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Christine de Pizan  (1364-1430), imagen de wikipedia.

Se genera en Colombia una polémica, similar a la “Querelle des femmes” en Europa a lo largo de varios siglos desde la edad media hasta la revolución francesa. En la primera “querella” fue Cristine de Pizan, la filósofa, poeta y humanista, considerada por algunos como la primera escritora de la historia, quien alzó su voz en defensa de la capacidad intelectual, la situación de las mujeres, la subordinación y falta de acceso a la educación que enfrentaban en la época. Esta voz, la de la edad media, tiene ecos en la revolución francesa, resuena en lo que se denominó en el XIX como “The woman question” en la lucha por el papel de las mujeres, por el sufragio femenino y otra vez, el derecho a la educación. La intelectualidad como lugar político y de influencia ha sido naturalizada para los hombres a lo largo de la historia, también las mujeres, las escritoras, han hecho evidente este hecho en distintos tiempos, a través de su resistencia.

Lo que sucede recientemente en Colombia, bajo el rótulo del hashtag #Colombiatieneescritoras no es un manifiesto en favor de las cuotas de género, que son políticas democráticas y también burocráticas, muchas veces alcanzan a desprestigiar esa voz preparada de una mujer para la vida pública, el lugar y la capacidad de pensar y actuar políticamente, simplemente las “mujeres cuota” funcionan para contar en la estadística, pero sin voz, ni voto de las grandes decisiones. Las escritoras no defienden este conteo, defienden que a las mujeres se les atienda como pensadoras, y se las vea como tal, incluso en el escenario de un evento cultural importante para la institución como lo es el evento de intercambio entre Colombia-Francia.

Traigo a la polémica, lo sucedido desde la edad media, porque de fondo, lo que noto es la defensa por el rol y la imagen pública de la mujer. Defiendo esta idea a pesar de las múltiples reacciones que ha generado el hecho de invisibilizar a las mujeres escritoras, a pesar de que se sabe también que quienes se manifiestan frente a tal falta de inclusión no son todas las escritoras del país, sino aquellas más visibles por razones de mercado editorial, porque publican en Penguim Random House, en Planeta o en alguna otra prestigiosa marca y sus libros son reseñados en Revista Arcadia. Es decir que hay una lucha legítima por la voz, por la intelectualidad femenina de las colombianas, muy a pesar de que se hacen visibles también espacios de exclusión para otras, en medio de la polémica.

Ahora bien, vuelvo a la lectura de lo que implica el reclamo, las múltiples voces de mujeres que ahora se escuchan y de hombres que reaccionan, algunos empáticamente otros, en cambio, de gran influencia en el mundo editorial, aprovechan su tenor para emitir juicios de que las mujeres que se quejan son “exageradas retóricas” en virtud de su creciente inclusión en los premios literarios durante los últimos años y en eventos de “alta literatura” en Colombia. Escucho también a otros que dicen que no todas las que reclaman son buenas escritoras, que solo se debería invitar a las buenas, por supuesto, también en la voz de ellos, emerge el argumento de que la calidad literaria, la escritura, no tiene género, que debe valorarse la obra porque no hay escritura masculina o femenina. Leamos esto detenidamente para entender la “querella de las mujeres colombianas”.

En principio, el argumento de que las mujeres exageran es muy habitual frente a las querellas, así que no me detendré mucho en esto porque no me interesa reafirmar tal habitualidad. Entonces hay que hablar sobre la calidad literaria, es decir lo que es valorado como bueno y malo estéticamente hablando. ¿Quién lo define? Pues eso depende tanto del lector, de la diversidad de las sensibilidades y sus irrupciones, como diría Jaques Ranciere en Sobre políticas estéticas, pero digamos para el caso, lo define el mercado, lo define también un hombre que dice que no todas son buenas, y habrá también mujeres que digan lo mismo. Lo que me interesa es poner de relieve que no estamos leyendo bien.

Sí, aquellos que reaccionan desvalorando la querella, no están viendo quiénes son los que juzgan algo como bueno o como malo, desde qué lugares letrados. Basta que las mujeres se “quejen” “exageradamente” para cuestionar si es bueno o malo el trabajo literario, de ellas, si no existiera tal pronunciamiento, ni siquiera se habrían preguntado por la calidad literaria, no se preguntaron tan siquiera por las obras de los hombres invitados a tal evento, a mi juicio algunos de ellos no son tan buenos, pero no vale el cuestionamiento, porque el mercado los tiene incluidos en sus catálogos y traducciones, en sus eventos importantes en Francia, como los grandes escritores, por sus largos registros en ventas, incluso con temas tan mercadeados como el de la violencia en Colombia, recordemos que hay toda una tradición con respecto a este tema, eso es importante notarlo.

Entonces, el argumento de calidad literaria también está permeado por cuestiones de género, por una mala lectura, que para algunos no pasa por la queja exagerada de mujeres por su cuota en un evento. Quiero referirme al hecho, además, relacionado con la calidad, del derecho a decir, al que ya Virginia Woolf hizo referencia, también en el siglo XIX, frente a las críticas de Joyce por la calidad literaria de las mujeres escritoras:

“Los hombres se escandalizan ahora si una mujer dice lo que siente (como lo hace Joyce). Sin embargo, la literatura que siempre está cerrando cortinas no es literatura. Todo lo que tenemos debe ser expresado –mente y cuerpo-, proceso de increíble dificultad y peligro” (Speech Manuscript Notes en The pargiters: The novel-Essay Portion of the years 1882-1941.)

