en el pabellón de niñas en vez del de niños. Con la salvedad que frente a mi cuna había una tarjeta rosada pegada con cinta que decía, en marcador negro y mayúsculas: VARÓN.

No sirvió de nada. ¡Oh, pobre niño! ¡Bendito entre las mujeres! Pasó 36 horas sin abrazar a su mamá y con una pequeña manta sobre su cuerpo.

Mi abuela me encontró luego de una búsqueda extenuante que requirió de enfermeras, personal de mantenimiento y policías. Así que ahí estaba yo, al fin, frente a mi mamá. Pegado a su teta y reconociendo en sus ojos lo que debe ser el amor incondicional. Extraño a mi mamá. Hace tres meses la dejé de pie, en un terminal terrestre, despidiendo con ambas manos al autobús que me trajo hasta Ecuador. Extraño su sopa de los domingos, las escapadas al cine de los viernes y todos aquellos detalles que me formaron. A pesar que hablo con ella todos los días a través de las peripecias de la tecnología, con sus recovecos que nos hacen la vida más sencilla, las querencias a la distancia no dejan la misma huella que el abrazo que se planta en la piel.

Me tocó emigrar. Lo mismo que hizo mi abuela hace cincuenta años cuando dejó Ecuador para vivir entre Estados Unidos, México, El Salvador y Venezuela. Lo mismo que hizo mi mamá al dejar su Quito natal cuando tenía nueve años, y viajó hasta Caracas en los años setenta. A esa ciudad pujante, llena de petróleo y amaneceres del Caribe. Lo hice con la determinación de saber que provengo de una familia de emigrantes. Con la certeza de que mi país dejó de ser lo que yo recordaba, y que mi hijo de un año no debe padecer las consecuencias de la maldad y la desidia.

Somos tres en un pequeño departamento en el centro de Quito: mi esposa, mi hijo y yo. Desde aquí, desde este nicho, les escribo. No soy místico a la hora de escribir. No tengo rituales ni oraciones para la inspiración. Quizás, por eso, mi mamá quería que fuera abogado. Pero la rebeldía de la adolescencia tiene sus frutos a largo plazo, y al encontrarme con la negativa materna de querer estudiar literatura, no doblegué mis ganas de la escritura y terminé estudiando periodismo. Puedo decir, con una media sonrisa en mis labios, que mi vida se cuece a través de lo que escribo. Muchas veces, la cocción es agridulce. Por ejemplo, actualmente, tengo menos de diez dólares en el banco. Pero otras tantas, esto de pulsar las teclas, genera ciertos manjares que me afinan el paladar. Que me hacen feliz sin importar cuánto pueda tener en el bolsillo.

Mi abuela dice que soy un hippie. Mi mamá, que mientras pueda mantener a mi familia, puedo ser lo que me de la gana. Y mi esposa. Ella es mi primera lectora, mi editora y la que siempre se reconoce entre las palabras que le dedico.

Con verbos, sustantivos, conectores y oraciones estamos nosotros: tú y yo. Los que escribimos. Los que leemos. Los que somos capaces de disfrutar una noche de viernes o sábado, dentro de un taller literario o conversando, entre amigos, sobre literatura. Conversando como lo hacemos en este momento. Con la convicción de que nuestra vida no tendría sabor sin esa necesidad de buscar una hoja en blanco, lápiz e idea que nazca entre tinta y golpes de cabeza. De eso irá esta columna. De observar, registrar, contar y escribir.

Escribir como si fuera un apéndice extra de nuestro cuerpo: un tercer brazo, un dedo de más en las manos, otro oído y un segundo cerebro.

Conversemos.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.