Hay una ambiente tenebroso en esta obra, una suerte de bruma oscura y densa. Aparecen unos personajes en grupo, a la izquierda; otros, a la derecha, como lejanos espectadores de lo que se está produciendo en el primer plano de la escena. Señalan y hablan con curiosidad sobre ello, casi llegamos a escuchar su murmullo. Los dos personajes principales llevan un vestido de niebla enredado en sus cuerpos, con él, parecen querer tapar la luz que desprende su desnudez.

Son un hombre y una mujer de espaldas, mas el hombre gira su cabeza vigilando el gesto ágil de la mujer: la desea, pero también la rechaza, pues su mano derecha quiere detenerla, poner distancia entre los dos cuerpos. Ambos parecen flotar, pues apoyan un sólo pie en la tierra (izquierdo y derecho respectivamente), quizás pretenden volar, impulsar su destino hacia un lugar más feliz.

La mujer se agacha con soltura, pretende alcanzar algo, pero así, detenida en el tiempo, en nuestro tiempo, ahora; tal vez pienso que nunca llegará a tenerlo en sus manos. ¿De qué se trata? ¿Un objeto precioso? ¿Una joya valiosa? Algo pequeño, de forma redondeada y de una naturaleza hermosa, que llega a rozar con sus largos y blancos dedos.

La composición es diagonal, los cuerpos son vigorosos, fuertes y están rodeados por un cielo pardo, sin brillo, un firmamento intentado tragarse toda esperanza, o tal vez, es la mujer quien tiene en su mano izquierda dicha virtud. Ella es fuerte, y a la vez ligera, poderosa; sabe que puede (de hecho ha retado a todos los hombres: “Competid conmigo en la ligereza de pies”), por eso no le importa pararse, se detiene, para continuar después con mucho más ímpetu.

La obra ha dado bastantes tumbos desde que fue creada, en muchos casos, tachada de lasciva y excesiva, por tanto, escondida en los almacenes de algunas colecciones importantes, hasta llegar al lugar donde podemos contemplarla en la actualidad.

Como la mujer de la obra, corro, no hay quien me pare: corro y corro, sigo corriendo; soy tozuda, tenaz, y al final, suelo conseguir lo que quiero. He tenido algunos obstáculos, me han tentado con cosas bonitas, objetos preciosos, al fin, belleza, siempre, la belleza. Muchas veces he caído en la avaricia, me he roto, pero ningún hombre aún me ha ganado. Siempre me levanto y, aunque Orfeo no vino a recogerme del infierno, he salido de él. Sigo esperando al hombre que pueda ganarme.

Escrito por Ernestina González Causse

Desde muy joven me interesaron las realidades relacionadas con la belleza: arte, literatura, fotografía, música y cine. Me interesa relacionar conceptos, aquellas cosas que me gustan, descubrir lo nuevo. Eso es lo que hago desde hace unos años en mi blog: www.laletraconsalsaentra.com Soy del sur: luz, color y brillo.