Resulta que las mujeres tenemos el derecho a decir, pero parece que hay temas que son mejor vistos, mejor validados como literariamente buenos, pienso por ejemplo en la guerra, en las pocas escritoras que han escrito al respecto en Colombia y en que las comparan entonces con la gran sombra de García Márquez, es el caso de Laura Restrepo, aunque sea de las más representativas, otras se quedaron mucho más lejos del centro como Fanny Buitrago, Alba Lucía Ángel.

No son los únicos casos en la historia, no se sabe, porque quedó al margen del canon, pero la primera novela de la violencia en Colombia la escribió una mujer, al borde del prestigio de su cuñado, Prisicila Herrera de Núñez. Sobre las representaciones de la guerra y la escritura de las mujeres Carmiña Navia, hace un excelente ensayo. Esta habla de la audacia de las escritoras colombianas en pensar y crear a partir de un tema de hombres, pues también comparto con Virginia Woolf  en Tres guíneas, con Svetlana Alexevich en La guerra no tiene rostro de mujer, que la guerra no es un asunto de mujeres, o mejor, como lo dice Rita Laura Segato en La guerra contra las mujeres, que la guerra está soportada y en función de una estructura patriarcal neocapitalista que oprime a las mujeres, a los otros.

Pero bueno, quiero referirme a los temas, las mujeres escritoras no solo escribimos sobre la violencia, algunas reconocidas por temas como el amor, caso de Angela Becerra, ampliamente registrada en el mercado, se les considera de menor calidad porque los temas, los lugares retóricos son otros ¿No estará el medio obligando a que los escritores con sus lugares masculinos impongan los temas y con ello no permitan la emergencia de una nueva literatura en Colombia? Solo me lo pregunto, porque la retórica de las emociones, las diferencias de escritura si pueden considerarse exploraciones con el lenguaje.

La elección de algo como bueno está mediado por la lectura que un sujeto hace sobre el objeto literario, su valor estético lo suma el lector, entonces digamos que un poeta emitirá sus juicios a partir de la concepción tradicional de lo bueno está, mediada, por la lectura que ha hecho de Octavio Paz, en El arco y la lira, cuando dice: “Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida.”  El poema erguido, la imagen fálica, la institución literaria, la academia, la mole que decide quién es y quién no escritor o escritora. Hay un juicio que se hace con cierta mirada que deja poco para lo diferente cuando se leen los poemas con ese lente. El género de la poesía, e a propósito no entra en esta polémica, porque son poquísimas las mujeres poetas visibles en la élite letrada colombiana, según el manifiesto, ni que se diga de mujeres afro, indígenas, mujeres de publicaciones independientes.

Seguramente alguien cuyo gusto esté educado a través del poeta mexicano, o incluso que no esté abierto a leer otra cosa, no erguida, dirá que los poemas de mujeres no tienen calidad, pero alguien no mediado por este canon portentoso y masculino podrá abrirse a escuchar, a leer la palabra y la voz, el pensamiento femenino, esa sensibilidad otra. El gusto y lo literario también se educa, se elige políticamente en la educación letrada. En consecuencia, surge la pregunta: ¿Qué mujeres escritoras están leyendo los niños y jóvenes en las escuelas? ¿Qué valores literarios estamos educando?

Por último, me dirán algunos rigurosos del método científico, que para validar las diferencias de género en la escritura debo cotejar y comparar estadísticamente los textos, bajo un método estructuralista, algún cuadro semiótico de pensamiento muy falogocéntrico, pero no es mi interés, eso que lo analicen y juzguen los lectores, si los temas son diferentes, si el devenir hombre, como mole, es posible y en cambio el devenir mujer es rizomático, según plantea Deleuze en Diálogos. Me quedo con las ideas de Marta Traba, con su hipótesis, y de otras tantas, quienes hablan de esas diferencias existentes en la escritura femenina. Lo cierto es que sí, lo que más sobresale en la polémica de las escritoras colombianas es la diferencia, es la posibilidad de ver a una mujer con otra imagen ante el estereotipo sobre el que se construye la feminidad en Colombia: el de la madre, el de la reina, el de la jovencita que se opera las tetas y que es objeto de la cultura del narco, el del arma de guerra y objeto de la violencia de distintos tipos.

Las mujeres pensamos, escribimos, proponemos ideas y mundos con las letras, eso está en el fondo de la nueva querella, los mecanismos son los mismos, la discusión por el oficio y el rol de la mujer en este siglo XXI, a pesar de que retroceda, o muy a propósito de su marcha atrás, todas estas resistencias emergen. Pues no solo hay mujeres escritoras que publican en las grandes editoriales, incluso hay muchas que no publican y que guardan sus escritos con el celo que se guardan los secretos.

Esta querella de las mujeres colombianas es necesaria, pues es una defensa del pensamiento, de la erudición, al parecer ya no tanto manifiesta en el acceso a la educación, sino en la posibilidad de ser  diferentes a lo que se espera de una mujer en un país con dinámicas patriarcales y miradas literarias conservadoras; es necesario hacer una lectura amplia y reflexiva del tema para no restarle la importancia que tiene, no vaya a ser que de tanto leer y escribir, y quejarnos, las mujeres escritoras colombianas no tengamos más destino que aquel que le dio Tomás Carrasquilla a la letrada Marquesa de Yolombó, el de la locura silenciosa.

 

Escrito por Angélica Hoyos Guzmán

Creo que la literatura es la vida. Investigo sobre las formas de la sobrevida en el mundo contemporáneo a través de la poesía y el arte. Colecciono indicios.