Viviana Reyes

 

 

 

Mientras estaba viviendo en Quebec, recibí una noticia: una mujer muy cercana a mí había sido golpeada y amenazada de muerte por su novio, un ex-militar y un adicto a las drogas duras.
Solemos hacer el ejercicio de culpar a la mujer que se enamora de alguien que ocupará su amor para hacerle daño y cuando no lo hacemos, victimizamos  de tal forma a la mujer  que con esto  la volvemos más propensa  a ser vulnerable, es decir: al quitarle responsabilidad (y con esto no hablo  de culpabilizarla, hablo de la responsabilidad que conlleva la denuncia posterior y, en su momento, la voluntad de haber permanecido en una relación que la destruía)  a una mujer que ha sufrido violencia también le quitamos la fuerza, cuando asumimos la imagen de quien ha sido maltratada y  la concebimos débil y delicada, le quitamos parte del  empoderamiento que necesita para recuperar su vida. Nadie debería ocupar el amor nuestro para dañarnos, y sin embargo, son siempre frecuentes casos como el que menciono, donde mujeres que yo concebía fuertes, brillantes, contestatarias, viven situaciones de extrema violencia en secreto. Perdemos de vista la enorme intimidad que esa mujer tiene con su pareja, perdemos de vista que el amor es algo complejísimo y  que el poder de acción de la mujer está mermado casi siempre por el miedo, que no somos los mejores para escuchar casos como éste sin  culpar con ahínco a  la mujer por haber soportado, por haberse quedado hasta el límite, muy cerca de la muerte.

 


Lumbre

 

Una mujer es responsable, sí,  de haber mantenido una relación destructiva, pero no deberíamos arrojarle piedras, ¿cuántas de nosotras no nos hemos descubierto un día, siendo violentadas, presas de una rutina que hasta ese preciso instante parecía la más natural posible?  Una mujer que ha sido violentada de alguna forma por la persona en la que deposita su amor y su confianza tiene esquemas impuestos, además, por la sociedad. ¿Nadie se ha preguntado por qué la religión más popular de este mundo predica amar a alguien que sufre y está herido? En esta sociedad la herida es redención y expiación. Adoramos a un hombre que sangra. Adoramos a una virgen, la mujer que está llorando, casi siempre sumisa, con la mirada gacha. Perdemos de vista también que la mujer que ha sufrido violencia de parte de su pareja tiene, en la mayoría de los casos, un esquema similar impuesto por la familia. Una mujer que sufre el amor es, seguramente, una mujer cuyos padres enseñaron un amor doloroso y no la protegieron de la desconfianza hacia sí misma.

                         

Liz Mevill


Cuando recibí la noticia que relato, frustrada con el lenguaje y la distancia, escribí un poema. Era lo único que podía hacer estando lejos y la mejor forma de hacerle saber a ésa mujer que me importaba lo que le estaba sucediendo, que no estaba sola ni era la única que había tenido que padecer la entrega de su confianza y de sus sentimientos, sobre todo, quería hacerle notar que para levantarse tenía que conservar su capacidad de amar y que tenía que dirigir el odio necesario que aparece después del reconocimiento de una situación como ésta (porque no es inmediata la anagnórisis y conlleva un proceso lento y doloroso)  únicamente a esa experiencia, quería decirle que el amor no tenía la culpa.

 

 Inari Reséndiz

 

Finalmente, ése poema se envió a veinticinco mujeres  artistas de varias regiones de México, y de países como Japón, Francia y Estados Unidos, ellas hicieron su versión de mi texto, su versión de la situación de mi texto. La impotencia del lenguaje para retratar la rabia se mermó y me consolé con el resultado de este experimento. El tema es universal, sin duda, y me quedó claro que la violencia en las relaciones románticas no es únicamente resultado de un contexto social como el de México, mi país con fronteras que son paraíso para los injustos, el país donde tendemos a normalizar  la violencia, donde vi muchas cosas bellas y también tristes, y entre ellas vi cómo intentaban violar a una mujer en la calle mientras las luces  de las casas circundantes se iban apagando para fingir que no había nadie.
Dicen que una imagen dice más que mil palabras, agradezco mucho a las artistas de Dolor Local y de la Hellion Gallery por haberme ayudado a hacer la enunciación mucho más vasta.

