Te conocí sentada mirando siempre
hacia donde las vacas pastan,
con los ojos ya vidriosos tras las gafas
y el rechazo de tus pies
a otra cosa que no fueran sandalias.

Esperas de afuera un ruido
que es casi más silencio,
no piensas en el tiempo
que permaneces en la ventana.

Hay noches en que despiertas
y no reconoces tu cama,
rasguñas tus manos
buscando tu sortija oxidada.

Un tumulto de recuerdos
deambulan por tus venas gastadas,
par de venas agujeradas
ya registradas en el hospital.

De sanar ya no hablas
porque te ríes de tus años largos
tiemblan tus ojos hinchados
de crucifijo y televisor.

Traes en la memoria un valsecito
que te lleva a ponerte el vestido tinto
cada vez que sientes el corazón
cansado de bombear.

Escrito por Elizabeth Gamiño

Estudiante de la Licenciatura en Cultura y Arte y asistente editorial en Editorial Montea. Colima, México.