El orden

“Si no ocupo el primer lugar entre los afectos de alguien, prefiero no ser amada en absoluto”.

Así, Sei Shônagon.

El primer lugar, en la China de los Emperadores: siempre, el orden. La etiqueta.

Un mensajero trae hasta la casa un paquete con tortas. Shônagon pregunta:

-Si un criado trae este tipo de paquetes a alguien como a Dama Ben o a mí ¿debemos darle una recompensa?

-No – responde alguien, en nombre del orden – Simplemente deben comerse las tortas.

Así que, de antemano, todo el mundo sabe qué y cómo (solamente) todo puede hacerse. Lo que no se sabe, se pregunta. Las reglas son tierra firme, frente a la tiranía (oceánica) de la libertad. Lo que es posible contra – lo imposible. Contra lo inapropiado y lo indecoroso – lo apropiado. Lo oportuno.

La ropa de ciertos colores no puede llevarse durante ciertos meses del año. Dice Shônagon que en una poesía: no puede compararse un jardín con cuervos dormidos con… un jardín con cuervos despiertos.

No puede compararse, ni acostada en una cama y oliendo un incienso, un jardín así con otro. Tampoco pueden los músicos acercarse demasiado al Emperador, es otra regla clara. Se los considera de una categoría tan baja, que cuando el Emperador pasa junto a ellos, los músicos ¡no deben moverse!

El orden no es siempre equilibrado ni armónico: algunas damas usan vestidos con mangas muy largas porque quieren dejar la tela colgando desde la ventana de sus carruajes. Shônagon prescribe: una manga larga – posible. De ninguna manera – dos.

La irregularidad (una manga larga y una corta) es la regla del vestido.

También existe un orden en la superposición de colores. Si las cosas llegan a encimarse, una tiene que saber bien cómo. Shônagon ve un día a lo lejos una mujer debajo de un… montón de ropa. Pero el montón le resulta delicioso: ocho capas, una color violeta, otra ciruelo, otra blanco. Sobre todas, un oportunísimo manto violeta.

El orden de los días:

Existe durante el Japón del Imperio una cierta “Noche del Mono”. Sucede cada sesenta días, cuando el Signo del Mono coincide con el Signo del Hermano Mayor. La gente debe pasar toda la noche despierta para protegerse de los tres “gusanos de cadáveres” que, si encuentran a alguien dormido, penetran en su cuerpo.

Además, en los calendarios fijos:

Hay un día llamado Citación de los Budas. Luego de esta fiesta, unos biombos con pinturas del Infierno son llevados a los aposentos de la Emperatriz para que ella los observe. Las pinturas son espantosas, dice Shônagon.

-¡Mírenlas! – ordena Su Majestad.

Shônagon está tan aterrada que huye hasta sus aposentos. Allí se envuelve en las sábanas de su cama. Se arrepiente del orden (del tiempo dividido en fiesta, horas, días, ritos). Cierra los ojos y ya no busca. O busca simplemente “esconderse de las imágenes”.

 

Las cosas odiosas, según Sei Shônagon:

Una persona que se desea salud a sí misma después de estornudar.

Una persona que estornuda en una casa ajena.

Una persona que estornuda.

(Existe también un tipo de gente que se suena la nariz gentil y discretamente. A esas personas, evidentemente, Schônagon admirará).

“Las moscas también son odiosas. Cuando vuelan cerca de nuestra ropa, parecería que ¡las agitan!”.

 

Cosas inapropiadas, según Sei Shônagon:

Una caligrafía sin gracia sobre papel rojo.

Nieve en los techos de las casas de la gente del vulgo. Sobre todo, inapropiado cuando la nieve, con la luna, resplandece.

Las listas

Cuando se habla de orden en el Libro de la Almohada, no puede pasarse por alto: la manía de Sei Shônagon por las listas. Un modo de hacer orden, guardando el contorno de las cosas: poner un mundo en orden casi sin tocarlo. Entre las líneas de una lista, se atan nudos suaves, telarañas que, apenas con una mirada, a veces se enganchan y ¡se rompen! En la telaraña rompiéndose, otra vez (y siempre), la visión hipnótica: el campo profundo de las imágenes.

Cosas deprimentes:

Un perro que aúlla.

Una habitación de parto cuando ha muerto el bebé.

 

Cosas elegantes:

Hielo granizado mezclado con jarabe de bejuco, colocado en un tazón de plata.

Un rosario de cristal de roca.

Un niño pequeño comiendo frutillas.

 

Cosas sórdidas:

El revés de un bordado.

El interior de la oreja de un gato.

 

Cosas perturbadoras:

Un peine hermoso que se quiebra, al engancharse en el cabello.

 

Cosas espléndidas:

La veta de una madera en una estatua de Buda.

Un papel color nuez.

 

Cosas que emocionan:

Ver un espejo extranjero con su luna manchada.

Encender un sahumerio fresco y acostarse a dormir sola.

 

Las listas están anudadas con el hilo de un sentimiento extremo. Algo sórdido, algo elegante, algo espléndido. Las listas son también un orden de mérito. Separan del resto de todo – lo destacado.

Pero, de pronto, Shônagon hace una lista de cosas que no tienen el mérito de aparecer en otras listas. Cosas jamás anudables con el hilo de lo extremo. Las cosas sin mérito (sin lista), dejan de ser una lista y se transforman en – libertades.

Fécula de arroz mezclada con agua.

Tenazas para las fogatas de despedida de las almas.

Dice Shônagon:

“Admito que no figurarían en una lista que yo mostrara a otros. Pero nunca pensé que estas notas serían leídas por nadie salvo yo misma, y por eso incluí, por extraño o desagradable que fuera, todo lo que se me pasó por la cabeza.”

Fécula de arroz. Tenazas.

Dos cosas sin mérito, que guardan aún el mérito extremo de haber aparecido en una lista: de haber… ¡existido en la cabeza de Sei Shônagon!

Escrito por Marina Closs

Nací en Aristóbulo del Valle, Misiones, el 25 de noviembre de 1990. Hasta los 18 años viví en Aristóbulo, entre corrales de gallinas y relojes de oro. A los 18, me mudé a Buenos Aires, en donde cursé la carrera de Licenciatura en Letras, en la Universidad de Buenos Aires. Publiqué dos libros de cuentos: La doncella aguja (2011) y El violín a vapor (2014), además de un relato fantástico sobre la vida de Jesucristo llamado El pequeño sudario (2012). En la actualidad vivo, escribo y trabajo en Buenos Aires.