 

 

Helena Vólkova

 

 

 

Aplaudí al mundo del que vienes, Morona
le aplaudí a tu lengua
pero un día la narrativa de nuestra conversación mental
comenzó a caerse
Busqué en el canal en el que te encontraba
y sólo hubo un bip interminable
el sonido de un recuerdo
que nació de algo sencillo
y terminó pervertido en la impaciencia
Tu rostro
si tuviste uno
se desdibujó temblando como el fuego de una vela
Y me di cuenta, Morona:
yo estuve contigo
porque eras capaz de ser desigual lo que eras
mi supervivencia y mi herida
el animal que escarba en mi cuerpo
la luz que me acecha en las ideas
una gruta de carne
para someterse a la reflexión obsesiva de la pérdida

 


Tú y yo, Morona
teníamos miedo
tú y yo
cada año nos volvíamos insensibles a nuestra propia historia
yo la barbarie
tú la relación de dominio
tú y yo la teodicea
el destino

Vivíamos la era del hijo de Dios
la era de amar esperando
la era en que el lastimado es entrañable

 

Atravesé lugares
mientras hombres y mujeres se hurgaban
con dedos recios
los muertos
las heridas

Y pensé:

A qué edad debimos haber muerto, Morona
para no sentir ese pozo
donde caen las cosas y los hechos
a qué edad debimos rendirnos
antes de perder el entusiasmo

Ya escupí, vomité,
mis músculos se hicieron unto

Ya llevé puesto un vestido de saliva
un animal encalado
crecí desmedidamente hasta tocar
según yo
las heridas del mundo

Quise tomar tu cordón umbilical como una espada
estuve ahí
intentando que fuéramos uno
y blindarnos
frenar esta fatiga
Me acostumbré a cargar razones suficientes
a decir
a gritar
que interveníamos en el mundo
pero éramos como los niños
(de la calle)
siempre al acecho
de algo oscuro
o verdadero

 

Quererte, Morona, era extinguirse en la condena de la plegaria
y reanudarse
era hacerle pasar hambre a un pájaro tierno
y mirar también en mí el azoro por lo humano
era quebrar espejos ganando tristes epifanías
Milité sólo en los lugares donde existe el pensamiento
para estar a salvo de mi corazón
que siempre en guardia
se endurecía en un bulto
junto a los pájaros ciegos
(Padecí ese pájaro
pero ese pájaro se confrontó contigo
era ilegible)
Quererte fue dañar al idiota que no reconoce
nada como abominable
pedirle cantos a los humillados
poner a prueba con patadas los cimientos
Gritar en medio de un aviario:

La libertad es una adquisición.

 

Caer de rodillas, decir:
estén ajenos a mi guerra.

Caer de rodillas, decir:

Si cada cosa que se considera imperfecta se implanta mejor en la memoria, por qué no habría de ser el amor una experiencia a veces, como ahora, dolorosa.

 

 

 

A veces creí que no existías, Morona
Tu amor me recordaba al de mis padres:
todos dormidos siempre a la hora del juego
todos dormidos siempre a la hora del desencanto
huida tras huida tras huida
si alguien llora aquí nadie lo mira a los ojos
pero tú, Morona
clavabas tus bastosojos
y me chupabas las lágrimas como si fueran uvas
y reías y entonces
cómo podría no hacerlo
reía contigo
Tu amor me recordaba al de mis padres:
abrazos sin tocar ombligos
porque los genitales parecían un avispero
sólo cuando enfermé
sólo cuando alguien moría
estuvo bien guardarme entre los senos de mi madre
ella siempre huele bien, Morona
cómo decirte
es el síndrome de todos los hijos
sentir pese a todo
que su madre huele a flores

 

(Dice ella que cuando quiere matarme
me mira el lóbulo de la oreja

es la parte que se mantiene más tierna
dice
es el lóbulo lo que te resta de niña
dice
Pero yo creo que perforado por ella
dos días después de mi nacimiento
le recuerda
su primera desgarradura
coronada con redondel de oro)
No digo que mi madre sea mala, Morona
es sólo madre
y todas las madres sueltan dentelladas
quién va a herir más a sus criaturas
que ellas mismas

 

 

Lo que quiero decir, Morona
es sólo que te quise
que acudí siempre a ti
y no encontré nada
el tiempo pasó
volví
y aquí dentro
me apareciste
sonriendo

 

Pero no eras tú, Morona
tú eres un olor a viento
que trae a cuestas
latitudes quemadas
Ya puse el cuerpo sin amor
y me hice comer sal con los caballos
Ya di a luz en sueños
una cerámica gemela
a la muerte
y en fin
mi corazón transmigró
a un pilar de piedra sin trascendencia
fui la reina con lepra
y me bañé como si lavara a un cadáver
me untaba lascas en la boca
oscilando como la aguja en un hilo
sobre el recuerdo de alguien normal

 

Volviendo de ti hallé siempre en vez de hogar
una astilla interminable
también por eso te quise como a un resucitado
qué valiente tú
qué valiente yo:
siempre tuvimos una bestia negra contra la cual pelear

 

Yo te adoré, Morona
porque mientras los otros lloraban conmigo
tú, Morona, reíste,
decías: mi niña, mi niña
Y tu amor traía a mi infancia
esos pequeños
episodios de reencuentro
de los que uno se nutre para siempre.

 

 

Citlali Haro

Abril Salgado

 

Stella

 

Pilar Fusca

 

Claudia Tlachi

 

María Conejo

 

Luci Rod

 

 

(La imagen en blanco y negro es obra de la artista Olivia Knapp)*

Escrito por Clyo Mendoza

Escritora mexicana. Autora del libro "Anamnesis".