El hambre es deseo (…) el hambriento es un ser que busca

En la Edad Media surgió la leyenda de una joven princesa que llevó a cabo un feroz ayuno como acto de rebelión hacia el mandato de su casamiento. Su inanición causó que le creciera pelo en el cuerpo y en el rostro, volviéndola indeseable para los hombres. En represalia, su padre la mandó crucificar, lo que la convirtió en una figura mártir y revolucionaria y un posterior símbolo religioso. La leyenda de la hoy conocida Santa Liberata o la Patrona de las mujeres mal casadas, ha sido una de tantas a lo largo de la historia. Este tipo de prácticas, incluyendo la mutación de los senos y la nariz, fueron autoflagelos muy comunes entre muchas mujeres que se negaban a someterse a la institución familiar.

Amélie Nothomb inicia su novela con una historia análoga sobre el hambre. “Existe un archipiélago oceánico llamado Vanuatu, antiguamente Nuevas Hébridas, que nunca ha conocido el hambre…” ante la abundancia de una sociedad como Vanuatu, de ciudades iluminadas por el neón como Japón o Nueva York, la autora reclama el hambre, es decir, el apetito voraz, irresuelto, frustrado e insaciable, como un drama igualmente necesario.

La alimentación en las mujeres ha sido un tema que siempre me ha inquietado. Y es que, las prácticas asociadas a la comida en un sentido simbólico y material, y en su diversidad y complejidad, definen de cierta forma nuestras subjetividades y nuestras relaciones afectivas.

En realidad, el tema de la comida y el género se ha abordado considerablemente desde el feminismo. Estos estudios, han evidenciado por un lado, la manera en que las representaciones y estereotipos de género configuran imaginarios, cuerpos, deseos y prácticas; y por otro, el hecho de que las vivencias con y desde lo doméstico influyen enormemente en los procesos creativos de las mujeres.

En estos estudios es recurrente encontrar, desde diversas disciplinas, miradas en relación a los trastornos alimenticios de las mujeres, como si estas prácticas estuvieran asociadas únicamente a los discursos televisivos de la mujer eternamente joven, hermosa y delgada. Lo cierto, es que mediante el sistema de dejar de comer, las mujeres también han realizado actos de insurrección, es decir, la anorexia ha sido una expresión intrínsecamente política.

Amélie Nothomb, usa estos elementos reales y metafóricos a propósito de su relación con la comida, para hablar de su relación afectiva con el mundo (uno que a su vez puede ser maravilloso y hostil) y nombra sin tapujos su transición por la anorexia, como una metamorfosis liberadora y libertaria pero sobre todo, introspectiva.

La diferencia fundamental del tratamiento novelesco hacia el tema de la anorexia, es que para la autora así como para muchas otras mujeres, la experiencia del trastorno se vive a conciencia, y como una elección. En otras palabras, funciona como una respuesta de rechazo a su entorno. “Biografía del hambre”, permite reexaminar el carácter de las prácticas alimenticias de las mujeres desde otros lugares que no sean necesariamente los de la patologización. La importancia de resignificar y explorar esta relación contradictoria mujeres/comida desde otras miradas, radica en entenderla como una forma de resistencia y agencia política.

Amélie Nothomb es una autora autobiográfica, esta es digamos, la novela que retrata su vida transcurrida desde su infancia hasta entrada la adolescencia. Sus primeros años están marcados por una insaciabilidad de experiencias, de agua, de ansiedad por la vida. Para narrar el cambio abrupto a su adolescencia, la escritora cuenta dos sucesos violentos: el abuso sexual y su encuentro con la niña princesa de Nepal, “Una visita me impactó más violentamente que todo lo que había visto hasta entonces sobre el planeta: el templo de la Diosa Viva… encajada en su trono, la pequeña crecía suntuosamente alimentada, floreciente y honrada por sacerdotisas, sin aprender a andar.” Así, desde un escenario de la escasez y dictadura militar decide dejar de comer. “Bangladesh se hundió en una dictadura militar. Yo me hundí en la dictadura de mi cuerpo. Birmania, la Albania asiática, vivía en régimen de autarquía. Yo cerré mis fronteras” Jubilosa por convertirse en todo, menos en mujer, inicia su vida jansenista junto con su hermana, por el control y autonomía de su cuerpo “el hambre desapareció, dando paso a una alegría torrencial. Había matado mi cuerpo…”

Como Santa Liberata, aquel ícono casi hermafrodita de la rebelión, Amélie deviene en ser deseante, inconforme, rechazando la enfermedad y eligiendo la anorexia como vía a la autodestrucción de un cuerpo aculturado, un cuerpo de mujer. Tenía hambre de tener hambre.

 

Escrito por Teresa Valdés (México, 1991)

Tiene una licenciatura en Estudios Literarios con línea terminal en Literatura Comparada y una especialidad en Familias y Prevención de la Violencia por la Universidad Autónoma de Querétaro. Ha realizado investigaciones sobre economía y arte feminista. Ha sido promotora de los derechos sexuales y reproductivos de las jóvenes por la red Ddeser. En 2012 fue becaria por la Fundación para las Letras Mexicanas. También ha publicado poesía y textos cortos en diversas revistas independientes, e impartido algunos talleres de género y escritura creativa en la universidad. Actualmente es columnista en la Revista Saltapatrás, y co-conductora en el programa radiofónico Contornos. Publica en su blog https://porlaboca.wordpress.com/