Aprendí a leer antes de que me enseñaran en la escuela. Creo que fue otra de las travesuras de mi hermana mayor. Debió de haber estado observándome mientras pasaba mi minúsculo dedo índice sobre las letras de sus cuentos, inventándome historias cuando apenas conocía la lengua materna. Quizá decidió regalarme aquella capacidad precozmente para compensar mi condición de niña asmática y alérgica a la leche de vaca. Pero me decepcionaron, esos cuentos. Igual que lo hizo la leche de soja y la de almendras. Pasaban muy despacio y llenos de obstáculos, de grumos suspensivos y montañas mayúsculas, de abruptos saltos de párrafos y precipicios entre capítulos. Sus personajes siempre eran lejanos y de mentira, como Blancanieves, el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos y el niño Jesús; sucedáneos de seres reales. Así que los ordené por alturas y colores y así quedaron, bien colocados, en la repisa donde podía observarlos sin caer en el vértigo de sus fantasías artificiales.

57841079Mientras tanto, me dediqué a una labor que demandaba mayor cordura. Acompañaba a mi madre a su despacho y estudiaba con tesón los efectos secundarios de los medicamentos que recetaba a sus pacientes. Después, hacía un dibujo al pie de cada historia médica, donde retrataba el estado del paciente y su posible desarrollo. En ocasiones resultaba monstruoso, si confluían todos aquellos síntomas indeseables: vómitos espumosos, erupciones tricolores. Y en algunos casos -como en los cuentos de hadas- se producía la sanación total del sujeto, cuando mi madre, la doctora Mata, acertaba con el antídoto antipsicótico corticoidal.

Luego, muy luego, tras la dieta escolar de leer lo estrictamente necesario para cubrir el currículum de la Primaria, descubrí un libro que sí -al fin- contaba la verdad, porque hablaba de mí. Contaba las cosas que me pasaban, las contaba con palabras -aunque la protagonista tuviera otro nombre y otra familia-. Descubrí otra vida mía y me pegué a aquel libro como si fuera mi diario íntimo, con no poca vergüenza al pensar que toda mi clase lo estaba leyendo al tiempo que yo lo hacía. La mujer que me ofreció aquel manjar, mi maestra de Lengua de séptimo, Julia, se convirtió en mi gurú. Tras ella hubo otras muchas: compañeras del instituto, de la universidad, amigas del barrio… que me mostraron más vidas paralelas en Cuba, Irán, o en el siglo pasado.

Traficábamos todas con nuestras historias, de mano en mano, saboreándolas como si nos pertenecieran a todas, y a ninguna. Esos libros, míos nuestros, debían viajar, tejer una red invisible y mestiza de Historia verdadera. No tenía afán de poseerlos, morirían dormidos en la estantería. Su misión era filtrarse entre mis ojos y mis dedos; enraizar a través de los subrayados y sembrar caminos de tildes esdrújulas, si transcribía sus letras en alguno de mis cuadernos. Yo habría escrito esto, y esto, me daba cuenta de pronto. Siempre así, en condicional.

45065963Aprendí, como se esperaba, el oficio de procurar salud al prójimo. Recibía personas con dolencias variopintas que se desnudaban en mi camilla y comenzaban a hablar: una prótesis de cadera que no recibía visitas de sus nietos, una ciática recién divorciada, una fractura de Colles con vocación de estrella del rock. Y para conciliar el sueño, cenaba páginas de novelas frescas o hacía el amor con un relato ruso. Si hacía demasiado calor, abría la ventana y escuchaba en bucle aquel epílogo dulce y ligero.

Cada vez eran más letras, más personajes, más finales… Se mezclaban la realidad con las verdades, la tinta y los humores; hasta que, entre tantas semillas léxicas, raíces gramaticales, y dos hojas perennes que se me quedaron pegadas al tracto intestinal, me dio un cólico literario que me tuvo en cama un mes.

El resultado, fruto de mi enfermedad, fue parir un libro de relatos eclécticos, todos cubiertos de sangre invisible y pétalos de flores.

A día de hoy, con la lección aprendida, procuro escribir al menos una página por cada cuento que leo. Si es novela, al menos tres, a doble espacio.

Y me encuentro mejor. Gracias.

Escrito por Lucía Marín

Lucía Marín brotó en Granada en 1985, creció en Madrid y ahora da frutos en un pequeño pueblo de La Vera (Cáceres, España). Escribe palabras desde 1989 aunque prefiere, por el momento, evitar definirse como escritora: le aprietan las etiquetas. Ha publicado "No somos flores", 2017 (Ed Nazarí).