Apegos feroces es un texto sobre el paso del tiempo, el amor y el odio intenso que se profesan una madre y una hija

 

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Título: Apegos feroces

Autora: Vivian Gornick

Año de publicación: 2017

Editorial: Sexto Piso

Número de páginas: 195

PVP: 19’90

 

Tomo el libro entre las manos y con la punta de los dedos repaso el dibujo que dejó el jugo de frambuesa al derramarse dentro de mi mochila. El lomo de este libro está manchado de un morado que es casi rojo, como la sangre. Ahora mismo, pienso en lo lejos que está situada mi madre en el globo terráqueo. Recuerdo el color de sus labios, sumerjo las uñas entre las páginas y elijo una al azar: “—Os estáis haciendo viejos los dos —contestó—. Tú y tus temores”. ¿Cómo ponerle nombre a un sentimiento tan salvaje? ¿Cómo hablar del apego entre la madre y la hija? ¿Por dónde empezar? ¿Por el principio? Tal vez.

El libro que sostengo fue escrito por Vivian Gornick (Bronx, EE.UU., 1935). Es un texto sobre el paso del tiempo, el amor y el odio intenso que se profesan una madre y una hija. Resulta complicado hacer literatura de la vida propia. Pero en esto Gornick es experta. Apegos feroces (Sexto Piso, 2017) es el libro del año elegido por el Gremio de Libreros de Madrid. Llega con unos cuantos años de retraso. En EE.UU., se publicó por primera vez en 1987. Sin embargo, es en 2017 cuando llega a España, de la mano del traductor Daniel Ramos Sánchez. Hasta el momento, en español, de Gornick solo teníamos acceso a Escribir narrativa personal (Paidós, 2003), obra sobre la literatura autobiográfica.

Con el Bronx como escenario, la periodista y escritora relata la vida de su madre, inmigrante y judía, y la de las mujeres que les rodean. La pequeña Gornick vive dentro de un círculo de influencias que le dejará una impronta del tamaño de un cráter. Por un lado, está su madre, tan dura y abnegada, acostumbrada a vivir para el marido. Por otro, su vecina Nettie, joven y experta en la seducción, dependiente y solitaria.

La palabras de la estadounidense son limpias y bien dispuestas. Como hormiguitas colocadas en fila india, cargan con una miga de pan cada una y son capaces de recomponer una baguette de significado hermoso. Su estilo es parco, nada recargado, y al mismo tiempo grandilocuente. Apegos feroces está plagado de pequeñas perlas de verdad y quien lo lee las puede ir recogiendo dentro de la mano.

El libro me hace pensar en autoras jóvenes y vivas de la literatura española, como Jenn Díaz, o en autoras que ya nos han dejado, como la italiana Natalia Ginzburg, por esa capacidad de narrar lo cotidiano y de elevar las relaciones intrafamiliares a la más pura belleza. ¿Cómo contar la dependencia? ¿Cómo hacer palabras de una conexión, a veces, tan enfermiza y triste?

En el texto, Gornick comienza relatando su infancia para luego dar continuos saltos al presente, en el que pasea por las calles de Nueva York mientras dialoga con su ya anciana madre. El dolor es escarlata muchas veces. “Nos convertimos, mi madre y yo, en mujeres condicionadas por la pérdida, desconcertadas por la lasitud, unidas en la pena y la rabia”. Otras, gris o amarillo. Apegos feroces es la historia de un dolor y de un aprendizaje que resultan penetrantes. Es literatura de la vida y los afectos.

Como en toda historia de amor, hay dependencia y hay miedo y hay deseo de felicidad. La madre quiere que la hija trascienda la clase obrera, pero teme que huya de su primera esencia: el Bronx, el judaísmo, las buenas costumbres, y que empiece a hablar en un idioma que ella no comprende. Pero Gornick es feliz estudiando y quiere ser escritora. Aunque, muy a su pesar, toda la vida llevará consigo los modelos de Nettie y de su madre. Así, bailará continuamente entre el deseo de ser una buena esposa y las ansias de libertad, y la escritura. La escritura, que es su casa más preciada.

Recuerdo aquí las palabras que Elvira Lindo le dedicó a este libro el pasado mes de julio en El País: “No es el libro de Gornick un ensayo académico o un análisis del lazo materno-filial, al contrario, es pura, hermosa y elevada literatura, pero aborda asuntos que ahora nos interesan más o que han entrado en el debate social [..]”.

Vivian Gornick lo ha hecho. Empieza la historia de un clásico que ha llegado tarde. ¿Pero cuántas cosas buenas nos han alcanzado con retraso? Los libros de Virginia Woolf arribaron al ámbito hispanohablante décadas después de su publicación gracias a las traducciones de Borges. Yo solo espero que las cosas cambien y que seamos capaces de reconocer más rápido las grandes obras. Hasta entonces, pienso en mi madre y acaricio el rojo frambuesa. Hasta entonces, leo: “Le conté cómo a veces me despierto de repente en plena noche, me siento en la cama y me encuentro sola en mitad del mundo”.

Escrito por Andrea Abreu López

Periodista | Fanzinera | Autora de «Mujer sin párpados» (Versátiles Editorial, 2017)